CAPÍTULO 22 #3
Eché a correr hacia la planta superior.
La encontré tendida junto a la puerta de mi habitación.
Sus ojos mostraban aquella extraña media luna blanca en la parte inferior que aparecía cuando se encontraba muy enferma.
Se veía abatida, sin fuerzas, como si hubiera pasado días enteros sufriendo, aunque apenas habíamos estado fuera unas horas.
—Creo que debemos llevarla a urgencias veterinarias —dijo Greg con gravedad.
Asentí de inmediato.
Horas después, en la clínica, comprendimos que la situación era mucho peor de lo que imaginábamos.
—Parece que esta pequeña ha atravesado un episodio traumático importante —explicó el veterinario mientras revisaba los resultados—. Está muy nerviosa, presenta deshidratación severa y, además, los análisis muestran varios virus que no habían aparecido en sus exámenes anteriores.
Negó con la cabeza mientras observaba la pantalla.
—Mis disculpas, Valerie, pero a esta niña parece que le hubieran caído las siete plagas.
—O los siete hechizos —señaló Jason con evidente rabia.
Nadie se rio. Nadie lo contradijo, porque, llegados a ese punto, ninguno de nosotros era capaz de determinar qué resultaba más inverosímil.
La tristeza nos envolvió a todos cuando Mía comenzó a gemir y a quejarse de dolor. Tras examinarla una última vez, el veterinario nos explicó, con evidente pesar, que ya no había nada que pudiera hacerse. Nuestra pequeña estaba prácticamente desahuciada.
Aquella madrugada regresamos a casa devastados, después de dejarla partir. Era la única decisión compasiva que nos quedaba, porque Mía sufría y no existía posibilidad alguna de devolverle la salud.
La culpa me consumía.
Estaba convencida de que la oscuridad que nos rodeaba había terminado por alcanzarla; que, al igual que la turmalina, había absorbido más de lo que podía soportar y finalmente había sucumbido bajo ese peso.
Lloré. Lloramos todos. Y, aun así, no hubo tregua.
Esa misma noche, todo pareció intensificarse.
Los fenómenos dejaron de limitarse a mí.
En distintos rincones de la casa comenzaron a aparecer olores extraños y penetrantes, especialmente en la habitación de Julie.
También escuchamos ruidos inexplicables: pasos, objetos arrastrándose, crujidos que parecían desplazarse de un lugar a otro.
Y, finalmente, Greg y yo vimos una sombra atravesar el pasillo.
Corrimos escaleras arriba para comprobar que los chicos estuvieran bien. Los encontramos juntos en la habitación de Jason, tal como los habíamos dejado. Una vez más, la niebla parecía rodearlos, extendiéndose a su alrededor como un silencioso escudo protector.
—Está bien, mi amor —murmuré, aferrándome a Greg—. Lo seguirán intentando, lo sé, pero ya no podrán destruirnos. Mía entregó su vida para protegernos, y ahora me corresponde a mí continuar esa lucha.
—Quizás deberíamos volver a Nueva York —dijo Greg.
El miedo era evidente en su rostro. No por nosotros, sino por nuestros hijos.
—Quizás —admití—, pero no te preocupes. No podemos tomar decisiones precipitadas. Ya una vez intentamos huir del dolor, y nos encontró de todos modos. No estoy convencida de que mudarnos vaya a cambiar realmente lo que está ocurriendo.
—Está bien —respondió, aunque la incertidumbre seguía latiendo en su voz.
—Te prometo que, si llega el momento en que sienta que esto nos supera, nos iremos —añadí, buscando transmitirle algo de tranquilidad.
—De acuerdo.
No sé qué fue exactamente. Tal vez la rabia por la pérdida de Mía, el peso de todo lo vivido durante aquellos meses o las palabras de Cris resonando en mi memoria.
Quizá fue una mezcla de todo. Lo cierto es que sentí despertar dentro de mí una fuerza mayor a la que vennía percibiendo, una certeza profunda que me decía que podía enfrentar aquello; que el poder que tanto había buscado fuera siempre había estado en mi interior.
Había atravesado innumerables altibajos aquellos días.
A ratos me sentía fuerte, capaz de enfrentar cualquier adversidad; en otros momentos, el temor regresaba y amenazaba con hacerme retroceder.
Apenas comenzaba a comprender aquella extraña fuerza que parecía despertar dentro de mí, una energía esquiva que aparecía y desaparecía cuando menos lo esperaba.
Sin embargo, en ese instante algo era diferente.
Lo sentía en lo más profundo de mi ser. Esta vez, aquella fuerza había echado raíces y ya no volvería a abandonarme.
Ya no estaba sola.
Tenía a mi esposo y a mis hijos. Tenía aliados en este mundo y en otros planos que apenas comenzaba a comprender. Y también tenía a la niebla. Ahora conocía su significado, entendía lo que representaba para mí, y entre ambas se había formado un vínculo que nada podría quebrantar.
Sabía que el camino no sería sencillo, pero el miedo ya no ocupaba el lugar central que había tenido hasta entonces.
Las respuestas que tanto había buscado comenzaban a perfilarse ante mí y, al fin, comprendía con claridad cuál era el rumbo que debía seguir para devolver la paz a mi vida y a mi familia.