Bajo la Niebla de Blue Ridge CAPÍTULO 23
82%

CAPÍTULO 23

Renacer

VALERIE

Para la celebración de Año Nuevo, de algún modo ya nos habíamos habituado a las rarezas de la casa.

Los ruidos fuera de lugar, las sombras e incluso los objetos que desaparecían de donde los habíamos dejado para reaparecer después en sitios distintos formaban parte de una cotidianidad tan inquietante como inevitable.

Habíamos optado por no concederles más poder del necesario.

Yo procuraba mantener la niebla cerca de nosotros y, al mismo tiempo, comencé a estudiar sobre protección y energía.

Tener a mi familia reunida me fortaleció; transformó por completo mi perspectiva y me permitió contemplar todo desde un lugar mucho más sereno.

Poco a poco dejé de obsesionarme con encontrar una explicación para cada cosa.

Durante años había intentado ponerme en el lugar de los demás, buscando justificar actitudes que me herían.

Sabía que yo tampoco era perfecta; había cometido errores y tomado decisiones de las que no me sentía orgullosa.

No obstante, siempre procuré reconocer mis faltas y pedir perdón cuando era necesario.

Al final, crecer consistía precisamente en eso: aprender.

También empecé a comprender que no todos transitamos ese camino de la misma manera.

Algunas personas terminan cediendo ante sus impulsos más egoístas, ante la envidia, el resentimiento o la mezquindad que albergan en su interior.

Y aunque me costó aceptarlo, entendí que eso escapaba por completo a mi control y que, quizá, jamás lograría encontrarle sentido.

Todo aquello me enseñó a dejar de intentar comprender y controlar cada situación a mi alrededor para concentrarme más en mí misma.

Las palabras de Cris seguían resonando en mi interior, así que decidí buscar dentro de mí el apoyo, la aceptación, la determinación y la fortaleza que necesitaba para seguir adelante.

No fue una transformación inmediata. Apenas estaba despertando a una nueva forma de entender las cosas y me sentía ávida de conocimiento, pero al menos había dado el primer paso.

Para mi sorpresa, aquella noche Beth apareció en casa, elegantemente arreglada para la celebración. Supuse que la cena familiar tendría lugar en casa de Ely, como de costumbre.

Cuando Greg me avisó que había llegado y que me esperaba en el salón, no pude evitar extrañarme.

Comprendía perfectamente las razones de su distanciamiento.

Yo misma había experimentado lo que significaba ser apartada, quedar excluida de un círculo que considerabas familia.

Por eso no guardaba rencor hacia ella; sabía demasiado bien cuánto dolía ocupar ese lugar.

Al entrar en el salón, Beth se levantó del sillón y caminó directamente hacia mí para abrazarme.

—Lo siento mucho, Valerie —dijo con sinceridad.

—No, Beth —respondí, estrechándola con más fuerza—. Quien debe disculparse soy yo. Me advertiste de muchas cosas y, pese a ello, terminé cayendo en la manipulación. Lamento haberte apartado por intentar encajar en aquel nido de arpías.

—No pasa nada —respondió con una sonrisa algo incómoda.

Comprendí de inmediato que seguíamos hablando de su familia y decidí no insistir.

—¿Cómo has estado? —pregunté—. ¿Qué pasó con Lance?

—Mejor de lo que esperaba —contestó—. Lance ya no forma parte de mi vida. Lo bloqueé del teléfono y, de paso, de todo lo demás.

—Si esa decisión te dio paz, entonces aférrate a ella y sigue adelante —comenté.

—Eso intento —dijo, asintiendo—. Me siento mucho más tranquila. Y, bueno... también he empezado a salir con alguien.

Aunque me pareció un cambio bastante rápido, entendía que cada persona atraviesa los procesos a su manera. Si aquello la hacía feliz, no era quién para juzgarla. Sonreí, me alegré sinceramente por ella y busqué una copa para brindar.

Entre una conversación y otra, me contó que, aunque seguía coincidiendo con «el grupo» en algunas celebraciones, tanto ella como Callie habían comenzado a tomar cierta distancia.

También confesó que ni Natalie ni los demás sabían nada de su nueva relación.

Había aprendido a resguardar algunos aspectos de su vida y prefería mantenerlos en privado, convencida de que no todo el mundo merecía acceso a su felicidad ni a sus planes.

Me pareció una decisión sensata. Por mi parte, opté por no hablarle de lo que estaba ocurriendo en casa ni de mis sospechas sobre Natalie y su posible implicación en los hechizos que, estaba convencida, habían sido dirigidos contra mi familia.

Cuando me comentó que no se había enterado de lo de Mía y que la noticia le entristecía profundamente, no pude evitar sorprenderme.

Mis hijos habían publicado varios estados al respecto.

Luego pensé que probablemente formaba parte de su proceso de sanación: mantenerse alejada de las redes sociales y del constante ruido de la vida ajena.

Aquello me hizo reflexionar. Comprendí que debía ser mucho más reservada con mis asuntos personales. Al fin y al cabo, es difícil que alguien envidie aquello cuya existencia desconoce.

Esa noche celebramos en casa, los cuatro juntos. Al llegar la medianoche, Jason comenzó a recibir videollamadas de sus amigos, y Julie subió enseguida a sabotearlas y burlarse de él, como había hecho toda la vida. Algunas cosas, por fortuna, permanecían intactas.

Yo aproveché para retomar uno de mis rituales favoritos.

Me senté con papel y lápiz y escribí todo lo que deseaba para el año que comenzaba.

Había leído que debía pedirse al universo sin limitaciones, con la certeza de que para Dios y para las fuerzas que gobiernan la existencia no hay imposibles. Así que me permití soñar en grande.

Cuando terminé, leí cada deseo en voz alta para asegurarme de que nacían desde la gratitud y la confianza, no desde la carencia o el miedo, tal como me había enseñado la doctora Alyah.

Además, después de todo lo vivido, había aprendido a respetar el poder de las palabras.

Ya era hora de ponerlo de mi lado y convertir cada una de ellas en una declaración de intención para el futuro.

Al terminar, doblé el papel y lo guardé en una pequeña caja que en casa llamábamos la caja de los deseos.

Luego la coloqué bajo el árbol. Cuando llegara el momento de recoger los adornos navideños, la conservaría hasta el año siguiente, confiando en que, para entonces, al menos algunos de aquellos anhelos se habrían materializado.

Greg y yo subimos a la habitación y, antes siquiera de comenzar a desvestirnos, me rodeó con sus brazos.

Permanecimos así unos instantes, en silencio, hasta que me dijo que necesitábamos dejar todo lo malo atrás, junto con el año que terminaba.

Él no sabía nada de rituales, y yo apenas empezaba a explorar ese camino, pero aquella noche me hizo una promesa, y sus palabras significaron más que cualquier ceremonia.

Ya no se trataba únicamente de la certeza de que no volveríamos a permitir que nos arrastraran las mismas influencias que habían intentado destruirnos.

También habíamos comprendido algo mucho más importante: podíamos elegir permanecer juntos sin depender por completo el uno del otro.

El tiempo que pasamos separados fue doloroso, pero nos obligó a descubrir que la fuerza que buscábamos siempre había estado dentro de nosotros.

Habíamos aprendido a sostenernos por nosotros mismos, y precisamente por eso resultaba imposible quebrarnos.

Dividirnos ya no funcionaría. Separarnos tampoco.

Al fin habíamos comprendido dónde residía nuestro verdadero poder.

Los días siguientes trajeron una cadena de pequeñas mejoras. Comencé a devorar libros sobre atención plena, gratitud y crecimiento personal. Para Navidad, Julie me había regalado un diario de agradecimiento, y decidí utilizarlo desde el primer día del año.

No era magia. Había jornadas en las que la tristeza volvía a visitarme o la nostalgia se instalaba en mi pecho. Sin embargo, algo había cambiado: cada vez que dirigía mi atención hacia las cosas buenas que seguían presentes en mi vida, encontraba la manera de recuperar el equilibrio.

Los vecinos comenzaron a cambiar su actitud.

Ya no me observaban con recelo ni susurraban a mi paso como antes.

Algunos se detenían a saludarme y otros incluso aparecían en casa con pequeños obsequios: una cesta de frutas, un postre recién horneado o cualquier detalle nacido de la cordialidad.

Poco a poco empezamos a recibir invitaciones para asistir a ferias locales, sesiones de bailoterapia, clases de yoga y actividades comunitarias.

Incluso en el instituto preguntaban por mí y solicitaban mi presencia en reuniones y eventos.

Beth también se convirtió en una visitante habitual. Conocimos al hombre con el que estaba saliendo y no tardamos en compartir cada vez más tiempo con ellos. Las reuniones eran discretas, siempre con las cortinas cerradas y manteniendo nuestra vida privada lejos de miradas indiscretas.

Aunque todo parecía encaminarse, las manifestaciones extrañas dentro de la casa no cesaban.

Aquello me inquietaba profundamente. No lograba comprender por qué seguían ocurriendo si habíamos cortado todo vínculo con esas personas, limpiado la casa, reforzado nuestra protección y recuperado nuestra fortaleza.

La niebla continuaba acompañándonos, pero la sensación de amenaza persistía, silenciosa y agazapada, como algo que se negaba a marcharse.

Con los días comprendí que ciertas cosas resultaban imposibles de ocultar.

La primera era mi creciente éxito en la fotografía y las redes sociales.

Mi audiencia aumentaba sin descanso y, con ella, también los encargos y oportunidades.

Algunas galerías comenzaron a contactarme para exponer mi trabajo.

Era una realidad demasiado visible para pasar desapercibida.

Greg también veía a Ely a diario. Aunque su relación se había enfriado hasta volverse casi inexistente, seguían coincidiendo en reuniones, intercambiando saludos y compartiendo espacios de trabajo.

Cualquier comentario que surgiera sobre nuestra vida, terminaba llegando a sus oídos de una forma u otra.

Cuando llegó el cumpleaños de Jason, decidimos celebrarlo a lo grande.

Organizamos una reunión en casa y luego hicimos una escapada a la montaña.

Los chicos publicaban muy poco en redes sociales y habían bloqueado a muchas personas, pero internet tenía sus propios caminos.

Bastaba una fotografía casual para que terminara circulando más de lo esperado, y estaba convencida de que, tarde o temprano, esas cosas también llegaban hasta ellos.

Sin proponérselo, Beth seguía siendo otro vínculo con aquel entorno. A veces compartía alguna anécdota o comentario inocente durante sus visitas, y aunque jamás lo hiciera con mala intención, era evidente que los demás sabían que seguía frecuentándonos.

Finalmente, por insistencia de Greg y en cumplimiento de la promesa que le había hecho, decidimos viajar a Nueva York.

Su antiguo empleo le había presentado una propuesta interesante y quisimos averiguar si lo que necesitábamos era tomar distancia del caos que habían provocado quienes alguna vez consideramos nuestro refugio.

Los días previos al viaje transcurrieron bajo una calma tan agradable como engañosa.

La casa comenzaba a sentirse nuevamente nuestra, pero ciertos episodios seguían recordándonos que algo permanecía al acecho.

La diferencia era que ya no me dominaban el miedo ni la incertidumbre.

Había aprendido a convivir con aquello sin permitir que gobernara mi vida.

Greg, en cambio, continuaba intranquilo, y mi único deseo era que nuestra familia encontrara al fin la paz que llevaba tanto tiempo buscando.