CAPÍTULO 22 #2
Nos movimos juntos con esa sincronía que no se aprende, sino que se acumula, pero esa noche tenía algo diferente, algo más urgente y más tierno a la vez, como si los dos supiéramos que eso era también un comienzo.
No una repetición sino una elección renovada.
El ritmo fue creciendo solo, natural, inevitable, con mi nombre en su boca y mis manos recorriéndole la espalda, sintiendo los músculos tensándose bajo mis dedos, y en algún punto dejé de ser consciente de cualquier cosa que no fuera ese calor específico, ese peso familiar, esa voz baja diciéndome cosas me enloquecían.
El clímax llegó, largo y profundo, con todo el cuerpo participando, solo un minuto después que lo había sentido venirse dentro de mí, con mi nombre apretado entre sus dientes y los brazos rodeándome como si algo fuera a separarnos si me soltaba.
Nos quedamos quietos.
Su respiración agitada contra mi cuello, la mía acomodándose despacio, y el silencio de la casa envolviéndolo todo. Por puro instinto miré hacia la ventana.
Al otro lado del cristal estaba el vaho blanquecino de siempre, silencioso y vigilante, extendiéndose suave contra el vidrio frío de la madrugada.
Su presencia me transmitió esa sensación de protección única a la que me había acostumbrado.
Esa certeza tranquila de que algo más grande que nosotros también velaba por lo que amábamos.
Me levanté en silencio, me aseé, y subí hasta la habitación de Jason.
Encontré a los chicos profundamente dormidos junto a Mía, sus respiraciones lentas y parejas, con la niebla extendiéndose suave también hasta ese rincón de la casa como una manta adicional.
Les di las gracias en silencio, a ella y a lo que fuera que la habitaba, y regresé.
Greg estaba despierto todavía, o casi, con los ojos entreabiertos y el brazo levantado esperándome.
Me acomodé contra su pecho sin decir nada. Su brazo bajó y me rodeó, y sentí cómo su respiración se fue haciendo más lenta, más profunda, mientras la oscuridad de la habitación se asentaba a nuestro alrededor como algo benigno.
Me quedé dormida allí, protegida por su abrazo y por esa presencia silenciosa al otro lado del cristal.
A la mañana siguiente desperté exactamente en el mismo lugar.
Y por primera vez en mucho tiempo, eso fue suficiente. Más que suficiente.
Había sido una buena noche, y ver a mi familia reunida otra vez alrededor de la mesa del desayuno me confirmó que no estaba soñando. Seguíamos juntos, y esta vez nadie volvería a separarnos con tanta facilidad, aunque sabía que lo intentarían.
Aquella tarde fuimos a ver a mi doctora.
Sin embargo, poco pudo aportar para esclarecer lo sucedido.
Confirmó que el medicamento prescrito y el frasco entregado por la farmacia eran los correctos, que las cápsulas originales eran rojas y blancas, no azules, y finalmente nos sugirió hablar con Chace.
—Creo que lo que ustedes están planteando escapa a mi área de experiencia —comentó.
Y eso hicimos.
Los cuatro fuimos a la tienda esotérica. Como siempre, parecían esperarnos. Nunca supe si Alyah los había llamado o si simplemente conservaban aquella desconcertante capacidad para anticiparse a ciertas cosas.
Desde el instante en que crucé la puerta, comprendí que no tenían relación con lo ocurrido. La energía del lugar era la misma que había percibido desde la primera vez: serena, acogedora, protectora. Los chicos se mostraban relajados, y todo transcurría con absoluta normalidad.
—Los estábamos esperando —dijo Cris.
—Lo sé —respondí antes de abrazarla.
—Lamento mucho lo ocurrido —añadió.
Guardé silencio, permitiéndole continuar, porque no estaba segura de a qué se refería exactamente.
—Jamás imaginé que todo esto llegaría tan lejos.
Chace nos saludó a todos con cordialidad e incluso estrechó la mano de Greg, como si existiera entre ellos una familiaridad previa, aunque sabía que nunca se habían conocido. Mi esposo correspondió al gesto con seriedad; no había hostilidad en su semblante, solo una expectativa cautelosa.
—¿Pueden ayudarnos a entender qué fue lo que le pasó a mamá? —preguntó Jason en lengua de señas.
Para mi sorpresa, Chace respondió del mismo modo.
—Sabemos que se han dirigido varias energías negativas contra su familia —explicó—.
Hemos intentado contrarrestarlas, pero están alimentadas por emociones muy arraigadas en distintas personas.
Hay mucha envidia a su alrededor, demasiada gente incómoda con su felicidad.
Y, curiosamente, gran parte de eso parece concentrarse en Greg.
Hay quienes se frustran porque no logran influir sobre él como quisieran.
—¿Y qué podemos hacer para detenerlo? —preguntó Greg—. ¿Pueden identificar o describir a quienes están detrás de esto?
—Contrario a lo que muchos imaginan, nosotros no somos brujos —aclaró Cris con tranquilidad—.
Somos personas que perciben y canalizan la energía de una manera distinta.
Buscamos protección en nuestros ancestros, orientación en el oráculo y fortaleza en la Madre Tierra, en Dios y en el universo.
Todo eso puede resultar muy poderoso cuando nace de una intención sincera, pero esta vez no somos nosotros quienes debemos actuar.
—¿Qué quieres decir con eso? —pregunté, desconcertada.
—Me refiero a que llevas dentro de ti mucho más poder del que imaginas, Vale —dijo Cris, tomando mis manos entre las suyas—.
Las respuestas, la protección, la fortaleza que buscas...
todo está en ti. Puedes enfrentar esto y mucho más, pero nadie puede recorrer ese camino por ti.
Debes encontrar tu propia luz. Serás tú quien sostenga y fortalezca a tu familia.
La miré en silencio durante unos segundos.
—¿Es eso lo que Chace no ha querido decirme todo este tiempo?
—Eso y muchas cosas más, cariño —respondió con una sonrisa serena—. Chace y yo te conocemos desde hace mucho más de lo que crees, y sabemos de lo que eres capaz. Solo necesitas mirar hacia dentro y reconocerte.
Comprendí de inmediato a qué se refería. Hablaba de las otras vidas. De pronto, muchas piezas comenzaron a encajar.
—¿Y la turmalina? ¿Por qué se rompió?
—Porque ya había absorbido demasiada oscuridad —contestó Chace—. Recibió una enorme carga de energía negativa y terminó sacrificándose para llevársela consigo. El problema es que lo que los rodea es demasiado grande. Ninguna piedra, por poderosa que sea, puede asumir sola semejante peso.
Permanecimos allí un buen rato más. Conversamos sobre distintas prácticas que podían ayudarnos a protegernos, fortalecer nuestro hogar y revelar las verdaderas intenciones de quienes nos rodeaban. No obtuvimos respuestas definitivas, pero sí herramientas y una dirección.
Cuando finalmente nos despedimos, lo hicimos con la certeza de que Cris y Chace continuarían apoyándonos desde la distancia.
Sin embargo, también comprendí algo más importante: la mayor parte del camino me correspondía a mí recorrerlo.
Si quería proteger a quienes amaba, primero debía encontrar esa fuerza interior de la que todos parecían estar tan seguros.
Debía encontrar mi luz.
Al regresar a casa nos encontramos con Natalie frente a la suya. Ni siquiera intentó disimular ni ofrecer un saludo. Paseaba a su perro y le dio un tirón tan brusco de la correa para impedir que corriera hacia Greg que sentí lástima por el animal.
—Oh, por Dios, no lo vayas a ahorcar. Él no tiene la culpa de nada —soltó Julie con un sarcasmo imposible de ignorar.
Sin embargo, la breve distracción que había supuesto encontrarnos con Natalie quedó atrás apenas entramos en la casa.
Algo estaba mal.
El ambiente se sentía denso, pesado, como si el aire mismo se hubiera vuelto más espeso. Nos miramos unos a otros y, sin necesidad de decir una palabra, comenzamos a inspeccionar la casa. Entonces vimos el vómito esparcido por el salón y parte de las escaleras.
—Mía... —susurré.