Bajo la Niebla de Blue Ridge CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Despertar

VALERIE

Jamás olvidaré el instante exacto en que Greg abrió la puerta de mi habitación y cruzó el umbral. Fue como si una parte de mí, perdida durante meses, hubiera regresado de golpe a su lugar.

Los chicos ya me habían contado que habían hablado con él.

También me habían puesto al tanto de lo ocurrido con Julie en casa de Georgina.

Tenerlos de vuelta me había devuelto algo de calma y, aunque apenas llevaba un día recuperándome en cama, comenzaba a sentirme más fuerte.

Aun así, ignoraba cuál sería la actitud de Greg, si todavía permanecía atrapado en el resentimiento o la confusión.

Pero en cuanto nuestras miradas se encontraron, lo supe. Había regresado por completo.

Corrió hacia mí y me estrechó entre sus brazos.

—Lo siento tanto —susurró, cubriéndome el rostro de pequeños besos—. Perdóname, mi amor. Perdóname.

—No es tu culpa, cielo —respondí entre lágrimas—. Ya pasó. Ya estás aquí.

—Sí, mi reina. Aquí estoy. Y aquí me quedaré —afirmó antes de apartarse apenas para mirarme—. Ahora dime, por favor, ¿qué ocurrió con esas pastillas? ¿Por qué el médico cree que fue un intento de suicidio?

Le relaté todo con exactitud: la consulta con la psiquiatra que Chace me había recomendado, el medicamento que me recetó, la pastilla que recordaba haber tomado y cómo, después, todo apuntaba a que había ingerido una gran cantidad de fármacos distintos que supuestamente estaban dentro del mismo frasco retirado en la farmacia.

También le confesé que, por momentos, había sospechado de Cris y de Chace.

Sin embargo, la expresión de Greg reflejaba una duda distinta. Como si, al escuchar la historia completa, le costara creer que ellos estuvieran detrás de aquello.

—Después de todo lo que ha pasado, estoy convencido de que hay algo más detrás de esto —dijo—. Sea lo que sea, lo descubriremos juntos.

Asentí sin poder contener las lágrimas.

—Te amo tanto —murmuré, aferrándome a él con fuerza, aterrada ante la posibilidad de volver a perderlo.

—Y yo te amo más —respondió—. Te prometo que superaremos todo esto. No tengas miedo, mi amor. Ya estoy aquí, y no permitiré que algo así vuelva a separarnos.

Supe que hablaba en serio.

No había cuestionado ni una sola palabra de lo que le había contado.

Aunque todas las pruebas apuntaban a un intento de suicidio, él me conocía demasiado bien.

Ya no estaba dispuesto a aceptar como verdad todo aquello que le habían hecho creer.

Comprendía que la realidad seguía siendo confusa, pero también que la verdad estaba de nuestro lado.

Entonces me besó como lo había hecho durante años: con ternura, con certeza, con esa forma tan suya de decirme, sin palabras, que volvíamos a encontrarnos.

Que volvíamos a ser nosotros.

Y que, después de todo, saldríamos de aquello más fuertes que nunca.

—Julie, dile a tu hermano que ya pueden entrar —llamó Greg, consciente de que ambos aguardaban al otro lado de la puerta, intentando respetar nuestra intimidad mientras se morían de ganas por pasar.

La puerta se abrió al instante.

Jason y Julie corrieron hacia la cama y se acomodaron junto a nosotros entre risas, abrazos y lágrimas.

Y allí, aún recuperándome, sentí cómo cada fragmento roto de mi vida volvía a su lugar, mientras una fuerza nueva e indoblegable nacía dentro de mí.

Permanecimos allí un buen rato, compartiendo todo lo que sabíamos e intentando encajar las piezas de un rompecabezas que parecía cada vez más inverosímil.

Resultaba difícil aceptar que la propia hermana de Greg y quienes habíamos considerado nuestros mejores amigos pudieran habernos causado tanto daño.

Elaboramos varias teorías, pero ninguna lograba explicar por completo todo lo ocurrido.

Greg insistió en ir a hablar con Georgina de inmediato, aunque terminó desistiendo cuando los chicos le confesaron el miedo que les provocaba esa idea y le pidieron que no lo hiciera.

—¿Por qué no nos damos una tregua por hoy? —propuso Jason—. No pudimos celebrar Nochebuena ni Navidad. ¿Qué tal si preparamos algo rico, salimos de compras o hacemos cualquier cosa divertida y fingimos que hoy es 24 y no 27 de diciembre?

—Me parece una idea excelente —respondí—. Además, creo que todos necesitamos despejar la mente para poder dilucidar lo que está pasando.

—Estoy de acuerdo —añadió Greg—. Pero mañana quiero que vayamos a hablar con tu doctora para aclarar todo lo relacionado con los medicamentos. También sería bueno que conversaras con tus amigos de la tienda; quizá ellos sepan algo más o puedan ofrecernos otra perspectiva.

—Me asusta que Natalie tuviera razón desde el principio y que sean ellos quienes estén involucrados en algo oscuro, que hayan provocado todo esto —confesé con nerviosismo.

—Yo no lo creo, mamá —intervino Julie—. Pero, aun así, si vamos todos a hablar con ellos, podremos formarnos una idea más clara. Además, tú percibes cosas que los demás no notan. Jason también. Estoy segura de que, si realmente tienen algo que ver con esto, nos daremos cuenta.

—Mi hermana, la intrépida —se burló Jason—. Háganse a un lado, que llegó Súper Julie. Con el poder de la danza derrotará a todos sus enemigos.

Las risas estallaron al instante. Julie le propinó un golpe en el hombro, exactamente como hacía siempre, y por fin aquella escena se sintió completamente normal.

Esa tarde los cuatro fuimos juntos al centro comercial.

Una vez allí nos separamos, aunque a ninguno le hacía demasiada gracia.

Julie se quedó conmigo, mientras Jason acompañó a su padre.

Compramos ingredientes para la cena, algunos regalos, ropa y pequeños detalles con los que improvisar la Navidad que nos habían arrebatado.

Al regresar a casa, los chicos se encargaron de decorar mientras Greg y yo preparábamos la comida.

Durante ese tiempo, él recibió varios mensajes de Georgina, que insistía en saber dónde estaba y le pedía que la llamara para explicarle su versión de los hechos.

No respondió a ninguno. Cuando finalmente servimos la cena, lo vi apagar el teléfono.

Sonreí y decidí hacer lo mismo. Aquella noche merecía toda nuestra atención.

Nos habíamos arreglado para la ocasión. Sacamos los gorros navideños, encendimos las luces del árbol e incluso le compramos a Mía un pequeño traje para la celebración.

Nos tomamos fotografías, intercambiamos abrazos constantes y permanecimos tan cerca unos de otros que, vistos desde fuera, quizá habríamos parecido exagerados.

Pero no nos importaba.

Aquella cena no fue solo una celebración tardía de Navidad. Fue la prueba de que seguíamos siendo una familia, de que habíamos logrado encontrarnos de nuevo y de que, pese a todo lo vivido, éramos más fuertes que nunca.

Más tarde intercambiamos los regalos y, cuando la noche comenzó a apagarse, cada uno se retiró a descansar. Esa era la parte que más me inquietaba.

Jason tomó a Mía en brazos y me dijo que dormiría con ella en su habitación para que yo no me preocupara.

Comprendí de inmediato lo que aquello significaba: él también permanecía alerta ante las sombras.

Julie, por su parte, anunció que dormiría con su hermano.

Aunque siempre se quejaba de que Jason se movía demasiado y terminaba pateándola mientras dormía, entendí que lo hacía por mí, para darme tranquilidad.

Gracias a ellos logré serenarme un poco.

El resto de la calma llegó cuando Greg comenzó a desnudarme.

Lo hizo despacio, con una deliberación que no tenía nada de rutina, como si quisiera hacer de cada gesto algo consciente, algo que dijera lo que llevábamos semanas sin poder decir con palabras.

Sus manos encontraron los botones, los bordes de la tela, mi piel apareciendo poco a poco en la penumbra de la habitación, y con cada centímetro que descubría sentí cómo cualquier pensamiento restante se disolvía y me quedaba solo con eso: su tacto, su respiración cerca, la certeza de que estábamos aquí y que esta vez no había nada entre nosotros.

Me miró antes de besarme. Solo un instante, pero largo. Con esa expresión que reconocí desde la primera vez y que todos estos años no habían desgastado sino profundizado. No había duda en sus ojos. Solo él, mirándome como si fuera la primera y la última vez al mismo tiempo.

Luego bajó la boca hasta mi cuello y empezó a recorrerme.

Sabía exactamente dónde detenerse. Siempre lo había sabido.

El punto justo debajo de mi oreja, la curva del hombro, el centro del pecho, el borde del estómago donde mi respiración siempre se cortaba.

Lo hizo todo despacio, sin saltarse nada, como si tuviera todo el tiempo del mundo y la intención de usarlo.

Me entregué sin resistencia, con las manos en su cabello, los ojos cerrados, sintiendo cómo cada lugar que tocaba volvía a pertenecerme de una manera que había olvidado que era posible.

Cuando finalmente entró en mí fue con una suavidad que me llenó los ojos de lágrimas antes de que pudiera evitarlo.

No de dolor. No de tristeza. De algo que no tiene nombre exacto pero que reconocí de inmediato: la sensación de volver a casa después de haber estado demasiado tiempo afuera en el frío.

Su cuerpo contra el mío, dentro del mío, moviéndose con esa familiaridad que es también su forma de decir te conozco y me quedo, fue como soltar algo que había cargado tanto tiempo que ya no recordaba el peso hasta que desapareció.

—Me tienes loco —murmuró contra mi oído, con la voz ronca y baja, solo para mí—. Siempre. Desde el principio.

Y luego, un momento después, con las caderas profundizando el ritmo:

—Te amo. No sé hacer esto sin ti.

Esas palabras me atravesaron de una manera que el cuerpo solo puede recibir en ciertos momentos, cuando está completamente abierto y sin defensas.

Las guardé adentro, en algún lugar debajo del esternón, y me aferré a él con más fuerza, respondiendo con el cuerpo lo que no podía articular con la voz.