Bajo la Niebla de Blue Ridge CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Greg

GREG

Bastó con cruzar la puerta de casa para saber que estaba cometiendo un error. No quería marcharme. Dios sabe que alejarme de Valerie había sido una de las decisiones más dolorosas de mi vida y, incluso así, la tomé.

Me repetí una y otra vez que, si dolía tanto, era porque era lo correcto.

Me convencí de que ella necesitaba tomar distancia para comprender el panorama completo, y que solo lo lograría cuando notara mi ausencia.

Esa era la idea que intentaba sostener mientras las voces de Georgina, de Ely y de algunas personas cercanas al trabajo o al círculo de Natalie resonaban sin descanso en mi cabeza.

Sin embargo, ni un solo día lejos de casa conseguí dejar de extrañar a mi familia.

Extrañé a Valerie. Extrañé a mis hijos. Incluso extrañé Nueva York: a los vecinos que jamás se entrometían en la vida ajena, a mi antiguo jefe y a aquel trabajo donde nadie parecía sentirse con derecho a opinar sobre mi matrimonio o la forma en que criábamos a nuestros hijos.

Todo resultó mucho más difícil de lo que había imaginado.

Con el tiempo comprendí que, al llegar a Blue Ridge y abrir las puertas de nuestro hogar en busca de la cercanía y el sentido de pertenencia que tanto anhelábamos, también habíamos permitido que muchas personas observaran nuestra intimidad y, por alguna razón, se sintieran autorizadas para juzgarla.

Las críticas comenzaron por cosas aparentemente insignificantes.

Como yo era quien aportaba la mayor parte del dinero al hogar, muchos consideraban que no tenía por qué cocinar, lavar platos o colaborar con las tareas domésticas.

Para algunos hombres aquello me convertía en alguien dominado por su esposa; para muchas mujeres, en cambio, me transformaba en una especie de marido ideal.

Ninguna de las dos percepciones era cierta.

Yo no ayudaba en casa para demostrar nada. Lo hacía porque Valerie era mi compañera de vida y porque nuestra familia era una responsabilidad compartida. Pero, en Blue Ridge, parecía que hasta los asuntos más simples se convertían en tema de debate.

En ambos casos resultaba irritante, pero cada comentario iba dejando una pequeña fisura en mí, una espina que se clavaba cada vez más hondo.

La crianza de nuestros hijos era el segundo gran tema de conversación. Desde todas partes llegaban opiniones que nadie había pedido. Según muchos, no éramos nosotros quienes debíamos adaptarnos a Jason, sino Jason quien debía adaptarse al mundo, como si haber nacido sordo hubiese sido su decisión.

Con Julie ocurría algo similar. Consideraban que permitirle participar en danza, música, tecnología y voleibol era un gasto innecesario, una forma de consentirla en exceso.

Más de una vez escuché que, si Valerie insistía en mantener todas esas actividades, debía ser ella quien las costeara.

Y terminé cediendo. Retiré a Julie de algunas y Valerie asumió el pago de las demás.

Después de eso, el problema ya no era económico.

Sin darme cuenta, había comenzado a germinar dentro de mí una idea peligrosa: que mi familia era desconsiderada conmigo y que necesitaba tomar distancia.

Lo extraño era que esa conclusión solo parecía tener sentido en una parte de mi mente.

Todo lo demás se rebelaba contra ella. Todo lo demás sufría.

Porque la verdad era simple: extrañaba abrazarlos.

¿En qué momento comprendí que algo no encajaba en todo aquello? Creo que, en el fondo, siempre lo supe.

Amaba a Valerie con todo mi ser. Estaba profundamente orgulloso de Jason y de Julie.

La familia que habíamos construido era imperfecta, como cualquier otra, pero también extraordinaria.

Me gustaba nuestra vida, nuestras costumbres, la forma en que nos entendíamos sin necesidad de explicarlo todo, las complicidades que tejimos durante años.

Sin embargo, había algo dentro de mí que me impedía dar marcha atrás. Algo que no me permitía pedir perdón, regresar a casa o reconocer que me estaba equivocando.

Tampoco ayudaban algunos compañeros de trabajo con quienes me había sincerado parcialmente. Cada conversación parecía alimentar la misma narrativa, reforzando dudas que jamás habían existido antes y empujándome un poco más lejos de las personas que más quería.

—¿Cuántos años llevas casado? —preguntó John, uno de los compañeros de la oficina de Blue Ridge asignados al proyecto conmigo.

—Dieciocho.

—¡Vaya! Casi veinte años sin estar con otra mujer. Yo no podría —comentó Mike, un empleado recién transferido desde California.

—En realidad serían veintiuno —corregí—. Antes de conocer a Valerie pasé cerca de un año solo, y después comenzamos a salir.

—Eres un santo —soltó John, genuinamente sorprendido—. Yo que tú aprovecharía para mirar un poco alrededor. Una aventura de vez en cuando no le hace daño a nadie. Quién sabe, quizá estás tan acostumbrado que ni siquiera sabes lo que te estás perdiendo.

Negué con la cabeza.

—No me interesa.

—Podrías intentarlo —insistió Mike con una sonrisa cómplice—. Oportunidades no te faltan.

Terminó la frase mirando a Lola.

Ella era una de las ejecutivas de contabilidad con las que trabajaba con frecuencia debido a mis responsabilidades administrativas dentro del proyecto. Hacía tiempo que había notado ciertas insinuaciones por su parte, pero jamás les había dado importancia.

Ni por un instante se me cruzó la idea de ser infiel, porque, más allá de las dudas, las discusiones o la distancia, eso era exactamente lo que sería: una traición.

Seguía casado. El anillo continuaba en mi dedo y, pese a todo lo ocurrido, una parte de mí seguía convencida de que Valerie me esperaba. De que, tarde o temprano, encontraríamos la manera de atravesar aquella tormenta y regresar el uno al otro.

A medida que se acercaba la Navidad y veía a mis compañeros reunirse con sus familias, intercambiar planes e invitarme a sus casas, algo dentro de mí comenzó a resquebrajarse.

Terminé por derrumbarme.

Si aún quedaba alguna parte intacta de mi corazón, se rompió entonces. Quería llamar a Valerie, a los chicos, escuchar sus voces, pero nunca daba el paso. En lugar de eso, me refugié en el alcohol.

Para Nochebuena, Ed, un compañero que apenas llevaba un par de semanas trabajando con nosotros, me invitó a celebrar con su familia.

Estuve a punto de rechazar la invitación.

Pasé buena parte del día revisando fotografías y videos de navidades anteriores.

Valerie decorando la casa. Jason intentando adivinar sus regalos.

Julie bailando alrededor del árbol. La nostalgia fue tan insoportable que llegué a buscar vuelos hacia Virginia con la intención de regresar de inmediato, pero no quedaban plazas disponibles por las festividades.

Frustrado, apagué el teléfono y lo arrojé sobre la cama antes de tomar un taxi hacia la casa de Ed.

Aquella noche tampoco pensaba moderarme con la bebida.

Me recibió una familia cálida en una casa acogedora y llena de vida. La música sonaba suavemente de fondo, las bandejas de aperitivos circulaban entre los invitados y los niños aguardaban con impaciencia la llegada de Santa Claus.

Todo me resultó dolorosamente familiar.

Cada detalle me recordó las navidades que había pasado junto a mi familia, hasta el punto de que ya no necesitaba mirar el teléfono. Aquellos recuerdos estaban grabados en mí con una nitidez imposible de borrar.

Incluso la suegra de Ed logró llamar mi atención al principio, una mujer amable y de conversación agradable. Sin embargo, el encanto se desvaneció cuando, después de la oración de la cena, me observó fijamente y comentó que percibía algo muy oscuro a mi alrededor.

Fue el único momento incómodo de la noche.

Sus palabras me dejaron pensativo durante unos instantes, pero terminé apartándolas de mi mente. Después de todo, me dije, eran las ocurrencias de una mujer mayor y nada más.

Pasada la medianoche, y pese a la hospitalidad impecable de Ed y su esposa, decidí marcharme. Había nevado durante la tarde y las calles estaban cubiertas por un manto blanco. El frío era inclemente, pero aun así preferí caminar.

Sin pensarlo demasiado, terminé entrando en un bar que seguía abierto.

Bebí durante horas, en silencio, acompañado únicamente por mis recuerdos. Pensé en Valerie, en los chicos, en todo lo que había perdido y en todo lo que todavía me negaba a reconocer. Cuando salí, el amanecer comenzaba a teñir el horizonte.

Caminé sin rumbo fijo hasta descubrir que me encontraba cerca de la oficina y, como ya no sabía qué hacer conmigo mismo, decidí trabajar.

Pasé el día de Navidad entre presupuestos, planos e informes de avance. Revisé documentos, corregí cifras y me aferré a cada tarea como si pudiera mantener a raya el vacío que me consumía. A la hora del almuerzo pedí una pizza, y aquello bastó para seguir adelante unas horas más.

Cerca de las diez de la noche, cuando el cansancio comenzó a vencerme, tomé el teléfono de la oficina para pedir un taxi. En ese momento escuché el sonido de unas llaves girando en la puerta principal.

Supuse que era el personal de limpieza.

No lo era.

Era Lola.

—Hola —saludó con cierta timidez mientras entraba.

—Hola —respondí, sorprendido.

—Me llegó la notificación de la alarma esta mañana y por eso supe que estabas aquí.

—Eso fue hace doce horas.

Lola se sonrojó al instante y bajó la mirada, consciente de lo que implicaba aquella explicación.

—Sí, lo sé —admitió—. Pensé que te habías marchado poco después. Pero hace un rato revisé las cámaras porque nunca se registró nuevamente la activación de la alarma y te vi aquí. Creí que quizá te vendría bien un poco de compañía.

—Lola, hoy no soy buena compañía para nadie —respondí con una frialdad que ni siquiera pretendía esconder.

No quería herirla, pero tampoco dar pie a malentendidos. Lo último que necesitaba era complicar aún más una vida que ya se encontraba al borde del colapso. Lo único que deseaba era volver a casa, abrazar a mi esposa y recuperar, aunque fuera por un instante, la cercanía que habíamos perdido.