CAPÍTULO 20 #2
Jason no era solo mi hermano; era mi mejor amigo. Y por razones absurdas, por conflictos en los que ni siquiera creía del todo, había permitido que nos separaran hasta convertirnos en dos extraños. Comprenderlo me dolió más de lo que esperaba.
Finalmente acordamos que yo regresaría al apartamento. Jason me llamaría tres veces esa noche y, si no respondía a ninguna, avisaría a mamá y a papá para que fueran a buscarme.
Cuando intenté entrar de nuevo sin que nadie notara mi ausencia, comprendí enseguida que era demasiado tarde. La tía Georgina ya estaba allí y había descubierto que me había marchado.
Así que dejé de esconderme y la enfrenté.
—¡Niña! ¿Dónde estabas? —exclamó, visiblemente alterada—. Estuve a punto de llamar a la policía.
—Con mi hermano —respondí sin bajar la mirada—. Y he venido únicamente a recoger mis cosas para volver a casa.
—No puedes hacer eso.
Me sujetó del brazo y me obligó a entrar al apartamento. Después cerró la puerta tras de nosotras con un golpe seco.
—¡Claro que puedo! —repliqué, soltándome de su agarre—. Mi madre me está esperando.
Era mentira, pero necesitaba salir de allí.
—Tu madre está enferma y postrada en cama. No está en condiciones de hacerse cargo de ti —contestó, intentando moderar el tono sin lograrlo—. Además, tu padre me pidió expresamente que no te dejara marcharte.
—¡Eso es mentira! —grité—. Papá no ha podido hablar contigo porque ni siquiera responde las llamadas. No sabe lo que está pasando, pero eso se termina hoy.
Saqué el teléfono con intención de llamarlo una vez más. Sin embargo, la tía Georgina me lo arrebató antes de que pudiera marcar.
—Se acabaron las contemplaciones —sentenció—. Yo no soy tu madre, Julie, y no voy a tolerar este tipo de insolencias.
Aquellas palabras terminaron de convencerme de que algo estaba profundamente mal. Porque, por primera vez desde que la tía Georgina había llegado a Asheville, no parecía alguien preocupado por mí.
Parecía más bien desesperada por impedir que me fuera.
Del mismo modo que antes, me sujetó con fuerza del brazo y me condujo hasta la habitación.
—Te quedarás aquí. No vas a salir por ahora. Estás castigada.
Quise enfrentarla, exigir explicaciones y marcharme de una vez, pero entendí que discutir no serviría de nada. Así que opté por esperar. Confiaba en que Jason cumpliría lo que habíamos acordado: me llamaría tres veces y, si no respondía, vendría a buscarme.
Y eso fue exactamente lo que hizo.
Cerca de la medianoche llegaron Jason, Víctor y Logan. Al principio no les permitieron subir, o al menos eso deduje por las voces y el alboroto que alcanzaban a filtrarse hasta mi habitación. Poco después, unos golpes insistentes retumbaron en la puerta principal y escuché a la tía Georgina abrir.
—¿Te has vuelto loco? —gritó furiosa—. Voy a llamar a la policía.
Entonces oí a Víctor responderle que lo hiciera, que así tendría que explicar por qué retenía a una menor contra su voluntad.
Víctor era hipoacúsico leve y, gracias a ello, había desarrollado una dicción impecable. Su voz destacaba con claridad en medio de la discusión.
Pero lo que realmente me sacudió fue escuchar a Jason llamarme.
Mi nombre era una de las pocas palabras que había aprendido a pronunciar verbalmente. No le salía perfecto, nunca le había salido, pero reconocer aquel esfuerzo me atravesó el corazón.
Aquella voz consiguió disipar de golpe el miedo, la incertidumbre y la sensación de encierro que me habían acompañado durante días.
Tomé mis bolsos sin perder un segundo y salí de la habitación.
La tía Georgina intentó detenernos durante unos segundos, pero una llamada de papá puso fin a cualquier discusión.
Solo pude escuchar lo que ella decía, aunque fue suficiente para imaginar el resto, y aquello me devolvió algo de calma.
Por un lado, papá estaba bien; al fin había dado señales de vida.
Por otro, supuse que había escuchado mis mensajes y leído los de Jason, porque todo indicaba que le estaba exigiendo a su hermana que me dejara marchar.
—Pero, Greg... —balbuceó—. No creo... —guardó silencio unos instantes y al final suspiró—. Está bien.
Colgó sin añadir una sola palabra. Después hizo una escueta seña a Jason, indicándole que podía llevarme.
—Mi teléfono —pedí.
Lo sacó de su bolsillo y me lo entregó sin protestar.
Bastaron unos segundos para darme cuenta de que había sido restaurado de fábrica. Todo había desaparecido. Mensajes, registros, fotografías. Lo más probable era que hubieran intentado borrar cualquier cosa que pudiera comprometerlas o revelar algo de lo que había ocurrido.
Aquello terminó de convencerme de que Natalie y la tía Georgina habían hecho algo para fracturar a nuestra familia. El problema era que seguía sin saber exactamente qué, y mucho menos cómo demostrarlo.
Cuando llegamos a casa, corrí directamente a la habitación de mamá.
Estaba acostada y se la veía agotada, como si hubiera envejecido años en apenas unas semanas. Sin embargo, en cuanto me vio aparecer en la puerta, su expresión cambió por completo. Sus ojos se iluminaron y una sonrisa temblorosa afloró en su rostro.
Y en ese instante comprendí que nada de lo sucedido importaba tanto como aquello.
Volvíamos a estar juntos.
Por fin sentí que ya no tendríamos que enfrentar solos lo que fuera que estuviera ocurriendo. Ahora estábamos reunidos de nuevo, y sabía que encontraríamos la forma de superarlo.