Bajo la Niebla de Blue Ridge CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Julie

JULIE

Cuando Jason me escribió para pedirme que nos viéramos, me asusté.

Llevaba días sintiéndome sola. También estaba molesta con mamá por no haberse opuesto a que me quedara con la tía Georgina.

Yo no quería eso. Allí me trataban bien y no tenía motivos para quejarme, pero extrañaba mi casa, a mi familia y todo lo que habíamos dejado atrás al mudarnos a Asheville.

A veces tenía la sensación de que nadie se daba cuenta de cuánto me afectaba.

Quizá porque, al principio, yo estaba demasiado concentrada en perseguir mis propios sueños y pasiones, y en casa eso parecía incomodar a más de uno.

Acepté reunirme con Jason en el centro comercial. El verdadero problema sería encontrar una forma de que la tía Georgina me permitiera ir sola. Sabía que no sería sencillo.

Desde hacía algún tiempo me sentía observada. Era una sensación constante, como si tanto la tía Georgina como Natalie procuraran evitar que hablara con mamá o con papá. No entendía el motivo, pero cada día me resultaba más evidente.

En Nochebuena quise regresar a casa para celebrar con mamá. Sin embargo, me dijeron que ella no tenía intención de festejar nada y que, además, había pedido que yo permaneciera en el apartamento donde se realizaría la cena familiar, a la que asistió prácticamente toda la familia de Natalie.

Durante la velada, Beth preguntó varias veces por mis padres y por Jason. Nadie respondió. De hecho, todos parecieron ignorarla deliberadamente, hasta que Ely le hizo una seña discreta para que dejara de insistir.

Aquello me inquietó.

Esa misma noche, desobedeciendo las indirectas de todos, llamé a mamá. La llamada fue directo al buzón de voz. Después intenté obtener respuestas de papá, pero solo me dijo que me quedara tranquila, que mamá y Jason estaban bien.

Yo quise creerle.

Sin embargo, fue precisamente entonces cuando empecé a sentir que había algo profundamente extraño ocurriendo a mi alrededor.

Desde que llegamos a Blue Ridge me sentí feliz. Todo parecía encajar. Natalie fue una presencia constante en mi vida, siempre atenta a cualquier detalle, dispuesta a ayudarme o a hacerme sentir incluida. Durante mucho tiempo la consideré una de las personas más importantes de nuestro círculo.

Sin embargo, en los últimos días algo había cambiado.

Cada vez era más frecuente sorprender a Natalie y a la tía Georgina susurrando entre ellas, como si procuraran que yo no escuchara ciertas conversaciones.

También empecé a notar que encontraban excusas para impedir que fuera a mi casa o incluso a la de Natalie.

Las reuniones que antes se hacían en distintos lugares comenzaron a celebrarse exclusivamente en el apartamento de mi tía.

En ocasiones salían juntas y se inventaban cualquier pretexto para dejarme atrás. Poco a poco empecé a sentirme atrapada entre aquellas paredes, aislada de todo lo que realmente me importaba.

Seguía hablando con mis amigas del instituto, pero las vacaciones navideñas habían vaciado los días de planes y distracciones. Así que pasaba las horas componiendo melodías en el teclado, intentando mantener la mente ocupada mientras esperaba algo que ni yo misma sabía definir.

La mañana de Navidad escuché una conversación entre la tía Georgina y Natalie. No alcancé a entenderla por completo, pero me dejó una sensación desagradable, una necesidad casi desesperada de ver a Jason y regresar a casa.

—No lo sé, pero creo que deberíamos detenernos —dijo la tía Georgina con evidente preocupación—. Ya ha sido suficiente.

—Por favor, Georgina, nosotras no estamos haciendo nada realmente —respondió Natalie—. Es ella misma quien, con toda esa negatividad, ha provocado esta situación.

—Tal vez tengas razón —admitió mi tía tras unos segundos de silencio—. Y, sinceramente, no quiero que mi hermano siga distanciándose de nosotros, de su familia. Pero también creo que todo esto está llegando demasiado lejos.

—No puedes echarte atrás ahora, cuando fuiste tú quien puso en marcha todo esto —replicó Natalie con firmeza—. Tú misma has dicho cosas e inventado situaciones bajo la excusa de que estabas haciendo lo correcto.

Había algo en su tono que sonó casi a advertencia. La tía Georgina no discutió ni intentó justificarse; simplemente bajó la mirada y asintió.

Por un instante pensé que habían notado mi presencia, porque ambas guardaron silencio de golpe.

Natalie le hizo una seña a mi tía y se trasladaron a la cocina para continuar hablando lejos de mí.

No podía asegurar que aquella conversación significara lo que yo estaba imaginando, pero desde ese momento tuve la sensación de que algo había cambiado.

Y no tardé en confirmarlo.

Las restricciones que ya existían para impedir que saliera sola se volvieron mucho más estrictas a partir de ese mismo día.

Me negaron el permiso para ir al centro comercial y, como si fuera una coincidencia demasiado conveniente, la conexión a internet desapareció por completo, dejándome prácticamente incomunicada.

Lo que no sabían era que yo podía contratar mi propio plan de datos. Lo hice sin decirle nada a nadie y mantuve el secreto con cuidado. De vez en cuando preguntaba si había novedades con el internet para sostener la apariencia, mientras mantenía la tableta desconectada y fuera de uso.

Gracias a eso recibí los mensajes de Jason.

El problema era que ya había pedido permiso para salir y me lo habían negado, así que no podía inventar una nueva excusa sin levantar sospechas. Antes de tomar una decisión más drástica, solo me quedaba una alternativa: hablar con papá.

Lo llamé de inmediato, pero la llamada fue enviada al buzón de voz.

Respiré hondo y dejé un mensaje.

—Papá, por favor, no se lo digas a nadie. Necesito hablar contigo a solas. Llámame solo a mí, ¿sí? Es importante.

Cuando colgué, me quedé mirando la pantalla del teléfono con el corazón acelerado, esperando que, al menos esa vez, me escuchara.

Esperé durante horas sin recibir respuesta. Cuanto más tiempo pasaba, más extraño me parecía todo y mayor era mi preocupación.

Intenté llamar varias veces, pero fue inútil. El teléfono de papá seguía apagado.

Llegó un momento en que no pude soportar la incertidumbre.

Aproveché una salida de la tía Georgina para escabullirme por las escaleras del edificio y salir por la puerta trasera.

Sabía que había dejado instrucciones expresas para que no me permitieran marcharme sola, así que tuve que moverme con cautela, evitando llamar la atención.

Fue mucho más difícil de lo que imaginaba, pero al final lo conseguí.

En cuanto estuve fuera, llamé a Jason. Quedamos de encontrarnos en una pequeña cafetería escondida en un rincón del centro comercial, un lugar discreto donde sería difícil que alguien nos encontrara.

Cuando me vio, se levantó de inmediato y me abrazó con tanta fuerza que por un instante pensé que me rompería las costillas. Yo le devolví el abrazo con la misma intensidad.

No había sido consciente de cuánto lo extrañaba hasta ese momento.

—Julie, ¿cómo has estado? ¿Cómo pasaste Nochebuena y Navidad? —preguntó apenas nos sentamos.

—Creo que eso puede esperar, hermanito.

Por mucho que quisiera contarle todo lo que había vivido y saber lo que ocurría en casa, sentía una urgencia mayor. Necesitaba hablarle de la conversación que había escuchado entre la tía Georgina y Natalie, y averiguar qué estaba sucediendo realmente.

Además, el tiempo corría en nuestra contra.

Temía que la tía Georgina regresara, descubriera mi ausencia y movilizara a medio mundo para encontrarme y obligarme a volver antes de que pudiera obtener alguna respuesta.

—Lo sé, pero ni siquiera sé por dónde empezar, Julie. Tengo miedo de que te molestes cuando te cuente algunas cosas —admitió Jason.

—No lo haré —respondí, intentando transmitirle confianza—. Además, yo también necesito contarte cosas. Cosas bastante extrañas.

—Entonces empieza tú.

Asentí y le relaté todo lo que había estado viviendo en las últimas semanas.

Mientras hablaba, me daba cuenta de lo absurdo que sonaba todo en voz alta, aún así preferí hablar de que hacer las señas, temiendo que alguien las viera y entendiera.

También comprendí algo que llevaba tiempo negándome: ya no quería seguir allí. Me sentía atrapada.

Jason pareció pensar lo mismo. Apenas terminé, insistió en que debía salir de aquel lugar cuanto antes.

Incluso propuso que regresáramos juntos a casa ese mismo día, pero me negué.

No quería abandonar mis cosas ni marcharme sin entender qué estaba ocurriendo realmente.

Una parte de mí seguía convencida de que las respuestas estaban allí, y que solo podría encontrarlas si permanecía cerca.

Entonces fue su turno de hablar.

Me contó que mamá estaba enferma, que papá prácticamente había desaparecido de sus vidas y que sospechaba que Natalie y la tía Georgina habían trabajado juntas para aislarla, poniéndola en contra de todos, incluso de los vecinos y de algunas personas del instituto.

Mientras lo miraba, una verdad dolorosa comenzó a imponerse sobre cualquier otra reflexión: nuestra familia se había fracturado.

Y yo la extrañaba.

Extrañaba las cenas improvisadas, las discusiones tontas, las bromas de Jason, la forma en que siempre terminábamos encontrándonos los unos a los otros.

Durante semanas había pensado que lo que echaba de menos era Nueva York.

Creía que añoraba las calles de Sunset Park, el apartamento pequeño o la vida que habíamos dejado atrás. Pero no era eso.

En Asheville tenía amigas, la escuela de danza con la que siempre había soñado, la música, una casa preciosa y una habitación que parecía sacada de mis deseos más ambiciosos. Con eso y todo, me sentía incompleta, como si me hubieran arrancado algo esencial.

Fue durante aquella conversación cuando entendí qué era. Extrañaba a mi hermano.