CAPÍTULO 19
Jason
JASON
Desde que llegamos a Blue Ridge, tuve la sensación de que algo importante iba a suceder.
No sabía si sería algo bueno o algo terrible, pero lo percibía con claridad.
Y no me equivoqué. Todo se convirtió en un torbellino de acontecimientos que, aunque probablemente pude afrontar mejor, también estuvieron marcados por influencias ajenas que escapaban a mi control.
Ely y Natalie nunca me habían agradado. Natalie, en realidad, apenas la conocía; pero a Ely lo había observado desde que yo era un niño, cada vez que venía de visita durante las vacaciones.
Las personas sordas desarrollamos formas distintas de percibir el mundo.
Cuando no dependes del oído, aprendes a prestar atención a detalles que otros pasan por alto.
El ruido suele distraer, confundir y ocultar muchas cosas.
Nosotros no tenemos ese filtro. Pueden engañarnos de otras maneras, pero no mediante sonidos.
Quizá por eso siempre he sido muy observador, y desde hace años tenía la impresión de que Ely vivía a través de los demás.
Rara vez parecía partir de una idea propia; más bien esperaba a que alguien tuviera una iniciativa para apropiársela, modificarla y presentarla como una versión mejorada.
Cuando mi padre montó su estudio tecnológico en casa, Ely se apresuró a comprar uno más avanzado.
Cuando mamá empezó a apasionarse por la fotografía, él pagó un curso para que Natalie aprendiera también.
Y la verdad es que no funcionó, porque hay habilidades que no pueden imponerse a la fuerza; no todos poseen la misma sensibilidad para las mismas cosas.
Más tarde, cuando mi padre decidió transformar nuestro apartamento de Nueva York con una estética industrial, Ely hizo exactamente lo mismo en su propia casa.
Es un patrón constante. Quizá no sea algo realmente dañino, pero sí profundamente irritante.
Por eso nunca los he tolerado ni he confiado en esa aparente amabilidad con la que intentan ganarse a todo el mundo.
Mi impresión siempre ha sido la misma: cuando no consiguen acercarse a alguien o influir sobre él, buscan otra forma de intervenir en su vida, incluso arrebatándole aquello que más valora.
A mí me quitaron a mi mejor amiga: mi hermana.
Le llenaron la cabeza de ideas, haciéndole creer que estaba sacrificando su juventud por mí, que no estaba viviendo su propia vida.
Y eso era injusto. Si algo había hecho siempre, había sido impulsarla a perseguir sus sueños, a crecer con la música y el baile que ella tanto amaba.
Aunque podía reconocer que me equivoqué al encerrarme en mis propios problemas, con el tiempo comprendí algo peor: lo mismo que hicieron conmigo y con Julie, se lo hicieron a mamá con todos los demás. Y todos, de una forma u otra, terminamos cayendo en la trampa.
Aquel día, cuando llegué a casa, supe que ocurría algo más profundo que la tristeza de mamá por la partida de papá a otro estado. Era evidente que las cosas estaban muy mal entre ellos, y yo quería encontrar alguna manera de ayudar.
Le rogué a papá una y otra vez que no se marchara.
Después, cuando ya se había ido, le pedí que regresara.
No me escuchó. Había en él una obstinación y una negación que no le pertenecían, como si estuviera actuando contra su propia naturaleza.
Y fue entonces cuando empecé a comprender que detrás de todo aquello había algo más, algo que ninguno de nosotros lograba ver con claridad.
Aquella tarde vi a mamá tomarse una pastilla en la cocina. El frasco quedó sobre la encimera junto con las demás, y no le di mayor importancia. Jamás imaginé que pudiera tratarse de algo peligroso.
Al otro día, en el hospital, insistía en que no recordaba haber ingerido nada más. Y yo quería creerle. Pero si ella no había tomado aquellas otras pastillas, ¿cómo habían llegado a su organismo? Cuanto más lo pensaba, menos sentido encontraba.
Quise escribirle a papá para contarle lo sucedido, pero mamá me pidió que no lo hiciera, ni a él ni a Julie.
No quería que pensaran que había tomado una decisión impulsiva para manipularlos o llamar su atención.
La entendí. Aunque no compartía su postura, le prometí guardar silencio.
Y, en ese mismo instante, me prometí también ayudarla a descubrir qué estaba ocurriendo.
Mi mamá era la mejor madre del mundo. Claro que discutíamos; a veces yo me encerraba en mi papel de adolescente incomprendido y terminaba haciéndola sufrir.
Pero ella era irreemplazable. Era el eje sobre el que giraba nuestra familia, la persona que nos mantenía unidos y con los pies sobre la tierra.
Por eso, cuando se sinceró conmigo y me confesó que sentía que alguien la estaba atacando, que incluso le habían dicho que podían estar haciéndole trabajos de magia negra, le creí.
Siempre había sido muy perceptivo, quizá porque la sordera me obligó a desarrollar otras formas de observar el mundo.
A veces notaba sombras donde otros no veían nada, o percibía cambios extraños en el ambiente sin una explicación evidente.
Nunca les di demasiada importancia; para mí era algo habitual.
Pero en aquella casa todo se sentía distinto, amplificado.
Había momentos en los que una sensación opresiva parecía impregnarlo todo, como ocurrió aquel día que mamá no recuerda y en el que yo terminé marchándome casi a la carrera porque Víctor insistió en que estudiáramos en su casa.
Recuerdo aquella conversación con absoluta claridad.
—Jason, hoy es Nochebuena. ¿Por qué quieres quedarte estudiando aquí? —me preguntó Víctor, visiblemente incómodo.
—Precisamente por eso —respondí—. Es la primera vez en toda mi vida que no celebramos los cumpleaños de mis padres, ni Navidad, ni nada. Mi mamá no está bien. Ella adora estas fechas y no quiero dejarla sola.
—Lo entiendo, de verdad. Pero no puedo quedarme aquí. Tengo que irme con mi madre.
—Claro, pero todavía falta para Nochebuena, Vic —insistí—. Solo sería un rato más.
Víctor se detuvo y miró alrededor antes de responder.
—Te voy a decir la verdad, bro. Esta casa me da miedo. Hay una energía muy rara aquí.
En aquel momento me reí, convencido de que estaba bromeando.
Sin embargo, él no sonrió. Permaneció serio, tan serio que terminé dejando el tema y atribuyéndolo a una simple superstición.
Para entonces yo ya me había acostumbrado a las rarezas de aquella casa.
Aunque eran más intensas que en cualquier otro lugar que hubiera conocido, las relacionaba con las creencias de mamá sobre la reencarnación, con la posibilidad de que el espíritu de mi abuela nos visitara o, simplemente, con la idea de que personas que habían vivido allí antes siguieran dejando algún rastro de su presencia.
Pero después de hablar seriamente con mamá y escucharla mencionar la niebla, las sombras y las advertencias sobre supuestos trabajos de magia negra, todas aquellas piezas comenzaron a encajar de una forma inquietante. Sin comentarle nada, decidí investigar por mi cuenta.
Revisé las grabaciones de las cámaras exteriores correspondientes a aquel día.
No encontré nada concluyente, ninguna imagen que pudiera señalar a alguien de forma directa.
Sin embargo, sí había una cantidad inusual de alertas y registros extraños.
No eran pruebas suficientes para que la policía interviniera, pero bastaban para hacerme pensar que algo anormal estaba ocurriendo alrededor de nuestra casa.
En las grabaciones se distinguían sombras atravesando la propiedad y, en varios momentos, la niebla parecía emerger desde el interior de la casa, como si algo la hubiera expulsado hacia afuera. Era una imagen extraña, difícil de explicar incluso para mí.
Aquello bastó para tomar una decisión. Mamá no podía seguir un día más creyendo que estaba perdiendo la razón. Algo estaba ocurriendo, aunque todavía no entendiera qué era, y pensaba ayudarla a descubrirlo.
Me senté a su lado en la cama, esperando el momento adecuado para sacar el tema. No sabía cómo empezar, pero fue ella quien terminó abriendo la conversación.
—Hijo, sé que lo que te conté es muy difícil de creer —dijo en lengua de signos—. Y quizá sí esté perdiendo la razón. No lo sé.
—Mamá... —intenté intervenir.
Ella levantó una mano, pidiéndome que la dejara continuar.
—Solo quiero pedirte una cosa. Suplicártela.
Asentí.
—Si algún día esto se vuelve insoportable —prosiguió con los ojos llenos de lágrimas—, si llega el momento en que ya no puedan lidiar conmigo, llévame a Canadá con mi padre. Pero no permitas que me encierren en una clínica psiquiátrica.
La abracé con fuerza. Verla tan vulnerable, tan aterrada, me estremeció incontrolablemente.
—Jamás lo permitiré, mamá. Te lo juro.
La estreché otra vez entre mis brazos.
—Gracias, hijo.
Aproveché aquel instante para decirle lo que había estado pensando. Le confesé que, aunque no tenía pruebas concluyentes ni respuestas para explicar lo que estaba pasando, yo le creía.
—Mamá —dije, tomando aire con dificultad porque, aunque mi voz no dependiera del sonido, los nudos en la garganta seguían existiendo—, nada de lo que ha pasado es culpa tuya. Y tampoco es producto de tu imaginación.
Ella me observó desconcertada, pero en sus ojos apareció una chispa de esperanza que hacía mucho no veía.
—Yo llevo tiempo fijándome en todo esto —continué—. Desde el cumpleaños de Julie. El regalo que le hicieron, la forma en que Natalie y toda su familia comenzaron a mirarte, aquel camping que terminaron arruinando y, sobre todo, cómo todo empeoró desde que la tía Georgina llegó a Blue Ridge.
—Hijo, ya no somos niños —murmuró—. Tal vez la que debe adaptarse soy yo.
Negué con la cabeza.
—No tienes que seguir convenciéndote de eso, mamá. Yo también he visto la niebla. También he notado las sombras y he sido testigo de cómo enfermó Mía. Incluso Víctor lo percibió. No estás perdiendo la razón.
Las lágrimas brotaron de inmediato. Fue como ver romperse una presa que llevaba demasiado tiempo conteniendo el dolor.
No eran lágrimas de tristeza, sino de alivio.
Comprendí que había llegado al punto de desconfiar de sí misma, y yo sabía bien que no existe nada más aterrador que eso.
Lo sabía porque, de una forma distinta, yo también lo había experimentado.
—No tienes por qué cargar con todo esto sola —le dije, tomándole las manos—. Déjame ayudarte. Vamos a descubrir qué está pasando y vamos a traer de vuelta a Julie y a papá.
Su expresión se ensombreció.
—No quiero que te expongas a ningún peligro, hijo.
Solté una sonrisa amarga y señalé alrededor.
—Mamá, el peligro ya está aquí. Nos rodea desde hace tiempo. Ya consiguieron aislarnos, y por culpa de eso estuvimos a punto de perderte a ti... y también a mí.
Sus lágrimas se intensificaron y me abrazó con fuerza. Cuando finalmente se apartó, percibí un cambio en ella. Seguía herida, seguía agotada, pero había recuperado algo que creí perdido: determinación.
—Está bien, hijo —dijo secándose el rostro—. Vamos a descubrir qué está pasando y vamos a detenerlo.
Permanecimos conversando un largo rato, ya sin la desesperación que nos había acompañado durante semanas. Incluso llegamos a la conclusión de que, probablemente, quien estuviera detrás de todo aquello se sentía seguro en ese momento, convencido de que había logrado su objetivo.
También aproveché para hacerle entender algo que llevaba tiempo guardándome.
—Mamá, ni Julie ni yo somos niños.
Le expliqué que ambos teníamos edad suficiente para comprender situaciones difíciles y enfrentar verdades incómodas.
Mantenernos al margen con la intención de protegernos no había hecho más que abrir brechas entre nosotros, impedirnos entendernos y facilitar que otras personas se aprovecharan de esas distancias.
Al final, todo parecía resumirse en una estrategia tan antigua como efectiva: dividir para conquistar.
Eso era exactamente lo que nos habían hecho. Nos separaron, nos llenaron de dudas y nos enfrentaron unos contra otros hasta debilitarnos. Pero si habían llegado tan lejos gracias a nuestras divisiones, entonces había una única forma de detenerlos.
Volver a estar unidos.
Y, esta vez, luchar juntos.