Bajo la Niebla de Blue Ridge CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

El Intento

VALERIE

Cuando escuché cerrarse la puerta principal y, segundos después, el motor del auto de Greg alejándose por el camino, algo se quebró definitivamente dentro de mí.

Fue como si un interruptor se activara en mi mente para obligarme a comprender lo que hasta entonces me había negado a aceptar: no era una pesadilla. Era real. Greg se había marchado.

Resulta casi imposible describir lo que sentí.

Era una tristeza lacerante, una soledad tan vasta que parecía no tener límites y un miedo insoportable a que aquello fuera el principio del fin.

Apenas unos meses atrás contemplaba el futuro con ilusión; ahora, en cambio, solo alcanzaba a distinguir sombras.

Tomé a Mía entre mis brazos y me refugié en nuestra habitación.

Me recosté sobre la cama, aferrándome a ella mientras aspiraba su olor familiar.

Ya no lloraba con sollozos; las lágrimas simplemente corrían sin permiso, inagotables.

Pensé en mis hijos, en mi padre, buscando algún motivo para seguir adelante, alguna razón que no dependiera de mí misma.

Pero cuanto más buscaba, más vacío encontraba.

Nadie parecía necesitarme. Nadie, salvo quizá Mía.

Y a esa mínima certeza me aferré con todas mis fuerzas.

Debí quedarme dormida durante horas, porque cuando abrí los ojos ya era de noche.

La niebla continuaba allí, envolviéndome con su presencia silenciosa.

Alcancé a ver una sombra desvanecerse tras la puerta de la habitación y pensé en Jason, aunque ni siquiera estaba segura de que siguiera en casa.

Revisé la aplicación de rastreo de mi teléfono y descubrí que se encontraba en casa de Víctor.

Julie seguía con Georgina y Greg ya estaba en Utah.

No me moví. No encontraba motivo para hacerlo. Las lágrimas volvieron a brotar sin resistencia alguna y, antes de que pudiera comprender cuánto tiempo había transcurrido, la oscuridad cedió paso a la luz de una nueva mañana.

Me obligué a salir de la cama. Fui al baño y me quedé bajo la ducha durante largo rato, como si el agua pudiera arrastrar algo más que el cansancio. Me vestí con desgana, bajé a la cocina y abrí la nevera: un yogur, tres cucharadas apenas, sin verdadero apetito.

El teléfono vibró con un bip que me devolvió una chispa de esperanza absurda, inmediatamente extinguida al ver el nombre en la pantalla: Chace. Abrí el mensaje. Solo había un contacto y una frase: “ve a verla, te ayudará”.

El miedo volvió a instalarse con fuerza.

Una parte de mí seguía convencida de que Chace y Cris podían haber sido el origen de todo lo que me estaba destruyendo, aunque otra voz, más débil, me insistía en que no tenía sentido.

La historia de la turmalina seguía enredándome la mente, deformando cualquier intento de pensamiento claro.

Todavía con esa inncertidumbre, no sé qué impulso me llevó a marcar el número. Lo hice sin demasiada convicción.

Me contestó una recepcionista que me informó, con naturalidad, de que tenía cita para el mediodía: era un consultorio de psicoanálisis.

Tomé las llaves del auto y salí. Si ya lo había perdido todo, pensé, poco importaba intentar lo que fuera.

Al llegar, me atendieron de inmediato. La doctora se encontraba con otro paciente, pero me indicaron que, en cuanto saliera, me darían prioridad.

Incluso sin haberme mirado en un espejo, supe que debía de ofrecer una imagen descompuesta para que tomaran aquella decisión por encima del turno de las 11:00 a.m.

Me senté a esperar con el kennel entre las manos. No pensaba separarme de Mía mientras siguiera respirando.

No habían pasado más que unos minutos cuando la recepcionista me indicó que podía pasar.

El consultorio resultaba acogedor, lejos de esos espacios blancos e impersonales que evocan vacío y desamparo.

Predominaban los tonos cálidos —beige, marrón, salmón suave—, con algunos acentos de verde aportados por plantas distribuidas con discreta intención, como si la naturaleza hubiese sido invitada a entrar sin romper la armonía.

Contra todo pronóstico, me sentí extrañamente cómoda dentro de mi propia incomodidad.

Tomé asiento en el sillón que la doctora me indicó y aguardé en silencio.

—Hola, Valerie. Mi nombre es Alyah, y estoy aquí para escucharte —dijo, acomodándose en una butaca cercana.

—¿Cómo conoce a Chace? —pregunté, sin rodeos.

—Soy su cliente —respondió con naturalidad.

La afirmación me resultó inverosímil. ¿Cómo podía una profesional de la ciencia ser cliente de alguien vinculado a lo esotérico?

Por un instante pensé que quizá me había equivocado de lugar, que aquel consultorio no era lo que creía.

Sin embargo, antes de que pudiera seguir elaborando esa idea, la doctora añadió:

—No soy cliente de la tienda, aunque eso no me hace menos creyente. Chace me ha ayudado con ciertos asuntos de índole tecnológica… ya sabes, su parte de ingeniería.

No tenía la menor idea de que Chace se dedicara a algo así. Nunca habíamos llegado a ese punto de su vida, y en mi mente él y Cris seguían reducidos a aquella imagen difusa de lo esotérico: cristales, objetos extraños y rituales difíciles de encajar en cualquier lógica.

No respondí. Me limité a esperar en silencio a que la doctora continuara.

—Sé que no es sencillo abrirse con una desconocida, pero ¿qué tienes que perder? —preguntó con suavidad.

—Nada —murmuré—. Ya no me queda nada.

—Tienes a Chace, y sospecho que también a Cris —añadió—, y por lo que veo, también a ese hermoso gatito que traes contigo —concluyó, señalando el kennel.

Negué con la cabeza sin encontrar palabras.

Porque, aunque amaba profundamente a Mía y, en algún rincón confuso de mí misma, aún valoraba a Chace y a Cris, aquello no era lo que realmente deseaba.

Lo que añoraba era otra cosa: volver atrás, a Nueva York, cuando la vida aún parecía intacta, cuando mi familia seguía unida incluso en la estrechez de aquel pequeño apartamento de Sunset Park y el resto del mundo no tenía forma de infiltrarse.

—Entiendo —dijo la doctora—. Entonces, ¿por qué no intentamos recuperar eso que sientes perdido?

—No se puede —respondí de inmediato.

—Sí se puede, Valerie —replicó con serenidad—. No todo está perdido si aún existe el intento. De nuevo, ¿qué podrías perder?

Asentí en silencio.

—Cuéntame entonces —continuó—. Lo que necesites decir. No tienes que empezar por ningún punto concreto, y puedes omitir lo que aún no quieras compartir. Solo habla, como te resulte posible.

El silencio se instaló entre nosotras. Y, aun queriendo hacerlo, no lograba romperlo.

El ambiente del consultorio comenzó a volverse más liviano, casi etéreo, como si el aire se hubiese impregnado de un leve vaho blanquecino.

La doctora sonrió con serenidad, y en ese gesto encontré un indicio inesperado: tal vez ella sí percibía lo mismo que yo.

Desde que habíamos llegado a Blue Ridge, aquella niebla había aparecido de formas tan evidentes que cualquier persona razonable debería haberla notado; sin embargo, todos parecían ignorarla, como si no existiera.

Todos, excepto Mía y yo, y tal vez Chace.

Aquella certeza hizo que sintiera una mínima confianza, y en ella me desbordé.

Empecé a hablar sin freno, como si una compuerta se hubiese abierto de golpe: la llegada a Blue Ridge, las sombras, la muerte de mi madre y todo lo que vino después, los sueños, las sensaciones, los miedos…

absolutamente todo. No dejé nada dentro, aunque en el fondo me aterraba la idea de que aquello derivara en un diagnóstico que terminara por encerrarme en un instituto psiquiátrico.

Aun así, ¿qué importaba ya? En realidad, ya me sentía aislada como si ese encierro hubiese comenzado mucho antes.

Contra todo pronóstico, la doctora no reaccionó con alarma ni juicio.

Se mostró abierta, receptiva, y dio por válido lo que contaba, sin ponerlo en duda.

Me aseguró que no debía temer por mi estabilidad mental, y añadió que era mucho más fuerte de lo que yo misma creía.

Según ella, cualquier persona que hubiese atravesado todo lo que yo había relatado en tan poco tiempo no habría llegado sola y por voluntad propia a una consulta: el simple hecho de estar allí hablaba de resistencia, no de fragilidad.

—La fuerza está dentro de ti, Valerie —dijo, sosteniéndome la mirada—. Deja de buscarla fuera.

—No quiero estar sola —respondí entre lágrimas.

—No lo estás —replicó con calma—. Te tienes a ti misma, y en la medida en que tú lo reconozcas, también podrás ver a quienes te aman.

Me resultaba difícil encajar lo que acababa de escuchar. Podía repetirme que me tenía a mí misma, sí, pero la sensación de soledad seguía intacta, como una verdad inamovible.

—No lo pienses demasiado —aclaró ella con suavidad—. Empieza por tratarte como tratarías a una amiga. Háblate, date los consejos que darías a alguien en tu situación. Al principio puede parecerte absurdo, pero créeme, puede ayudarte.

Asentí sin verdadera convicción, sin estar segura de que fuera algo que pudiera poner en práctica. Sin embargo, sus palabras quedaron clavadas en algún lugar de mi mente, repitiéndose de forma insistente durante el resto del día.

Me extendió una receta para retirar unas pastillas contra la ansiedad en la farmacia. Me explicó que eran muy suaves, sin riesgo de adicción, y que podrían ayudarme a relajarme lo suficiente como para dormir mejor.

—El descanso nocturno es fundamental para mantener la mente en equilibrio —añadió antes de despedirnos.

También me entregó su número personal, por si necesitaba una cita de urgencia.

Al salir, busqué el medicamento en internet para comprobar lo que me había dicho, y efectivamente coincidía: era un fármaco ligero, sin potencial adictivo y con efectos secundarios mínimos, centrados básicamente en la relajación. Eso me dio cierta tranquilidad.