CAPÍTULO 17 #2
Pasé por la farmacia y lo recogí antes de volver a casa.
Al entrar, confirmé que seguía sola, y esa constatación me devolvió de golpe a mi realidad.
Me preparé un sándwich mientras seguía dándole vueltas a todo lo que la doctora había dicho; apenas logré terminar la mitad.
La comida no terminaba de entrarme. Finalmente, subí al estudio, encendí la televisión y traté de distraerme.
Sentí un ruido y me levanté con sobresalto para averiguar de qué se trataba. Jason estaba subiendo las escaleras; se detuvo en el pasillo y me miró.
—Hola, mamá —señaló.
Aquellas dos palabras, tan simples, me resultaron casi irreales, como si me devolvieran el aire que no sabía que había perdido.
—Hola, hijo —respondí.
—¿Estás bien? —preguntó.
Supuse que mi aspecto debía de ser deplorable.
—Ahora sí —murmuré.
Una leve media sonrisa se dibujó en su rostro antes de continuar hacia el ático.
Sin darme cuenta, yo también estaba sonriendo.
Me repetí que no perdía nada intentando algo distinto, y empecé a hablar conmigo misma en voz baja, como me había sugerido la doctora.
Poco a poco fui tomando conciencia de mi propio estado: el agotamiento acumulado, los días sin comer ni dormir bien, el desgaste que eso implicaba.
Sin embargo, la sensación de peligro persistía; seguía ahí, latente, como una amenaza invisible. Jason estaba en casa ahora, y eso cambiaba todo. Necesitaba protegerlo, igual que hacía con Mía.
Bajé a la cocina, tomé una de las pastillas recetadas y volví a mi habitación. Si conseguía dormir lo suficiente durante la tarde, quizá podría mantenerme más alerta por la noche y vigilar mejor a Jason… y a aquello que acechaba en las sombras.
Me quedé profundamente dormida.
En el sueño, la mujer de cabello oscuro volvió a aparecer.
Esta vez parecía afligida; intentaba decirme algo, pero sus palabras se perdían en un lenguaje incomprensible.
La desesperación la hizo alzar la voz, mientras yo me dejaba arrastrar, como si una fuerza invisible me condujera hacia otro lugar: un campo vasto y desolado donde Natalie y Georgina aguardaban junto al resto de la familia de Natalie… y también la mía.
Quise correr hacia ellos —Greg y Julie estaban allí—, pero cuanto más intentaba alcanzarlos, más se alejaban, como si el espacio entre nosotros se estirara sin fin.
Cuando me giré de nuevo, la mujer había desaparecido.
Después ya no vi a nadie; todo comenzó a oscurecerse lentamente, hasta volverse una sombra continua.
Entonces escuché otra voz, una que me gritaba que despertara.
Cuando abrí los ojos, el rostro de Jason, desencajado y cubierto de lágrimas, me desorientó por completo. Miré alrededor: no estaba en casa. Las luces blancas me hirieron la vista, pero poco a poco logré reconocer el entorno. Estaba en un hospital.
—Jason… ¿qué pasó? —pregunté.
Él me abrazó con fuerza y rompió en llanto.
Yo no entendía nada.
—¿Por qué, mamá? —sollozó—. Yo sigo aquí… ¿por qué hiciste algo que me prometiste que nunca harías?
Su pregunta me dejó helada.
—Hijo, yo no intenté quitarme la vida —respondí, aún confundida.
—Claro que sí, mamá —insistió—. Los análisis mostraron todo lo que tomaste.
Intenté reconstruir los hechos en mi mente, pero solo recordaba haber tomado una pastilla, nada más. ¿Cómo era posible que algo tan leve hubiera provocado aquello?
Más tarde, el médico me explicó que en mi sangre habían encontrado una cantidad significativa de otra sustancia: Xanax.
Mi mente giraba sin reposo: ¿había sido engañada por la doctora?, ¿por la farmacia?, ¿o era mi propia percepción la que me traicionaba y, de algún modo imposible de explicar, había sido yo misma quien había obtenido aquella sustancia? Pero, si era así, ¿cómo?
Según el médico, Jason había encontrado el frasco de las pastillas recetadas por la doctora Alyah junto a mi cama.
Dentro solo quedaba una, pero no coincidía con la que yo recordaba haber tomado: la mía era roja y blanca; aquellas eran azules y contenían un compuesto distinto.
¿Alguien las había sustituido? ¿Lo había hecho yo sin ser consciente?
¿En qué momento había ocurrido todo eso?
La sensación de desorientación era absoluta.
Vivian, la madre de Víctor, apareció en el hospital, y solo cuando ella asumió cierta responsabilidad sobre mi situación me dieron el alta médica.
Habían intentado contactar a mis números de emergencia, pero tanto mi padre como Greg estaban lejos, y no respondieron a tiempo.
Jason, desesperado, había recurrido a ella para pedir ayuda.
Me resultaba humillante haber tenido que depender de una persona casi ajena para algo tan elemental como sobrevivir a una crisis. Aunque aquello me dejaba una certeza inquietante: Jason tampoco confiaba en Georgina ni en Natalie. O tal vez sí, y simplemente ellas habían decidido no involucrarse.
Al llegar a casa, noté varios mensajes en el teléfono, que seguía sobre la cama.
Chace y Cris habían intentado llamarme y escribirme.
Borré las conversaciones sin siquiera abrirlas.
No tenía claridad sobre nada. Seguía aferrándome a la idea de que alguien me había engañado, aunque Jason insistiera en que todo había sido un intento de suicidio, quizá motivado por llamar la atención de todos… incluso de Greg.
Mi padre también había escrito. Lo llamé de inmediato, antes de que abordara un avión para venir a verme. Logré calmarlo, asegurándole que había sido un error, un simple desmayo. Me creyó, aunque percibí en su voz que no termnaba de tranquilizarse del todo.
Greg no había escrito. Intenté llamarlo, pero su teléfono enviaba directamente al buzón de voz. Eso me dejó un vacío incómodo, más profundo de lo que quería admitir.
Jason entró en mi habitación con una bandeja de comida: puré de papas, crema de vegetales y jugo de manzana. Junto a los platos había una pequeña caja de regalo. Se inclinó y me besó la frente antes de dejar la bandeja sobre mis piernas.
—Feliz Navidad, mamá.
Había estado tan absorbida por todo lo ocurrido que ni siquiera había registrado la fecha.
Los días habían pasado sin forma, y mi mente seguía atrapada en un estado de confusión constante.
Quizá sí había tomado más de lo que recordaba, quizá había hablado con la doctora y pedido algo más fuerte sin ser consciente.
Revisé el registro de llamadas: allí estaba, una llamada a la doctora Alyah el día anterior, apenas un día después de la consulta.
Dejé el teléfono a un lado. Algo, en efecto, estaba profundamente mal conmigo… y todos parecían tener razón.
Con lágrimas en los ojos, abrí la cajita. Dentro había una pulsera con pequeños dijes: una cámara, un delfín, un tulipán y, más importante aún, unas manos formando un corazón que parecía condensar el resto de los símbolos, como si en él se resumiera lo esencial. El amor de mi hijo.
Me repetí que, pese a todo lo ocurrido, no permitiría que nada me apartara de su lado. Yo me había prometido ser su lugar seguro, su punto de regreso; sin embargo, era él quien, sin saberlo, acababa de devolverme al mío.