Bajo la Niebla de Blue Ridge CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Bullying

VALERIE

Unos días antes de Navidad, recibí una llamada del laboratorio donde me había realizado los exámenes médicos.

Los resultados ya estaban listos y, con todo lo que había ocurrido en las últimas semanas, ni siquiera había recordado ir a buscarlos.

El tono preocupado de la enfermera bastó para inquietarme; insistió en que acudiera personalmente, así que, aunque me aterraba dejar a Mía sola en casa, me vestí y fui.

El diagnóstico no era grave, pero sí requería atención.

Tenía los niveles de TSH completamente alterados y, sumado a la mala alimentación que había mantenido durante meses, aquello estaba afectando distintos aspectos de mi salud.

Me recetaron medicación y me remitieron a varios especialistas.

Según la doctora, aquel desequilibrio podía explicar el insomnio, los mareos e incluso algunas posibles alucinaciones.

Sin embargo, yo sabía que la realidad era más compleja que eso, así que opté por guardar la información para mí.

No quería ofrecerle a nadie más argumentos para desacreditar lo que estaba viviendo ni dar pie a nuevas tensiones con Greg, si es que nuestra situación aún podía deteriorarse más.

Al regresar a casa, fui directamente al estudio para ver a Mía.

Por fortuna, se encontraba más animada e incluso había terminado toda la comida que le había dejado.

Lo único fuera de lugar era el desorden que reinaba en la habitación.

Entre los objetos revueltos distinguí un bolso donde guardaba varios rollos sin revelar, pertenecientes a fotografías antiguas tomadas con la cámara que me había regalado mi madre.

No supe explicar la razón, pero sentí un impulso repentino de revisarlos, así que entré en el cuarto de revelado.

Encendí la tenue luz roja del cuarto de revelado y cerré la puerta tras de mí.

Hacía semanas que no trabajaba con fotografía analógica, pero mis manos aún conservaban la memoria de cada movimiento: extraer el rollo en la oscuridad, montarlo con cuidado en la espiral metálica y sumergirlo en los químicos que, poco a poco, arrancaban las imágenes de la nada.

Siempre había encontrado algo profundamente fascinante en aquel proceso.

Esperé en silencio mientras el revelador hacía su trabajo, acompañada únicamente por el leve goteo del agua y el sonido acompasado de mi respiración.

Cuando finalmente colgué las tiras húmedas frente a la luz, las escenas comenzaron a revelarse una tras otra: Blue Ridge, la casa, los chicos jugando entre las cajas de la mudanza, Greg sonriendo mientras descargábamos el camión, y la niebla extendiéndose sobre las montañas como un manto silencioso.

Me quedé contemplándolas más de lo necesario.

Aquellas fotografías pertenecían a otra época. A otra versión de nosotros.

En cada imagen habitaba una felicidad serena y genuina, la convicción casi infantil de haber encontrado, por fin, un lugar al que llamar hogar.

Mientras recorría los negativos con la mirada, me resultaba imposible comprender en qué momento aquella certeza se había resquebrajado.

Apenas habían transcurrido unos meses desde nuestra llegada y, sin embargo, esas escenas parecían provenir de una vida remota, tan distante que costaba reconocerla como propia.

Al volver al estudio, me dejé caer en el sofá.

Sin pensarlo demasiado, tomé una fotografía digital que había hecho dentro del cuarto de revelado y la subí a mis redes sociales.

En ella aparecían tres fotografías colgadas; en una estábamos Ely, Natalie, Greg y yo.

La nostalgia me golpeó con fuerza, así que la acompañé con una simple frase:

Cuando éramos felices y lo dimos por sentado.

Llevaba tantos días sin publicar nada que, por alguna razón, la imagen comenzó a difundirse con rapidez. Apenas unos minutos después, recibí un mensaje de Greg pidiéndome que la eliminara.

Me dolió. No entendía qué tenía de malo, pero aun así la borré.

Cuando llegó a casa, su expresión dejaba entrever agotamiento y una frialdad que ya me resultaba familiar. Supe de inmediato que aquello no terminaría en una conversación breve y que, una vez más, algo estaba a punto de quebrarse entre nosotros.

Fui al salón y me senté. Él entró detrás de mí.

—Valerie, esto ya se nos salió de las manos —dijo con gravedad—. No entiendo qué te está pasando, pero tienes que parar.

—Explícame, por favor —respondí, tragando el nudo que me cerraba la garganta antes siquiera de conocer el motivo de aquel reclamo.

—¿Por qué publicaste esa foto? —preguntó—. ¿Qué necesidad había de herir así los sentimientos de mi hermana?

El desconcierto debió hacerse evidente en mi rostro, porque enseguida intentó desarrollar su argumento.

—No pongas esa cara de sorpresa. Eres una mujer inteligente y sé perfectamente que sabías lo que estabas haciendo cuando publicaste esa foto —añadió—.

Era una indirecta. Una forma de decir que estábamos mejor antes de que Georgina llegara y de que todo cambiara entre nosotros, Natalie y Ely.

Lo que no entiendo es por qué sigues empeñada en culparla de una brecha que ya existía.

Inspiré despacio para contener el enojo.

¿Cómo podía haber interpretado algo tan distinto de lo que realmente sentía?

Sí, extrañaba las barbacoas, las partidas interminables de juegos de mesa, las risas compartidas, la complicidad entre mis hijos y aquella sensación de pertenencia que nos envolvió al llegar a Blue Ridge.

Pero mi nostalgia no tenía nada que ver con Georgina.

Lo único que anhelaba era recuperar aquella paz que alguna vez creí definitiva.

Intenté explicárselo.

—Greg, solo sentí nostalgia y quise reflejarla en mis redes. Quizás...

No me dejó terminar.

—¿Y se te ocurrió pensar que esa publicación también podía despertar esa misma nostalgia en Jason y empeorar su estado emocional? —me interrumpió, elevando la voz—. ¿No consideraste que algo así podría empujarlo otra vez a intentar hacerse daño?

Mis manos volaron a mi boca. El impacto de sus palabras me dejó sin aliento.

—¿Por qué me ocultaste algo tan grave? —continuó, con una mezcla de reproche y dolor—. ¿Tan culpable te sientes?

¿Culpable? ¿De qué se suponía que era culpable?

Mi mente era incapaz de seguir el hilo de sus palabras.

Greg parecía un desconocido. Y yo solo quería llorar, gritar, salir corriendo.

Huir de Blue Ridge, de aquella casa y de aquel hombre que durante años había sido mi refugio y que ahora comenzaba a sentirse como una condena.

—¿Culpable de qué, Greg? —pregunté con una firmeza quebrada por las lágrimas que me cerraban la garganta—. El único responsable de que no te haya contado nada eres tú.

—No me vengas con...

—¡No! —lo interrumpí—. Ahora voy a hablar yo.

Tomé aire profundamente. Por primera vez en meses dejé de ordenar argumentos y explicaciones. Ya no quería convencerlo de nada. Solo necesitaba sacar todo aquello que había guardado dentro.

—La noche en que ocurrió, estabas ebrio, celebrando con la gente de la oficina, y yo estaba intentando sostenerte porque sabía cuánto te había afectado la actitud de Ely —comencé—.

Me tragué todo sola. Y no fue únicamente lo de Jason, fueron muchas más cosas.

Guardé silencio porque le hice una promesa a mi hijo y traté de respetarla.

Después, cuando pensé que contarle a Natalie podría hacer que entendiera un poco mejor lo que estábamos viviendo, también me equivoqué.

Lo utilizó en mi contra, igual que han hecho con todo lo demás. Y tú les creíste.

—Podías habérmelo dicho después —replicó con un tono más contenido.

Se inclinó hacia delante, apoyó los antebrazos sobre las piernas y bajó la cabeza. Esta vez no parecía enfadado, sino agotado. Como si aquella conversación también le estuviera pasando factura.

—¿Cuándo, Greg? —pregunté, incapaz de contener el dolor—.

¿Cuando me acusaste de serte infiel con Chace porque decidiste creer en unas fotografías que te hizo llegar tu hermana?

¿O durante todos esos días en los que comenzaste a evitarme y yo me quedaba despierta, esperando escuchar tus pasos subir las escaleras?

—Valerie... —susurró con la voz tan quebrada como la mía—. Sé que no todo ha sido culpa tuya, pero también tienes que entender que estoy en medio de todo esto.

—Lo sé, y precisamente por eso he aguantado tanto —repliqué—.

Pero si tú te sientes atrapado, imagina cómo me siento yo, que soy el blanco de todas las críticas.

Tu familia y tus amigos no me quieren cerca, no me incluyen.

Para ellos soy una bruja, una infiel, una egoísta.

Y, aun así, parecen vivir pendientes de cada cosa que hago.

Me observan, me siguen, tergiversan mis palabras, convierten cualquier gesto en una prueba en mi contra.

Han llegado a tal extremo que ya no encuentro una explicación racional para nada de esto.

Porque me cuesta creer que tú, de verdad, hayas podido pensar algunas de las cosas que me has dicho.

A veces siento que alguien está manipulando todo.

—Por Dios, Valerie, ¿de qué estás hablando?

—Beth me contó que Natalie llegó a decirle una vez que Ely jamás la abandonaría porque lo tenía amarrado con un ritual —confesé—. ¿Qué te hace pensar que no podría intentar algo parecido con el resto de nosotros?

Greg soltó una exhalación incrédula.

—¿Desde cuándo Beth se convirtió en una fuente fiable? Hace unos meses eras tú quien no quería saber nada de ella.

—Porque Natalie y Georgina me convencieron de ello —respondí sin vacilar—. Solo que, en algún momento, las cosas cambiaron y pasé de ser parte del grupo a convertirme en el problema. Me hicieron a un lado y ahora siento que están intentando destruir todo lo que tengo.

Las palabras salieron de golpe. Ya no tenía fuerzas para seguir midiendo cada frase ni para preocuparme por cómo pudiera sentirse alguien más.

—¿De verdad no has notado nada? —pregunté—. Dime que no has visto sombras. Que no has escuchado ruidos extraños, susurros o cosas fuera de lugar dentro de esta casa.

La expresión de Greg cambió de inmediato.

Durante un instante creí que, al fin, me entendía.

Hubo algo en su mirada que pareció ablandarse, como si estuviera a punto de acercarse y abrazarme.

Por unos segundos fugaces pensé que volvía a reconocer al hombre con el que me había casado, oculto detrás de aquel desconocido que llevaba meses juzgándome. Pero me equivoqué.

—Georgina tenía razón —murmuró con gravedad—. Creo que necesitas ayuda, Valerie. Y la necesitas pronto. Quizá sería conveniente que pasaras una temporada internada en una clínica.

Sentí cómo algo dentro de mí terminaba de quebrarse.

El dolor fue tan intenso que me dejó sin aire. Primero llegó como una punzada seca y profunda; después, como si aquello que aún permanecía entero hubiera sido reducido a escombros sin posibilidad de reparación.

Greg conocía mejor que nadie el terror que aquellas palabras despertaban en mí.

Durante años le había contado sobre aquel sueño recurrente de mi juventud, en el que intentaba escapar de una institución psiquiátrica mientras mi padre me esperaba afuera, dentro de un taxi.

También sabía que ese temor había sido una de las razones por las que siempre me había tomado muy en serio mi salud mental, asistiendo a terapia y procurando entenderme a mí misma para evitar cualquier desequilibrio.

La idea de perder la cordura siempre había sido una de mis mayores pesadillas.

Tan profunda era esa angustia que incluso evitaba películas o series donde personas sanas eran confinadas en instituciones mentales.

Me parecía una crueldad insoportable, una de las formas más rápidas de destruir a alguien hasta convencerlo de que estaba loco.

El golpe terminó de resquebrajar todo cuanto quedaba en pie dentro de mí.

En lo más hondo de mi corazón —en un lugar que ni el miedo ni la duda habían logrado alcanzar— sabía que lo que ocurría a mi alrededor no era fruto de mi imaginación.

Mía no había enfermado de la nada. Jason no se había lastimado sin motivo.

Había demasiadas piezas fuera de lugar, demasiadas coincidencias acumuladas para aceptar que todo era producto de mi mente.

Lo que no lograba comprender era cómo Greg podía mirarme y no creerme.

Nos habíamos enfrentado juntos a situaciones mucho más extrañas a lo largo de los años.

Me puse de pie. Lo observé fijamente y, cuando por fin encontré la voz, pronuncié lo único que me pareció razonable.

—Te desconozco, Greg. Creo que lo mejor es que tomemos caminos separados por un tiempo.

Las lágrimas afloraron de inmediato en sus ojos, como si tampoco quisiera llegar a ese punto y, aun así, se sintiera incapaz de evitarlo.

—Lo sé —murmuró—. Por eso acepté un proyecto en Utah. Estaré allá unos meses. Julie se quedará unos días con Georgina. Jason aquí, contigo. Solo te pido una cosa: él no necesita más problemas. No le llenes la cabeza con estas ideas.

La noticia me atravesó como una cuchilla.

Detestaba la idea de que Julie volviera a marcharse con Georgina, pero discutir ya no tenía sentido.

Sentía que lo había perdido todo: mi matrimonio, el hogar que habíamos construido, las amistades que creí genuinas y, de una u otra forma, también a mis hijos.

No respondí. Le di la espalda y abandoné el salón.

Subí las escaleras casi a ciegas, conteniendo un llanto que ya no podía sostener. Me refugié en el estudio, cerré la puerta y me derrumbé en el sofá con Mía entre los brazos. Allí, abrazada a ella, lloré hasta quedar vacía.

La niebla acudió una vez más.

Se deslizó silenciosa por la habitación y me envolvió con su manto blanquecino. Y aunque nada podía reparar lo que acababa de romperse, estoy convencida de que fue aquel abrazo etéreo el que impidió que la tristeza terminara de consumirme esa noche.