CAPÍTULO 15
Frialdad y Sombras
VALERIE
Los días siguientes fueron un auténtico torbellino.
No sabía qué sentir ni qué creer. Veía cómo todo aquello que había construido parecía desmoronarse frente a mis ojos y, lo peor de todo, era no saber en quién podía confiar.
Lo ocurrido con la turmalina me tenía profundamente confundida.
Pasaba horas buscando respuestas en internet, pero cada explicación contradecía a la anterior, y cuanto más investigaba, más me hundía en la incertidumbre.
Mi relación con Greg también continuó deteriorándose.
Aunque insistía en que creía que entre Chace y yo no existía nada, sus acciones contaban una historia distinta.
Su rutina cambió por completo, como si evitara coincidir conmigo.
Yo solía despertar en el sofá del estudio después de abandonar nuestra habitación cuando las pesadillas me arrancaban el sueño, procurando no perturbar su descanso.
Para cuando regresaba a la alcba, él ya se había marchado.
Regresaba tarde, cuando el cansancio solía haberme vencido, y cada vez pasaba más horas en la oficina, incluso los fines de semana.
Lo único que parecía haber regresado a mi lado era la niebla.
Permanecía alrededor de la casa durante horas, envolviéndola en una barrera blanquecina que la aislaba del resto del mundo.
Aquello me apartaba aún más de los demás, pero también me brindaba una extraña sensación de refugio.
Dentro de aquel velo surgían ruidos inexplicables y sombras que comenzaron a merodear, incluso en plena oscuridad.
Aun así, me sentía más segura que en cualquier otro lugar.
Una tarde, después de quedarme dormida sobre la mesa de la cocina, tuve un sueño extraño. Al despertar, una necesidad inexplicable se apoderó de mí, tan intensa que me resultó imposible ignorarla.
En el sueño se repetía una escena real de cuando llegamos a Blue Ridge: yo estaba sentada en el jardín, contemplando las montañas, mientras Natalie me observaba desde el ventanal de su casa.
Sin embargo, algo era distinto. La niebla permanecía inmóvil, incapaz de acercarse, igual que aquella vez en que se había detenido de forma inexplicable.
Cuando volví la vista hacia Natalie, encontré en su rostro una expresión de auténtico terror.
Parecía mirar algo detrás de mí. Entonces percibí una inmensa sombra negra que se alzaba a mis espaldas, extendiéndose sobre el paisaje como una presencia descomunal.
Me giré para descubrir qué era y me encontré frente a un payaso gigantesco.
Para cualquiera habría resultado inquietante; para mí, que siempre les había tenido miedo, era una visión aterradora.
La figura sonreía y mantenía los brazos abiertos, como si me invitara a acercarme.
Instintivamente retrocedí, intentando poner distancia entre ambos, pero el terreno comenzó a desmoronarse bajo mis pies hasta transformarse en el borde de un precipicio.
Desperté en el instante exacto en que sentí que caía al vacío.
No fui capaz de encontrarle demasiado sentido a aquella pesadilla.
Estaba agotada, tanto física como emocionalmente, y mi mente apenas podía procesar nada más.
Aun así, me dejó una extraña impresión: la sensación de que quizá Natalie no era tan culpable como yo había llegado a creer y que, tal vez, lo mejor era intentar hablar con ella.
Impulsada por esa idea, la llamé y le pedí que saliera al jardín para conversar. Para mi sorpresa, aceptó.
Bordeé la cerca que habíamos construido y salí por la puerta lateral hasta quedar del lado de su jardín. Esperé largo rato bajo el aire frío de la tarde. Finalmente, cerca de media hora después, Natalie apareció.
—Hola, Valerie. ¿Cómo estás? —preguntó con aparente normalidad, aunque no se acercó a saludarme con el acostumbrado beso en la mejilla.
—La verdad, no me siento nada bien, aunque supongo que eso ya lo imaginas —respondí con franqueza—. Por eso quería hablar contigo y poner fin a toda esta situación tan incómoda que se ha creado entre nosotras.
—De acuerdo. Cuéntame.
Fue entonces cuando comprendí que aquella conversación quizá no llegaría demasiado lejos.
No me invitó a sentarme ni mostró intención de quedarse más de lo necesario.
Permaneció de pie, como si esperara que dijera lo que tenía que decir para regresar cuanto antes a sus asuntos.
Incluso entonces, sentí que necesitaba intentarlo.
—Estas últimas semanas han sido devastadoras para mí —confesé—.
He sentido el vacío que me han hecho tú, Ely y Georgina, y me ha afectado mucho más de lo que imaginas.
Estoy atravesando situaciones difíciles y, sinceramente, me he sentido muy sola.
No entiendo qué hice para que tomaran tanta distancia, ni por qué han comenzado a circular cosas sobre mí que simplemente no son ciertas.
—Creo que estás exagerando, Valerie —respondió con una serenidad que me resultó dolorosa. Evitó mirarme directamente a los ojos y mantuvo un tono distante—. Nos hemos estado ayudando mutuamente con los negocios, nada más. Eso nos ha mantenido bastante ocupados.
—Natalie, sabes que es más que eso —dije, procurando conservar un tono conciliador—. Ustedes se reúnen constantemente. Incluso ahora invitan a Beth y al resto de tu familia; he visto las fotografías en redes sociales y no parece que todo gire en torno al trabajo.
—Bueno, Valerie, pero tampoco podemos invitarte siempre —replicó—.
Al principio intenté incluirte en todo esto.
Te pedí ayuda para crecer en redes y alcanzar algo de lo que tú has conseguido, pero sentí muy poca receptividad de tu parte.
Eso me dolió. Así que terminé apoyándome en Georgina, que también atravesaba sus propios problemas, y empezamos a ayudarnos mutuamente.
—Hice todo lo que estuvo a mi alcance para ayudarte, Natalie —respondí.
La decepción comenzaba a filtrarse en mi voz—.
De hecho, fui la única que compró tus productos desde el principio, incluso algunos que ni siquiera podía utilizar porque me provocaban reacciones alérgicas.
Siempre estuve allí. Tal vez no de la manera que esperabas, pero sí estuve.
—Quizá ese es precisamente el problema, Valerie —comentó. Alzó la vista y sostuvo mi mirada apenas unos segundos antes de apartarla de nuevo—. Eres muy controladora.
—¿Cómo que controladora? —pregunté, desconcertada.
—Siempre necesitas que las cosas se hagan a tu manera —continuó—.
Terminamos comiendo donde te gusta a ti, visitando los lugares donde te sientes cómoda tú, adaptándonos a tus preferencias.
Mira lo que pasó en el camping: te apartaste del grupo y te instalaste en otro sitio, sin compartir realmente con nosotros.
Sus palabras me tomaron por sorpresa. Nunca había interpretado aquella situación de ese modo, y mucho menos imaginé que hubiera dejado una impresión tan negativa. Sin embargo, la convicción con la que lo decía dejaba claro que llevaba tiempo guardándose aquel reproche.
—No voy a contradecirte, porque entiendo que hablas desde tu propia perspectiva —respondí con serenidad—.
Pero sí voy a aclararte algo: no tienes idea de cuánto he intentado encajar en la vida de ustedes.
No siempre me he sentido cómoda, y aun así lo he intentado.
Si en ocasiones he elegido otro camino o he pedido algo diferente para comer, ha sido simplemente porque actúo conforme a lo que siento y a lo que me gusta.
Soy genuina. Nunca he obligado a nadie a hacer lo que yo quería ni a comer lo que me apetecía; solo he expresado mi opinión con honestidad.
Mientras hablaba, intenté recordar algún momento, aparte de lo ocurrido en el camping, en el que realmente me hubiera negado a participar en algo que los demás deseaban hacer.
Lo único que encontré fue aquella ocasión en un costoso restaurante italiano donde comenté que la comida no había cumplido mis expectativas, una opinión que incluso Ely compartió al calificarla tan mal como yo.
Todo lo demás me parecía una sucesión de excusas. Aun así, decidí ceder.
—Si algo de eso les hizo sentir mal, les ofrezco una disculpa —añadí—. Pero también debes entender que yo me he sentido mucho peor. Sobre todo, cuando la influencia que ustedes han tenido sobre Julie ha generado problemas dentro de mi propia familia y ha terminado alejándola de Jason.
—Es que eso es precisamente lo que no comprendes, Valerie —replicó, visiblemente alterada—. ¿Cómo puedes no darte cuenta de que obligas a Julie a vivir como si ella también fuera sorda?
Aquel reproche me golpeó con fuerza. Sentí la sangre hervirme bajo la piel, pero me obligué a respirar despacio. Lo último que quería era que la conversación terminara convertida en una discusión imposible de contener.
—Es injusto lo que dices, porque jamás he obligado a nadie, ni siquiera a Julie, a hacer más de lo que exige la convivencia con una persona con discapacidad —repliqué, esforzándome por mantener la calma—.
Lo difícil es que nadie parece capaz de ponerse, aunque sea por un instante, en los zapatos de Jason y comprender que no entiende gran parte de lo que ocurre a su alrededor. ¿Cómo no va a sentirse excluido?
—Por Dios, Valerie —me interrumpió—. Todos tenemos problemas.
¿Acaso sabías que Georgina ha pasado hambre estos días?
—preguntó con una altivez que me desconcertó—.
Si ha logrado mantenerse a flote ha sido gracias a Ely y a mí.
Por eso organizamos tantas reuniones; compramos comida, cocinamos y le dejamos suficientes sobras para asegurarnos de que tenga qué comer.