CAPÍTULO 14
Rumores
VALERIE
Había reservado el sábado para decorar la casa por Navidad. Quería que los chicos participaran, que trabajáramos juntos, aunque fuera durante unas horas y, por un momento, volver a sentir que seguíamos siendo la familia unida de siempre.
Me levanté temprano, preparé el desayuno y comencé a probar las luces guardadas del año anterior. Como era de esperar, varias ya no funcionaban. Además, me entraron ganas de renovar algunas decoraciones, así que subí a cambiarme y le pregunté a Greg si quería acompañarme.
Se negó, aunque de buen humor.
Prefería quedarse en casa y empezar a organizar las cosas con los chicos mientras yo hacía las compras, consciente de que probablemente me demoraría más de la cuenta.
Tomé el auto y conduje hasta el centro comercial.
Nada más entrar en la tienda, noté algo extraño.
La cajera me observó con una expresión difícil de descifrar.
Por lo general siempre me saludaba con familiaridad.
Aunque Asheville no era una ciudad pequeña, yo había pasado allí muchas horas durante los meses en que acondicioné el cuarto de revelado y realicé distintas mejoras en la casa.
Conocía a varios empleados, e incluso una de las dependientas tenía relación con el instituto de Jason y Julie.
Decidí no darle importancia.
Tomé un carrito y me entregué a una auténtica compra navideña compulsiva. Luces, adornos nuevos, un par de cascanueces, flores decorativas, esferas y toda clase de detalles que no necesitaba, pero que me hacían ilusión.
Incluso estuve a punto de comprar un segundo árbol para la sala de estar del piso superior.
Sin embargo, me detuve al ver a una de las profesoras de Jason cuchicheando con otra persona cerca de las cajas mientras me lanzaba miradas poco disimuladas.
Una sensación incómoda me atravesó.
Al levantar la vista, descubrí que no era la única. Varias personas parecían observarme. Algunas apartaron la mirada de inmediato. Otras no.
De pronto, el entusiasmo con el que había llegado se evaporó.
Pagué lo más rápido que pude y regresé al estacionamiento con una inquietud difícil de explicar, apresurando el paso hasta alcanzar mi vehículo.
Al encender el auto, el sonido de una notificación interrumpió mis pensamientos. Era un mensaje de Cris.
«¿Estás bien?»
Fruncí el ceño.
No entendía a qué venía aquella pregunta, pero, lejos de tranquilizarme, logró inquietarme aún más. No respondí. Arranqué el vehículo y emprendí el camino de regreso con una desagradable sensación instalada en el estómago.
En cuanto crucé la puerta de la sala, comprendí que algo iba mal.
Las cajas de adornos seguían intactas. Los chicos no estaban decorando nada. Y Greg permanecía sentado en el sofá, inmóvil, con una expresión severa que me puso en alerta de inmediato.
—¿Qué sucede? —pregunté.
—No lo sé. Dímelo tú —respondió con un tono que sonó más a desafío que a pregunta.
—No entiendo —murmuré.
De pronto me sentí mareada.
Greg extendió el brazo y me entregó su teléfono. La galería estaba abierta. En la pantalla aparecían varias fotografías mías entrando y saliendo de la tienda esotérica, conversando con Chace o permaneciendo frente al local.
Lo entendí al instante.
Aquellas imágenes no habían llegado a sus manos por casualidad.
—¿Quién es ese hombre y por qué lo frecuentas? —espetó.
La acusación me hizo reaccionar de inmediato.
Durante casi dos décadas de matrimonio jamás habíamos tenido problemas de celos. Ni siquiera habíamos rozado una conversación semejante.
—Yo no lo frecuento a él —repliqué, incapaz de ocultar mi molestia—. Voy a una tienda donde a veces compro cosas y otras simplemente converso con sus dueños. Y, por cierto, no es solo él. También está su hermana.
—¿Y por qué nunca lo mencionaste? —insistió.
La pregunta me golpeó más de lo que esperaba.
—Porque apenas hablamos, Greg —respondí, sintiendo cómo la tristeza reemplazaba al enfado—. No intentaba ocultártelo.
—Pues lo parece —replicó con dureza—. Ni Georgina ni Natalie saben nada de esto.
—¿Lo hablaste con ellas? —pregunté, alzando la voz más de lo que pretendía—. ¿O fueron ellas quienes te enviaron esas fotografías? Porque alguien se tomó muchas molestias en seguirme y retratarme. Curioso que no aparezca ni una sola imagen de Cris, su hermana, cuando también paso tiempo con ella.
Greg evitó responder directamente. En lugar de eso, volvió a aferrarse a la misma discusión, lo que me resultó casi incomprensible. Por un instante recordé las miradas y los murmullos en el centro comercial, aunque no lograba encontrar una conexión clara entre ambas cosas.
—Lo que me parece extraño es que se lo ocultaras a todo el mundo —reprochó—. No tiene sentido, a menos que supieras que estabas haciendo algo inapropiado.
Negué lentamente, incapaz de contener la impotencia que me invadía. No por la acusación en sí, sino porque provenía de él.
De Greg. La persona que mejor me conocía.
—No dije nada porque la primera vez que vi esa tienda, Natalie me aconsejó mantenerme alejada —respondí con la voz quebrada—.
Me dijo que eran personas extrañas. Y, sinceramente, no veía la necesidad de comentárselo a Georgina.
Desde que llegó, lo único que siento es que todo se ha ido rompiendo poco a poco: mi relación con Natalie, con Julie... y hasta contigo.
—Eso no es verdad.
—¿No lo es? —repliqué con una sonrisa cargada de amargura.
Le di la espalda y subí a nuestra habitación antes de que las lágrimas terminaran por traicionarme.
Greg no me siguió. No intentó detenerme, ni convencerme de nada. Tampoco trató de calmarme.
Pocos minutos después escuché el motor del automóvil encenderse y alejarse por el camino de entrada.
Me quedé sentada un rato al borde de la cama, tratando de recomponerme, hasta que un estruendo proveniente de la planta baja me hizo incorporarme de golpe. Casi al mismo tiempo escuché un grito de Julie.
Bajé las escaleras corriendo.
Un jarrón hecho añicos cubría parte del suelo del salón. Julie observaba a su hermano con una mezcla de rabia y desprecio, mientras Jason le respondía con una sucesión de señas cargadas de insultos.
—¿Qué está pasando aquí? —pregunté, elevando la voz mientras signaba al mismo tiempo.
—Sí, Jason. Cuéntale a mamá qué está pasando —replicó Julie con evidente sarcasmo.
El silencio que siguió resultó insoportable.
—¿Por qué no le dices que te suspendieron del instituto por pelearte con los chicos sordos?
—¿Qué? —exclamé, incapaz de creerlo—. Eso no puede ser. Me habrían llamado.
—Llamaron a papá —respondió Julie.
Sentí que el mundo se inclinaba bajo mis pies.
Intenté acercarme a Jason, preguntarle qué había ocurrido, entender la situación. Pero lo único que recibí fue una mirada dura, cargada de reproche, antes de que me diera la espalda y corriera hacia su habitación.
Me volví hacia Julie.
—¿Por qué se peleó? ¿Y por qué hablaron con Greg y no conmigo?
Ella se encogió de hombros.
—La directora pidió hablar específicamente con él. No contigo.
Sus palabras me dejaron inmóvil.
Una vez más, parecía que todos sabían algo antes que yo.
La situación había alcanzado un punto en el que ya no podía atribuirlo todo a mi imaginación. Las miradas en el centro comercial, las fotografías enviadas a Greg, el hecho de que me excluyeran de algo tan importante en el instituto... era demasiado.
Entonces recordé el mensaje de Cris y, sin pensarlo más, la llamé.
—¿Aló? —respondió al segundo tono.
—Cris, ¿qué está pasando? Por favor, si sabes algo, dímelo —supliqué, olvidando incluso saludar.
—Solo sé que están circulando comentarios sobre ti... y sobre nosotros —contestó con una preocupación imposible de disimular—. Dicen que practicas brujería y que tienes una relación con mi hermano.
—¿Qué? —exclamé, incapaz de procesarlo—. ¿De dónde salió una barbaridad así?
—No lo sé —admitió—. Chace escuchó a una cajera comentándolo en el supermercado. Al parecer, una mujer le mostró una fotografía tuya y le preguntó si te había visto frecuentar la tienda. La cajera respondió que sí, que ibas con regularidad.
Sentí que la rabia me cerraba la garganta.
—¿Tienes alguna descripción de esa mujer?
—No sé nada más, Vale. Pero puedo intentar averiguarlo.
Negué, aunque ella no pudiera verme. No tenía sentido seguir preguntando.
Alguien se había tomado la molestia de seguirme, fotografiarme y construir una historia a mi alrededor. No era un malentendido ni una coincidencia. Era deliberado.
Y, aunque no lograba comprender el motivo, una sospecha comenzó a abrirse paso en mi mente.
Natalie y Georgina.
La confirmación llegó de labios de la propia directora.
Me llamó para informarme que Jason sería expulsado si volvía a incurrir en una conducta inapropiada y que, respecto a la reunión que habían sostenido con Greg, consideraban preferible que yo no asistiera en futuras ocasiones.
La explicación me dejó helada.
El instituto mantenía políticas religiosas estrictas y, según sus palabras, procuraban mantenerse alejados de personas cuya reputación pudiera resultar cuestionable en ese ámbito.
—¿Me está llamando bruja? —pregunté, incapaz de contener mi indignación.
—Yo no la estoy llamando nada, señora Trembley —respondió con una frialdad casi ofensiva—. Su reputación la precede.
Y colgó.
Me quedé inmóvil, con el teléfono aún en la mano, atónita y consumida por una rabia que apenas podía contener.
Desbordada por la situación, subí a mi habitación y lloré. Lloré hasta que los ojos me ardieron y las lágrimas dejaron de aliviar absolutamente nada.
Mía fue la única que se acercó a mí aquel día.
Se acomodó a mi lado en silencio, y su presencia fue el único consuelo que encontré entre tanto desamparo.
Intenté llamar a Beth. Necesitaba saber si ella había escuchado algo o, al menos, contarle lo que estaba ocurriendo. Sin embargo, rechazó la llamada.
Segundos después llegó un mensaje.
«¿Ahora sí me llamas? ¿A qué se debe? ¿Ya te diste cuenta de quiénes son realmente tus amiguitas?»
Solté el teléfono, y volví a llorar.
No sé en qué momento me quedé dormida. Lo siguiente que recuerdo es despertar a la mañana siguiente con un dolor punzante en el estómago y la cabeza, como si hubiera pasado la noche entera luchando contra algo que no podía ver.
Greg no había subido a dormir.
La preocupación me hizo salir apresuradamente de la habitación. Lo encontré en el sofá de la sala, cubierto con una manta.
Lejos de tranquilizarme, aquella imagen me rompió un poco más. Significaba que no me creía. O, al menos, que había preferido dormir lejos de mí.
La desesperación comenzaba a devorarme. Me sentía sola, difamada, incomprendida. Pero, por encima de todo, tenía la sensación de no pertenecer a ninguna parte: ni a Blue Ridge, ni a aquella casa, ni a mi propia familia. A veces, ni siquiera a mí misma.
Llamé a mi padre buscando algo de consuelo. No le conté demasiado, pero su respuesta fue la misma de siempre: “Creo que debes regresar a Canadá”.
No podía hacerlo.
Amaba a Greg. Había trabajado demasiado para llegar donde estaba. Julie se había adaptado a su nueva vida, y Jason, pese a los problemas recientes en el instituto, mantenía buenas calificaciones y había encontrado personas con quienes identificarse.
Aunque Blue Ridge comenzaba a sentirse como una jaula, marcharme no era una opción.
La desesperación terminó por imponerse a la razón.
Sin importarme lo que Greg pudiera pensar ni las conclusiones a las que pudiera llegar, tomé las llaves del auto y salí de casa. Al principio conduje sin rumbo. Después, casi sin darme cuenta, descubrí que avanzaba hacia la montaña.
No sabía por qué. Solo quería volver a ver la niebla. Sentirla. Refugiarme en ella una vez más.
A medida que ascendía por la carretera, esperaba con ansiedad que el paisaje desapareciera tras aquel velo blanquecino, que el parabrisas se cubriera de humedad y todo volviera a ser como antes.
Pero no ocurrió.
Ni siquiera cuando llegué cerca del parque.
El cielo estaba encapotado y el ambiente resultaba sombrío, casi opresivo, pero la niebla seguía sin aparecer.
Entonces detuve el vehículo a un lado del camino, bajé y, vencida por la frustración, comencé a gritar.
—¡Ahhhhh! ¿Dónde demonios estás? —grité con todas las fuerzas que me quedaban.
Los pocos vehículos que pasaban por la carretera reducían la velocidad para observarme. Algunos conductores me miraban como si hubiera perdido la razón.
Quizá no estaban tan equivocados.
—¿Por qué me dejaste sola? —volví a gritar—. ¿Por qué permites que me pase todo esto?
Ni siquiera sabía a quién le hablaba. A la niebla. Al universo. A mi madre. A Dios. O tal vez a todos al mismo tiempo.
—Mi vida no era perfecta, pero era mucho mejor que toda esta mierda —murmuré cuando la voz comenzó a abandonarme.
Las piernas también cedieron y terminé de rodillas sobre el suelo frío, agotada.
Un automóvil se detuvo a pocos metros. Una mujer bajó la ventanilla y me preguntó si me encontraba bien. Asentí como pude y me obligué a ponerme de pie. Tras asegurarse de que no necesitaba ayuda, continuó su camino.
Cuando me dispuse a regresar al coche, el collar de turmalina que llevaba al cuello se enganchó en una de mis pulseras. Tiré sin cuidado y el cordón se rompió. La piedra cayó entre la grava oscura del arcén y desapareció de mi vista.
Intenté encontrarla, pero el frío comenzó a calarme hasta los huesos y mis manos temblaban demasiado.
Finalmente me rendí. Entré en el automóvil, encendí la calefacción y puse el motor en marcha.
No había avanzado ni diez metros cuando apareció.
El vaho blanquecino emergió de entre los árboles, se deslizó sobre la carretera y envolvió el vehículo, filtrándose incluso a través de los resquicios como si siempre hubiera pertenecido allí.
Solté una risa amarga.
¿Y si había estado equivocada todo aquel tiempo? ¿Y si quien realmente me estaba perjudicando era Cris con aquella piedra que supuestamente debía protegerme?
No entendía nada, pero era la única explicación que parecía tener sentido.
La turmalina había desaparecido y la niebla había regresado. Mi vida seguía hecha pedazos. No tenía respuestas ni razones para sentir esperanza y, aun así, mientras aquella presencia me envolvía de nuevo, sentí algo parecido al consuelo.
Como si todavía me quedaran fuerzas para resistir, al menos un día más.