Bajo la Niebla de Blue Ridge CAPÍTULO 13 #2
56%

CAPÍTULO 13 #2

—Claro, puedo hablar con ella —respondió—. Pero también creo que deberías prestar más atención a tus hijos, Greg.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué dices eso?

Georgina vaciló antes de responder.

—No quiero que te enfades. Julie no me ha dicho nada directamente, pero... he notado ciertas cosas.

Sentí que algo se tensaba en mi interior.

—¿Qué cosas?

—Parece tenerle miedo a Valerie. Y el otro día, mientras se cambiaba, le vi algunos moretones en el brazo.

La afirmación me golpeó como una bofetada.

—Creo que estás sacando conclusiones que no corresponden, Georgina —respondí, incapaz de ocultar la molestia.

Ni por un instante podía considerar algo así. Valerie era una madre paciente, dedicada y profundamente consciente de las necesidades de nuestros hijos. La simple insinuación me resultaba ofensiva.

—Por favor —continué con firmeza—. Lo único que te estoy pidiendo es que hables con Julie y le digas que la quiero esta misma noche en casa. Se acabaron las vacaciones.

Saqué mi billetera, dejé el dinero sobre la mesa y me puse de pie.

No esperé una respuesta.

Me marché molesto, con una sensación amarga que me acompañó durante todo el camino de regreso.

Más tarde, Georgina me envió una nota de voz para disculparse.

Aquello me hizo sentir culpable. Aunque estaba convencido de que sus sospechas eran infundadas, también comprendía que actuaba movida por la preocupación genuina hacia Julie.

Y, siendo honesto, ¿cómo culparla por hacerse preguntas?

Valerie había estado tan distinta en las últimas semanas que resultaba difícil ignorarlo por completo.

No quería cerrar los ojos ante esa posibilidad, así que decidí que hablaría con Jason esa misma noche para conocer también su perspectiva. Sin embargo, no tuve la oportunidad.

Cuando llegué a casa, Julie ya se había encerrado en su habitación, mientras que Jason se había quedado a dormir con unos amigos del instituto. Era como si ambos hubieran desarrollado una extraña incapacidad para compartir el mismo espacio durante demasiado tiempo.

Valerie tampoco estaba. Había salido con su cámara. A pesar de que la tarde ya se deslizaba hacia la noche, aquello me produjo cierto alivio. Hacer algo que amaba tal vez le ayudaría a despejar la mente.

Entonces se me ocurrió una idea.

Subí al ático y abrí el enorme armario donde guardábamos las decoraciones navideñas.

Valerie adoraba esa época del año. Estaba convencido de que rescatar algunas de nuestras tradiciones podría devolverle parte de la alegría que parecía haber perdido.

No importaba que noviembre apenas estuviera comenzando.

Quizá había llegado el momento de llenar la casa de luces otra vez.

Después de todo, impedir que celebráramos nuestros cumpleaños había sido una decisión absurda. Una de tantas cosas recientes que, al recordarlas, ni siquiera parecían propias de mí.

No me equivoqué.

Cuando Valerie llegó y vio las cajas apiladas junto a la escalera, sonrió.

Hacía tanto tiempo que no veía aquella sonrisa que sentí un nudo en la garganta.

La abracé sin pensarlo, y por unos instantes fue como si todo el peso de los últimos meses desapareciera.

Como si hubiéramos regresado a una versión de nosotros mismos que creía perdida.

Nos besamos y subimos las escaleras entre risas torpes y caricias apresuradas, dejándonos arrastrar por la necesidad de reencontrarnos.

No hicieron falta palabras.

Solo la cercanía. El calor compartido. La certeza momentánea de que aún podíamos encontrarnos el uno al otro.

Más tarde, vencidos por el cansancio, nos quedamos dormidos.

A mitad de la noche sentí que Valerie se levantaba de la cama. Al principio pensé en dejarla marchar, pero algo me hizo incorporarme y seguirla en silencio. Imaginé que se dirigiría al estudio, como otras veces. Sin embargo, la vi detenerse frente a la habitación de Julie y entrar.

Una inquietud inmediata se instaló en mi pecho.

Me acerqué con cautela, procurando que el suelo no delatara mis pasos. Cuando abrí la puerta apenas unos centímetros, el horror me dejó paralizado.

Valerie estaba inclinada sobre Julie. Tenía las piernas a ambos lados de la cama y sujetaba con fuerza los brazos de nuestra hija mientras le recriminaba haberse marchado. Su voz era baja, pero cargada de una dureza que jamás le había escuchado.

Durante un instante, no reconocí a la mujer que tenía delante.

—Tú no vas a volver a casa de Natalie ni de Georgina, ¿me entiendes? ¡No vas a dejarme sola!

Intenté gritarle que se detuviera, pero ningún sonido salió de mi garganta. Entonces escuché un pitido agudo y desperté.

Me incorporé sobresaltado, con el corazón acelerado y la sensación desagradable de que algo no encajaba. Al girarme hacia el otro lado de la cama, descubrí que Valerie no estaba.

El temor que me había dejado el sueño regresó de inmediato.

Me levanté y recorrí la casa en silencio hasta encontrarla dormida en el sofá del estudio, envuelta en una manta.

Permanecí observándola unos segundos y luego me acerqué a la habitación de Julie.

Mi hija dormía profundamente, ajena a todo.

Una oleada de alivio me recorrió el cuerpo. Había sido solo una pesadilla. Nada más.

Cerré la puerta con cuidado y apoyé la frente contra el marco. A pesar de todas las dificultades de los últimos meses, seguía convencido de que conocía a mi esposa. Valerie estaba cambiando, sí. Algo le ocurría. Pero jamás haría daño a nuestros hijos.

Al entrar en la cocina, mi mirada se detuvo en un papel sujeto con un imán sobre la puerta del refrigerador. Era el comprobante de unos análisis de laboratorio. La fecha de entrega de resultados aparecía claramente impresa en la parte inferior.

Sonreí al comprender lo que aquello significaba. Había ido al médico. Me había escuchado.

Una tenue sensación de alivio se abrió paso entre toda la inquietud que llevaba semanas acumulando. Quizás, después de todo, estábamos un paso más cerca de entender qué le ocurría.

Y entonces todo volvería a su lugar.

Al menos, eso era lo que necesitaba creer.