CAPÍTULO 13
Aislamiento
GREG
Las cosas en el trabajo comenzaron a volverse extrañas desde mi ascenso.
Yo no era el jefe directo de Ely; dirigía un área vinculada a proyectos internacionales, mientras él continuaba enfocado en proyectos locales.
Sin embargo, dentro de la estructura de la empresa, mi cargo se encontraba por encima del suyo.
Aunque insistía en que aquello no le molestaba y procuraba mantener una actitud cordial, bastaba observarlo a la distancia para percibir cierta incomodidad en su mirada.
Había algo contenido allí. Un recelo que intentaba disimular.
Decidí ignorarlo y concentrarme en mis responsabilidades.
Dejé de pasar largos ratos conversando en su oficina y enfoqué mi energía en el equipo y en el avance de los proyectos pendientes.
Hubo días en los que ni siquiera nos cruzábamos.
Me resultó extraño. Lo echaba de menos más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Y más extraño aún era enterarme de su vida a través de mi hermana, que seguía viéndose con él y con Natalie casi a diario.
En casa, las cosas tampoco mejoraban. Valerie se mostraba irritable, distraída y emocionalmente distante.
Los chicos parecían evitarla; buscaban excusas para quedarse fuera o se refugiaban en sus habitaciones cuando estaban en casa.
Incluso Julie pidió pasar unos días con Georgina.
La complicidad que siempre había existido entre madre e hija parecía haberse desvanecido.
Intenté acercarme. Quise entender qué estaba provocando aquel cambio tan abrupto.
Pero cuanto más observaba, más tenía la sensación de que algo se estaba desmoronando.
Como si el simple hecho de que algo bueno me hubiera ocurrido hubiese desencadenado una cadena de pérdidas.
Desde mi ascenso, todo parecía ir cuesta abajo.
—Val, quisiera que habláramos —le pedí una mañana, después de que Jason se fuera al colegio.
—¿Ya volví a ser Val? —replicó con una sonrisa cargada de sarcasmo—. Vaya. ¿Y qué hice para merecer semejante honor, su alteza?
La respuesta me irritó más de lo que estaba dispuesto a admitir, pero hice un esfuerzo por contenerme. Si quería recuperar algo de terreno, no podía permitirme otra discusión.
—Por favor —insistí—. No podemos seguir así. Ya ni siquiera te reúnes con las muchachas.
—¡Eso no es culpa mía! —respondió alzando la voz—. Si no me invitan, no puedo hacer nada al respecto.
—Es que siento que estás alejando a todo el mundo —comenté, procurando que mis palabras no sonaran a reproche—. Últimamente siempre pareces molesta.
—No estoy molesta, Greg —contestó, y en su voz había más agotamiento que enfado—. Estoy exhausta.
Eso sí era cierto.
Hacía semanas que apenas dormía. La sentía moverse inquieta durante la noche, girar entre las sábanas, murmurar cosas ininteligibles o despertarse sobresaltada.
Algunas veces parecían pesadillas; otras, simplemente insomnio.
Cada vez era más frecuente que abandonara la habitación y terminara la madrugada en el sofá del estudio, como si estuviera esperando algo.
O vigilando algo.
No sabía por qué aquella idea me producía un profundo desasosiego.
—¿Y si buscas ayuda profesional? —sugerí con cautela—. O quizás podrías hablar con Georgina. Sabes que te aprecia mucho.
Valerie soltó una breve carcajada sin humor.
—Greg, desde que Georgina llegó las cosas empezaron a cambiar. ¿De verdad no te has dado cuenta?
La afirmación me golpeó de inmediato.
—Mi hermana no tiene la culpa de lo que sea que crees que te está pasando, Valerie —respondí, incapaz de ocultar la molestia en mi voz.
Me parecía completamente irracional que responsabilizara a la única persona de mi familia que teníamos cerca. Para mí, Georgina había sido un alivio. Un refugio frente a la soledad que llevaba tiempo sintiendo y que se había acentuado desde que incluso Ely comenzó a distanciarse.
—Está bien. Lo siento —dijo ella finalmente.
Luego me dio la espalda y salió de la habitación.
La observé marcharse con una sensación amarga en el pecho.
Lo que más me dolía no eran las discusiones, sino la imposibilidad de entendernos.
Antes nos bastaba una mirada para saber qué le ocurría al otro.
Ahora cada conversación terminaba convirtiéndose en un campo minado.
La extrañaba. Extrañaba a la mujer con la que podía hablar de cualquier cosa.
Todo era confuso. Y, aunque mi familia seguía allí, comenzaba a sentirme extrañamente abandonado.
Aquella noche llamé a Georgina y la invité a cenar fuera. Necesitaba hablar con alguien que me conociera desde antes de todo aquello, alguien que pudiera ofrecerme una perspectiva distinta. Sin embargo, me contó que estaba en casa de Natalie, reunida con el grupo.
La respuesta me tomó por sorpresa.
Recordé de inmediato las palabras de Valerie sobre no estar siendo incluida en aquellos encuentros. Durante unos segundos pensé en preguntarle más, pero preferí dejarlo pasar. En su lugar, le propuse almorzar juntos al día siguiente, y aceptó encantada.
Más tarde, cuando fui a acostarme, descubrí que Valerie no estaba en nuestra habitación.
La busqué por toda la casa hasta encontrarla en el jardín. Permanecía sentada frente a las montañas, inmóvil, con la mirada perdida en la oscuridad.
La temperatura era inusualmente baja para la época, pero ella parecía no percibir el frío.
—Vamos adentro —murmuré, rodeándola por la cintura para ayudarla a ponerse de pie.
No opuso resistencia. Se dejó guiar en silencio.
Cuando regresamos a la casa, ya habían pasado las dos de la madrugada.
Nos sentamos en el sofá de la sala cuando negó con la cabeza al intentar que subiéramos a la habitación. Sin decir una palabra, se acomodó en mi regazo. Siempre decía que aquel era su lugar favorito en el mundo.
Y entonces se derrumbó.
Lloró de una forma que jamás le había visto. Sin reservas, sin intentar contenerse. Los sollozos eran tan intensos que por momentos parecía faltarle el aire, y aquello terminó por asustarme.
Intenté preguntarle qué ocurría, pero no respondió. No había palabras, solo lágrimas.
Decidí no insistir.
Me limité a abrazarla y a permanecer allí, sosteniéndola entre mis brazos mientras descargaba un dolor que yo era incapaz de comprender.
Verla así me destrozaba. Llevábamos casi dieciocho años de matrimonio y nunca habíamos atravesado algo semejante.
Ni siquiera durante la enfermedad y posterior muerte de su madre, uno de los periodos más oscuros de su vida, la había visto tan quebrada.
A la mañana siguiente, antes de irme al trabajo, volví a insistir.
—Amor, ¿por qué no pides una cita médica y te haces algunos exámenes de rutina? —pregunté con suavidad—. Tal vez haya algo físico que esté influyendo en todo esto. Algo que esté provocando estos cambios de ánimo o este agotamiento.
Valerie asintió lentamente.
—Está bien. Lo haré —susurró.
Alzó la vista hacia mí. Tenía los ojos enrojecidos.
—Te juro que no quiero sentirme así.
Aquellas palabras me encogieron el corazón.
—Lo sé, mi amor —respondí, atrayéndola hacia mí en un abrazo—. Sea lo que sea, vamos a superarlo juntos.
Sin embargo, me fui al trabajo profundamente inquieto.
Había momentos en los que Valerie parecía completamente lúcida.
Entendía que algo no estaba bien e incluso era consciente de ciertos cambios en ella, pero aun así no lograba detenerlos.
Empecé a preguntarme si parte del problema tenía relación con los chicos.
La distancia entre ellos era cada vez más evidente, y hacía tiempo que ninguno intentaba compartir actividades en familia.
Antes de llegar a la oficina me hice una promesa: esa noche hablaría con Jason. También le pediría a Georgina que convenciera a Julie de pasar más tiempo en casa. Quizá Valerie necesitaba sentir que aún los tenía cerca. Quizá eso ayudaría más de lo que imaginábamos.
El almuerzo comenzó con total normalidad.
Georgina me habló de algunos clientes que estaba consiguiendo en Estados Unidos gracias a contactos de Ely.
También me contó que colaboraba con Natalie en varios proyectos de la tienda y que, poco a poco, había encontrado allí una especie de segunda familia.
Por alguna razón, aquello me produjo una leve punzada de incomodidad.
Me sentí excluido.
Decidí ignorarlo y concentrarme en lo que realmente me preocupaba.
—G, quería preguntarte algo.
—Dispara.
—¿Ha pasado algo con Valerie?
Georgina levantó la vista.
—¿A qué te refieres?
—He notado que ya casi no la invitan a nada. Tú pasas muchísimo tiempo con Ely y Natalie, y la verdad es que ella parece sentirse bastante aislada —expliqué—. Incluso Julie se ha distanciado de ella.
La reacción de mi hermana fue inmediata. Se tensó apenas un instante y eso me inquietó más que cualquier respuesta.
—La verdad, Greg... este... —titubeó—. No sé muy bien qué decirte.
—No estás hablando normal, G —dije con calma, aunque sin suavizar el tono—. Deja de darle vueltas y dime qué sucede.
Georgina bajó la mirada hacia su plato.
—Es que Valerie ha estado muy negativa últimamente —admitió al fin—. Natalie dice que esa energía termina afectándola y que no quiere llevar esa carga al negocio.
Guardó silencio unos segundos antes de continuar.
—Pero no es nada personal. No es que no queramos a Valerie ni que no queramos ser sus amigas. Simplemente estamos enfocados en otras cosas. No podemos invitarla a todo.
Aquella explicación no me convenció del todo. Había algo que no terminaba de encajar, pero decidí no seguir presionando. En lugar de eso, llevé la conversación hacia otro asunto que también me preocupaba.
—Entiendo. Aunque me parece extraño que hace apenas unas semanas fueran inseparables. En fin, cambiemos de tema —dije—. Necesito pedirte un favor.
—Lo que quieras, hermanito.
—Quiero que convenzas a Julie de volver a casa. El permiso era por una semana y ya se está alargando demasiado —expliqué—. No quiero añadirle más preocupaciones a Valerie. Como has visto, no está pasando por un buen momento.