Bajo la Niebla de Blue Ridge CAPÍTULO 11 #3
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CAPÍTULO 11 #3

—Si hay algo que quieras decirme, dilo de una vez. Siempre que estás a punto de hablar, Chace te interrumpe o te hace callar. Y sí, me he dado cuenta. Así que, por favor, sé clara conmigo. No quiero seguir acumulando más preguntas dentro de mi cabeza.

Las campanas de la entrada tintinearon y ambas volvimos la cabeza hacia la puerta. Era Chace. Venía con dos tazas de café humeante entre las manos. Me llamó la atención, porque nunca había visto a Cris tomar café, pero decidí no comentarlo. No quería que la conversación se desviara otra vez.

—Vamos, Cris —insistí—. Dime de una vez qué es eso que llevas tanto tiempo guardándote.

Le lancé una mirada a Chace, convencida de que volvería a intervenir para detenerla. Sin embargo, para mi sorpresa, se limitó a asentir levemente.

Aquello hizo que mi estómago se tensara.

Cris tomó aire antes de hablar.

—Vale, sabes que te hemos tomado mucho cariño.

Asentí en silencio.

—Y también sabes que, por más escéptica que puedas parecer a veces, Chace y yo percibimos ciertas cosas. Energías. Presencias. Patrones que otras personas suelen pasar por alto.

—No me considero escéptica —respondí con calma—. De hecho, hace tiempo acepté que no es normal la forma en que me sentí atraída por este lugar... ni por ustedes.

Una sombra de tristeza cruzó fugazmente el rostro de Cris.

—Entonces entenderás lo que voy a decirte.

Chace dejó una de las tazas frente a mí y ocupó una silla cercana sin pronunciar una sola palabra.

—Hemos percibido muchas cosas a tu alrededor desde que llegaste a Blue Ridge —continuó ella—. Algunas hermosas. Otras preocupantes. Pero últimamente hay algo distinto.

Sentí que los dedos se cerraban alrededor de la taza.

—¿Distinto cómo?

Cris vaciló apenas un instante.

—Como una sombra.

La palabra quedó suspendida entre nosotras.

—No entiendo.

—Es difícil de explicar. No la veo como vería una persona o un objeto. La percibo. La siento. Y cada vez que vienes aquí parece más densa. Más cercana.

Una sensación desagradable me revovió por dentro.

—¿Qué significa eso?

Cris intercambió una mirada con su hermano antes de responder.

—Vale... estoy convencida de que alguien muy cercano a ti está dirigiendo energía negativa hacia ti.

—¿Energía negativa?

—Llámalo como quieras. Intención. Manipulación. Trabajo espiritual. Magia.

Bajó aún más la voz.

—Pero estoy segura de que alguien está actuando en tu contra. Y lo que más me preocupa es que esa persona forma parte de tu círculo más cercano.

Mi desconcierto fue tan grande que durante varios segundos no encontré palabras.

Era cierto que llevaba meses teniendo sueños extraños.

La mayoría me dejaban agitada al despertar, aunque rara vez lograba recordarlos con claridad.

También estaban esos pequeños detalles que había aprendido a ignorar: la sensación de que alguien corría las cortinas de mi habitación cuando no había nadie, la niebla deteniéndose justo cuando parecía acercarse demasiado, o el comportamiento cada vez más errático de Mía, que se mostraba distante y nerviosa sin motivo aparente.

Aun así, jamás habría imaginado una explicación como aquella.

Seguía sintiéndome incapaz de creerlo del todo.

—¿Qué clase de magia? —pregunté finalmente.

—No es algo bueno —respondió Chace. Hasta ese momento había permanecido en silencio a mi lado, y solo entonces advertí que me rodeaba los hombros en un gesto de apoyo—. Lo que percibimos es oscuro. Muy oscuro.

Me cubrí la boca con una mano.

No sabía qué me perturbaba más: la posibilidad de que estuvieran equivocados o la de que dijeran la verdad.

El miedo comenzó a mezclarse con una rabia sorda que no lograba identificar ni dirigir hacia nadie.

Permanecí un rato más en la tienda, refugiada en aquella extraña sensación de seguridad que siempre encontraba allí y que, por algún motivo, ya no experimentaba con la misma intensidad en mi propia casa.

Cris y Chace hicieron cuanto pudieron por tranquilizarme.

Me colocaron un collar de cuero con una turmalina negra que, según explicaron, servía como protección, y me sugirieron algunas prácticas para contrarrestar la energía que percibían a mi alrededor.

Yo asentí y me dejé guiar, aunque la verdad era que apenas podía procesar lo que acababa de escuchar.

Cuando regresé a casa, mi mente comenzó a recorrer los últimos meses con una atención casi obsesiva.

Y entonces recordé algo.

Desde aquella noche en que recibí el mensaje sobre Jason, cuando vi a la niebla detenerse y retirarse como si algo le hubiera impedido acercarse, no había vuelto a sentir su presencia de la misma manera.

De hecho, ni siquiera conseguía recordar la última vez que la había visto tan cerca como antes.

El verano había quedado atrás hacía semanas.

El otoño avanzaba inexorablemente hacia el invierno.

No había ninguna razón para que aquel velo blanquecino que siempre parecía encontrarme hubiese desaparecido de repente.

Sin embargo, cuanto más intentaba evocarlo, más evidente se volvía una idea inquietante:

La niebla ya no estaba conmigo. O, al menos, ya no podía alcanzarme.