Bajo la Niebla de Blue Ridge CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

La Llegada

VALERIE

Cuando regresé de la casa Víctor junto a Jason, me sentía devastada.

Caminaba como si estuviera envuelta en una neblina propia, incapaz de ordenar mis pensamientos o comprender del todo lo que acababa de descubrir.

Greg ya dormía y, por el olor que impregnaba la habitación, había bebido mucho más de como lo había dejado.

No quise despertarlo. Tampoco quería alejarme de Jason, así que subí una manta al ático y pasé la noche junto a él.

Lo poco que había logrado entender sobre lo ocurrido resultaba desgarrador.

Jason se sentía profundamente solo. Pasaba largos períodos sumido en la tristeza y, en ocasiones, perdía el control de sus propios impulsos.

Ni siquiera él sabía explicar con claridad lo que le sucedía.

Decía que era como una fuerza irracional que nacía en algún rincón oscuro de su interior y le llevaba a pensar que el mundo estaría mejor sin él.

Aquellas palabras me partieron en dos.

Hasta ese momento había querido creer que se trataba de una autolesión impulsiva, un acto desesperado para expresar algo que no podía verbalizar. Pero estaba equivocada. Jason no quería llamar la atención. De hecho, había hecho todo lo posible por ocultarlo.

Mi hijo había intentado quitarse la vida.

Le prometí que mantendría el secreto, al menos frente a Julie. A Greg debía contárselo. Por su parte, Jason me prometió que no volvería a intentarlo, que acudiría a mí cuando aquellos pensamientos regresaran y que aceptaría comenzar terapia. La vergüenza le pesaba tanto como el dolor.

A la mañana siguiente, Greg despertó con resaca y de mal humor.

Intenté hablar con él, pero me rechazó.

—Traje desayuno —anuncié al entrar en la habitación con una bandeja entre las manos—. También algo para el dolor de cabeza.

—Gracias, pero no me apetece nada —respondió sin mirarme.

—Por favor, intenta comer un poco —insistí con suavidad—. Necesito hablar contigo.

Greg dejó escapar un suspiro cargado de impaciencia.

—Hoy no, Valerie. Hoy llega Georgina y quiero estar tranquilo. O al menos aparentarlo por ella.

Valerie.

La forma en que pronunció mi nombre me dolió más de lo que debería. Hacía años que no me llamaba así. Siempre había sido Val.

Aun así, asentí en silencio, procurando que no se reflejara en mi rostro ni la herida ni la sorpresa.

—Prepararé el estudio para la llegada de tu hermana.

—Gracias.

Salí de la habitación con la sensación de que algo seguía alejándose entre nosotros, algo que no lograba alcanzar por más que estirara la mano.

Al otro lado de la puerta encontré a Jason esperándome. Tenía la mirada baja y las manos entrelazadas con nerviosismo.

—¿Está molesto? —preguntó por señas.

—Se siente mal —respondí, esforzándome por lucir tranquila—. Quizás sea mejor no decirle nada todavía.

Jason asintió lentamente. Pareció aliviarse, pero también hubo algo de decepción en su expresión, como si una parte de él hubiera esperado una reacción distinta.

No quise darle más vueltas.

Sentía que todo a mi alrededor se estaba desmoronando y que apenas lograba mantenerme en pie. Sin embargo, había una certeza que se imponía sobre todas las demás: si yo me derrumbaba, Jason también podría hacerlo.

Y eso no podía permitírmelo.

Así que hice lo único que sabía hacer.

Seguí adelante.

Me concentré en preparar la llegada de Georgina, en dejar la casa impecable, en asegurarme de que se sintiera bienvenida.

Organicé el estudio donde se hospedaría, compré algunos artículos de aseo personal para que no tuviera que preocuparse por nada y preparé su comida favorita.

Me aferré a cada tarea como quien intenta mantenerse a flote en medio de una corriente demasiado fuerte.

Greg fue a buscarla al aeropuerto aquella misma tarde.

Los chicos llevaban días esperando su llegada con ilusión.

Georgina no conocía la lengua de signos, pero siempre tenía la delicadeza de hablar despacio, vocalizando con claridad para que Jason pudiera leer sus labios o para darnos tiempo de interpretar.

Era un gesto sencillo, pero significaba mucho para él.

Aunque no habíamos compartido demasiado tiempo con ella a lo largo de los años, era muy cercana a Greg. Hablaban con frecuencia, se buscaban mutuamente para cualquier cosa, y los chicos le tenían un cariño genuino.

Su llegada trajo consigo una sensación de alivio difícil de explicar.

La casa se sintió más ligera. Más cálida.

Jason comenzó a usar únicamente suéteres de manga larga para ocultar la herida de su muñeca y, al menos en apariencia, parecía más sereno.

Greg volvió a mostrarse cariñoso y atento conmigo, como siempre había sido, especialmente en presencia de su hermana.

Julie, por su parte, estaba radiante. Siempre había tenido una conexión especial con Georgina y la seguía por toda la casa apenas tuvo oportunidad.

Durante unos días, su presencia pareció devolvernos algo que creíamos perdido.

Y yo, necesitada de aquel respiro, tomé todas mis preocupaciones, todos los temores acumulados durante las últimas semanas, y los guardé en el rincón más profundo de mi corazón, fingiendo que podían esperar un poco más.

Al día siguiente, Greg decidió organizar una barbacoa para celebrar la llegada de su hermana y presentarla a quienes aún no la conocían. Puso en ello un entusiasmo que hacía tiempo no le veía. Quería que Georgina se sintiera bienvenida, querida, parte de aquel nuevo capítulo de nuestras vidas.

Observándolo, comprendí algo.

Por mucho que quisiera a Ely, por mucho que lo considerara un hermano, había necesidades que solo la propia familia podía llenar. La presencia de Georgina parecía devolverle una parte de sí mismo que había extrañado durante demasiado tiempo, y eso lo hacía verse más completo.

A la barbacoa acudieron todos, excepto Lance.

Más tarde, cuando la reunión ya comenzaba a dispersarse, Beth se acercó a mí y me confesó que estaba destrozada.

Según ella, había visto a Lance con otra mujer y aquello había sido el golpe definitivo para una relación que llevaba tiempo resquebrajándose.

Natalie no intervino en la conversación.

Sin embargo, su expresión cambió sutilmente cuando la esposa de Samuel comentó, casi como quien no quiere hacerlo, que el rumor que circulaba era exactamente el contrario: que había sido Lance quien se había marchado después de descubrir a Beth con otra persona.

No quise profundizar en el asunto.

La verdad era que mi atención estaba puesta en otro lugar.

Cada pocos minutos buscaba a Jason con la mirada para asegurarme de que estaba bien.

Desde aquella noche, algo había cambiado dentro de mí.

Había comenzado a convivir con un miedo constante, silencioso, que me acompañaba a todas partes.

Temía que cualquier comentario, cualquier conflicto o cualquier decepción pudiera empujarlo nuevamente hacia ese lugar oscuro del que apenas habíamos logrado sacarlo.

Afortunadamente, Jason parecía tranquilo. Permanecía sentado junto a Greg, Ely y Georgina, siguiendo la conversación con atención.

—La verdad es que me gusta lo que he visto hasta ahora —comentó Georgina, rodeando a Greg con un brazo—. Quizás termine estableciéndome aquí, cerca de mi hermanito. Lo he extrañado muchísimo.

Parecía responder a una pregunta que Ely le había hecho sobre sus planes y su estadía en Carolina del Norte.

Greg sonrió con una alegría sincera que hacía tiempo no le veía.

Y eso, al menos por unas horas, me dio algo de paz.

Durante los días siguientes nos dedicamos a ayudar a Georgina a instalarse.

Greg la acompañó a abrir una cuenta bancaria y le sirvió de referencia cuando fue necesario.

Ella trabajaba para una compañía internacional de seguros y podía desempeñar sus funciones de manera remota, por lo que la mudanza no representaba un obstáculo.

Además, si lograba captar clientes en Norteamérica, tendría más posibilidades de regularizar su situación migratoria en el futuro.

Entre tanto, nosotros intentamos facilitarle el camino.

La ayudamos a conseguir un apartamento, le servimos de respaldo para el contrato de arrendamiento y Greg incluso puso a su disposición su historial crediticio para que pudiera adquirir algunos muebles.

También comenzamos a recomendar sus servicios entre amigos y conocidos, convencidos de que merecía una oportunidad para construir una vida propia cerca de nosotros.

El otoño ya se había instalado por completo en Blue Ridge.

Los árboles comenzaban a desprenderse de sus hojas y los tonos dorados, rojizos y cobrizos cubrían las montañas como una pintura cambiante.

Las mañanas eran más frías, las tardes más cortas, y la niebla parecía permanecer durante más tiempo entre los bosques, aunque lejos de nuestro hogar.

Con el cambio de estación también se acercaban nuestros cumpleaños. Las fechas caían con pocos días de diferencia y, durante años, habíamos aprovechado para reunir a la familia o allegados y celebrar juntos. Sin embargo, aquella vez fue distinto.

Fue Greg quien propuso que no hiciéramos nada.

Dijo que no tenía ánimo para fiestas ni reuniones, y que prefería evitar cualquier situación que lo obligara a fingir que todo estaba bien cuando claramente no era así.

Incluso reconoció, con una sinceridad que me dolió más de lo que esperaba, que temía terminar incómodo o encontrando algún motivo para discutir conmigo durante la celebración.

No insistí.

La verdad era que yo tampoco tenía energía para celebrar nada.

Así que dejamos que ambas fechas pasaran discretamente, sin invitados, sin fotografías y sin velas que soplar. Como tantas otras cosas en aquellos meses, nuestros cumpleaños quedaron suspendidos en un silencio incómodo que ninguno de los dos parecía saber cómo romper.