Bajo la Niebla de Blue Ridge CAPÍTULO 10 #3
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CAPÍTULO 10 #3

Dos de los hombres se pusieron de pie para estrecharme la mano con cortesía, mientras los otros me saludaron desde el sofá, levantando apenas sus vasos a modo de bienvenida. Yo respondí por educación, aunque una sensación difícil de definir comenzaba a moverse dentro de mí.

—Mucho gusto, chicos —saludé, esforzándome por ocultar mi desconcierto—. ¿Les apetece algo de picar?

—Ya comimos, cielo. No te preocupes —respondió Greg sin apartar la vista de sus invitados.

Aun así, insistí en ir a la cocina con cualquier excusa. Necesitaba un momento a solas con él. Necesitaba entender qué estaba ocurriendo.

En cuanto cruzamos la puerta de la estancia, me giré hacia él.

—¿Qué pasa? —pregunté, incapaz de seguir fingiendo normalidad.

Greg frunció el ceño.

—¿Por qué estás molesta?

—No estoy molesta —respondí con serenidad, aunque me costó mantenerla—. Solo me sorprendió encontrar la casa llena de gente. Además... vengo un poco inquieta.

Su expresión se endureció.

—Siempre estás así, Valerie.

Aquellas palabras me atravesaron.

No fue únicamente lo que dijo, sino la forma en que lo hizo. El fastidio. La impaciencia. La ausencia absoluta de la complicidad que durante años había definido nuestra relación.

Durante un instante estuve tentada a contarle todo lo que me había confesado Natalie sobre Julie. A decirle que me sentía perdida, que necesitaba su opinión, que no sabía cómo ayudar a nuestros hijos. Pero las palabras murieron antes de llegar a mis labios.

No quería otra discusión.

—Lo siento —murmuré, bajando la mirada.

Greg soltó una breve exhalación.

—Ya ni modo.

El tono de reproche fue imposible de ignorar.

—Por si te lo preguntas, la razón de esta reunión es que me ascendieron.

Levanté la vista de inmediato.

—Greg, yo no...

—Pero entiendo que para ti eso no tenga demasiada relevancia —continuó, sin dejarme terminar—. Últimamente estás tan concentrada en ti misma que parece que no ves nada de lo que ocurre alrededor.

Sentí que algo se hundía dentro de mí.

Era la segunda vez en el mismo día que alguien me hacía notar, de una forma u otra, que estaba fallando a las personas que más amaba.

Primero Julie.

Ahora Greg.

Las lágrimas acudieron de inmediato, pero me negué a dejarlas caer. Tragué saliva varias veces, luchando por mantener la compostura y evitar que la voz se me quebrara.

Porque lo último que quería era llorar frente a él.

Y, aun así, no podía dejar de preguntarme en qué momento habíamos empezado a hablarnos como dos extraños.

—Lo siento mucho. Y también te felicito, mi amor —dije en voz baja—. Lamento no haber sabido que habías aplicado al ascenso, aunque estoy segura de que nadie lo merece más que tú.

Me acerqué para abrazarlo.

Greg me rodeó con los brazos y correspondió al gesto, aunque pude percibir que el malestar seguía allí, latente bajo la superficie.

—Ely no opina lo mismo —murmuró.

Me aparté apenas lo suficiente para buscar su mirada.

—¿Qué? ¿Te lo dijo?

Greg negó con la cabeza.

—No hizo falta. Se inventó una excusa absurda para no venir a celebrar y, sinceramente, su cara habló por él. Desde que le comenté lo que me había dicho el jefe, cambió por completo. Se puso distante, serio... como si estuviera en otro lugar.

La tristeza en su voz me encogió el corazón.

—Puede que no tenga nada que ver contigo, amor —intenté suavizar—. Quizá es algo que está procesando él mismo. No debe ser fácil ver que alguien avanza más rápido cuando uno siente que se ha quedado estancado.

Greg guardó silencio unos segundos.

—Quizás.

No sonó convencido.

Permanecimos un rato más en la cocina, refugiados en aquella conversación a medias que ninguno parecía capaz de completar. Cuando finalmente regresamos a la sala con algunos pasapalos, ambos lucíamos más tranquilos, como si la tensión se hubiera disipado.

Al menos desde afuera.

Porque mientras sonreía y atendía a los invitados, por dentro sentía que algo se desmoronaba lentamente, pieza por pieza, y ya no sabía cómo evitar que terminara de caer.

Esa noche salí al jardín. Necesitaba sentir la niebla cerca, refugiarme en su presencia silenciosa y encontrar un poco de calma entre tantas cosas que no lograba ordenar dentro de mí.

La vi avanzar entre los árboles.

Y entonces se detuvo.

Quedó inmóvil, suspendida en la distancia, como si algo invisible le impidiera acercarse.

Mi teléfono vibró en ese mismo instante.

Al bajar la vista, vi un mensaje de Víctor, uno de los amigos de Jason. Lo abrí sin pensar demasiado y encontré una fotografía acompañada de unas pocas líneas.

"Le escribo para que sepa lo que sucede. Me preocupa mucho que Jason se ha estado autolesionando. Por favor, busque ayuda o algo, porque creo que es grave."

La imagen mostraba un brazo con una cortada vertical a la altura de la muñeca.

Durante unos segundos fui incapaz de respirar con normalidad.

No lloré. No grité.

Solo sentí cómo todo el aire abandonaba mis pulmones y que todo se tambaleaba a mi alrededor. Como si una grieta inmensa acabara de abrirse bajo mis pies.

Tomé las llaves del auto y corrí hacia la casa del amigo donde Jason pasaría la noche. Mientras conducía, la fotografía permaneció clavada en mi mente y una angustia profunda comenzó a ocupar cada rincón de mi pecho.

No podía pensar en nada más.

Solo en llegar hasta mi hijo.