CAPÍTULO 10 #2
Yo no compartía aquella percepción. Beth y Natalie eran mujeres muy distintas, pero ambas tenían atractivo y personalidad suficientes para destacar por sí mismas.
Tampoco tenía ninguna intención de abrir la puerta a comparaciones relacionadas con Ely o con historias del pasado, así que preferí llevar la conversación hacia otro lugar.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo? —pregunté con suavidad.
Natalie soltó una risa amarga.
—Tiene que ver con que nunca he tenido muchas amigas. Y cada vez que consigo acercarme a alguien, ella encuentra la manera de interferir. Siempre ha sido así. Siempre intenta quitarme las personas importantes.
La afirmación me pareció exagerada. Especialmente teniendo en cuenta que la vida parecía haberle sonreído bastante más a ella que a Beth en muchos aspectos. Sin embargo, me limité a escuchar.
—Natalie, es importante que entiendas algo —dije después de unos segundos—. Beth no tiene nada que ver con la distancia que pueda existir entre nosotras.
Ella levantó la vista.
—¿No?
Negué con la cabeza.
—No. Y, para ser completamente sincera, tampoco he sido yo quien se ha alejado.
La expresión de Natalie se endureció ligeramente.
—Yo he intentado acercarme. Incluso a través de Julie.
Aquello fue suficiente para que una molestia que llevaba tiempo acumulándose encontrara finalmente una salida.
—No vamos a entrar en ese tema —respondí con firmeza—. Porque si vamos a hablar de tu intento de acercarte a mí a través de Julie, entonces también tendríamos que hablar de cómo esa relación ha terminado alejándola de su propia familia.
—¡Dios mío, no! —exclamó de inmediato, llevándose una mano al pecho—. Todo lo contrario. Lo que pasa es que tú tampoco has querido ver el peso que Julie ha estado cargando durante años, Valerie. Y perdóname por decirlo así.
Sentí que me tensaba.
—Ella no tiene la culpa de escuchar. Tampoco de que Jason haya nacido sordo. Y, sin embargo, muchas veces siente que debe vivir entre dos mundos sin pertenecer realmente a ninguno. No es justo para ella.
Las palabras me golpearon con más fuerza de la que estaba preparada para admitir.
—¿Ella te ha dicho eso? —pregunté, intentando ignorar el nudo que comenzaba a cerrarse alrededor de mi garganta.
Natalie asintió.
—Sí. Me ha dicho que siente que no encaja ni en la comunidad sorda ni en la oyente. Que a veces no sabe dónde está su lugar. Está cansada, Valerie. Y está triste.
Por un momento fui incapaz de responder.
La puerta de la tienda seguía abierta a mis espaldas, pero en lugar de marcharme, regresé lentamente al interior y tomé asiento frente a ella.
Aquello era lo último que esperaba escuchar.
Durante toda la vida había comprendido el dolor de Jason.
Había visto de cerca las barreras, los prejuicios y la constante sensación de exclusión que el mundo imponía a las personas sordas.
Había luchado contra ello cada día. Sin embargo, jamás me había detenido a pensar que Julie también pudiera sentirse atrapada entre realidades incompatibles.
Siempre habían sido inseparables.
Siempre habían parecido comprenderse sin necesidad de explicaciones.
Por eso me costaba aceptar que, mientras yo intentaba proteger a uno, quizá había dejado de ver las necesidades del otro.
La conversación se prolongó durante bastante tiempo.
Escuché a Natalie hablar de situaciones, comentarios y sentimientos que Julie le había confiado durante semanas.
Poco a poco, fui entendiendo que tal vez había observado algunas cosas desde una única perspectiva, sin detenerme a considerar todas las aristas.
Natalie también asumió su parte de responsabilidad.
Me pidió disculpas por no haber buscado aquella conversación mucho antes y reconoció haberse equivocado en algunas ocasiones.
Mencionó el episodio del regalo, el viaje de camping y otros momentos que habían generado tensión entre nosotros.
Según ella, nunca actuó con mala intención; simplemente estaba reaccionando a lo que Julie le transmitía y creyó que la estaba ayudando.
Yo también cedí.
Le pedí que intentara comprender un poco mejor a Jason.
Natalie admitió que aprender lengua de signos le resultaba difícil y que, en ocasiones, percibía cierto rechazo por parte de él, aunque no estaba segura de si era real o producto de sus propias inseguridades.
—Hablaré con Jason —le prometí—. No puedo garantizar que todo cambie de un día para otro, pero sí puedo intentar que nos entendamos mejor.
Natalie sonrió con una mezcla de alivio y gratitud.
Y, por un instante, sentí que por fin estábamos dejando de lado las versiones superficiales para hablar desde la verdad.
Una conversación que, quizás, llevaba demasiado tiempo esperando ocurrir.
Salí de la tienda con una auténtica tormenta agitándose dentro de mí.
Por un lado, me alegraba haber aclarado ciertas cosas con Natalie y recuperar, aunque fuera parcialmente, a la amiga que creía haber perdido.
Sabía que ninguna de las dos era perfecta, pero aquel acercamiento me hacía pensar que quizá todavía estábamos a tiempo de reparar algunos vínculos.
Con un poco de suerte, incluso podría ayudarme a recomponer ciertas dinámicas dentro de casa.
Por otro lado, seguía sin entender qué ocurría realmente entre Beth y Natalie.
No lograba discernir dónde terminaban los agravios reales y dónde comenzaban las heridas acumuladas durante años.
Se comportaban más como adversarias que como hermanas, y aquella rivalidad constante terminaba por descolocarme.
Sin embargo, nada de eso ocupaba tanto espacio en mi mente como lo que acababa de descubrir sobre Julie.
La posibilidad de que mi hija llevara años sintiéndose atrapada entre dos mundos me golpeaba una y otra vez. Y lo peor era que no tenía la menor idea de cómo abordar el tema con ella ni con Jason.
Necesitaba hablar con Greg.
Necesitaba ordenar mis pensamientos con la única persona que podía comprender plenamente el peso de aquellas preocupaciones.
Conduje de regreso a casa más rápido de lo habitual.
Al llegar, me sorprendió encontrar varios vehículos estacionados frente a la entrada.
Greg solía avisarme cuando esperaba visitas.
En realidad, solía escribirme por cualquier detalle de su día.
Sin embargo, aquella costumbre se había ido desvaneciendo durante las últimas semanas, casi sin que me diera cuenta.
Apenas crucé la puerta, escuché voces provenientes de la sala.
Había varios hombres reunidos allí, todos con vasos en la mano y el ambiente distendido de quienes llevaban ya un buen rato conversando. Greg se acercó enseguida y depositó un beso distraído sobre mi sien.
—Chicos, les presento a mi esposa —anunció con entusiasmo.
Su actitud me desconcertó.
Parecía haber bebido más de la cuenta, algo muy poco habitual en él. Greg nunca había sido de perder la medida, ni siquiera en reuniones informales. Aquello fue lo primero que me llamó la atención.
Lo segundo fue notar una ausencia.
Ely no estaba allí.