CAPÍTULO 10
El Punto de Quiebre
VALERIE
La noche anterior habíamos vuelto a encontrarnos de una manera que creía perdida. Hicimos el amor con la misma mezcla de ternura y pasión que había definido nuestros mejores años: sin prisas, con entrega, con esa intimidad profunda que solo nace de una historia compartida.
Greg volvió a decirme que era hermosa, que seguía despertando en él el mismo deseo de siempre, y se quedó dormido a mi lado, desnudo, como hacía mucho tiempo no ocurría.
Aunque el nudo en mi estómago continuaba allí, aquella cercanía me regaló algo de calma.
Era una prueba silenciosa de que el amor seguía intacto y de que, más allá de cualquier duda o dificultad, todavía existía un puente capaz de llevarnos de regreso el uno al otro.
Durante el desayuno, mi teléfono vibró sobre la mesa. Era un mensaje de Natalie. Me comentaba que tendría la mañana más libre de lo habitual y que sería un buen momento para reunirnos y comenzar a trabajar en las fotografías y la promoción de su tienda.
La idea no me entusiasmó.
De hecho, una parte de mí buscó de inmediato alguna excusa para posponerlo.
Sin embargo, al levantar la vista, encontré a Greg observándome con discreción.
No dijo nada, pero tuve la impresión de que esperaba mi reacción.
Supuse que para él era importante conservar la armonía con Ely y Natalie.
Después de todo, durante mucho tiempo habían sido mucho más que amigos; eran prácticamente familia.
Así que dejé a un lado mis reservas, respiré hondo y respondí aceptando la invitación.
En cuanto envié la respuesta, noté un cambio inmediato en Greg.
La tensión que parecía acompañarlo desde hacía días se disipó y su expresión recuperó parte de la tranquilidad habitual.
El ambiente familiar también se relajó. Incluso Julie, que últimamente parecía cada vez más distante de su hermano, terminó haciéndole una broma que logró arrancarle una sonrisa sincera.
Por un momento, fue como si nada hubiera cambiado.
Como si los silencios incómodos, las dudas y la sensación de distancia de las últimas semanas no hubieran existido.
Pero sabía que aquello era solo una tregua momentánea. El problema de fondo seguía allí.
Lo más difícil de aceptar era que, en diecisiete años de matrimonio, jamás me había sentido cohibida de hablar con Greg sobre mis pensamientos o emociones.
Siempre habíamos compartido todo. Y, sin embargo, ahora me descubría guardándome cosas, filtrando lo que decía y evitando conversaciones que antes habrían surgido con total naturalidad.
Me sentía profundamente aislada pese a convivir cada día con las personas que más amaba.
Aun así, sonreí y seguí adelante.
Cuando todos se marcharon, llamé a Cris para cancelar mi visita a la tienda esotérica.
Últimamente se había vuelto costumbre pasar un rato allí cada día, compartiendo una taza de té y alguna conversación que siempre terminaba llevándome a reflexionar sobre algo más profundo de lo que esperaba.
Cris lo entendió sin inconvenientes. Sin embargo, antes de colgar, me pidió que tuviera mucho cuidado.
Aquello me pareció extraño.
Pese a la frecuencia con la que nos veíamos, yo nunca le había contado realmente lo que estaba ocurriendo en casa. De alguna forma, tanto ella como Chace parecían saber mucho más de lo que yo llegaba a expresar con palabras.
Decidí no darle demasiadas vueltas.
Había quedado con Natalie en encontrarnos directamente en la tienda y así lo hice.
Cuando llegué, la encontré especialmente sonriente y servicial. Había en ella algo que me recordó a los primeros días de nuestra llegada a Blue Ridge, cuando nos abrió las puertas de su hogar y me hizo sentir bienvenida en un lugar completamente nuevo para mí.
Aquella familiaridad logró tranquilizarme un poco más. Por unos instantes, me permití pensar que quizá había estado exagerando algunas cosas. Que tal vez aún era posible recuperar la cercanía que habíamos tenido al principio.
—A ver, ¿cómo quieres que hagamos esto? ¿Por dónde empezamos? —preguntó Natalie con una sonrisa entusiasta.
—La verdad, lo primero que tengo que decirte es que veo muy bien lo que has hecho con la estrategia de marketing —comenté mientras revisaba sus estadísticas—. Has crecido muchísimo desde la última vez que analizamos la cuenta.
Era cierto. Recordaba cuando apenas acumulaba unos cientos de seguidores y ahora rozaba los diez mil.
Natalie soltó una pequeña risa, aunque había cierta impaciencia detrás de ella.
—Sí, pero tú ya tienes más de cien mil y mira lo bien que te está yendo económicamente.
Su tono tenía un matiz que no supe interpretar del todo. No era admiración exactamente. Tampoco resentimiento. Quizás una mezcla incómoda de ambas cosas.
—Yo quisiera algo así —continuó—. No tener que preocuparme más por el dinero. Poder hacer ese viaje a París con el que llevo años soñando. Ayudar a Ely con los gastos de la casa. Incluso apoyar a mis hermanos. ¿Sabías que Beth se está separando de Lance? Me da muchísimo pesar toda esa situación.
Sentí que algo se tensaba dentro de mí.
Hice un esfuerzo por mantener la expresión neutra, aunque sospeché que la sorpresa debió reflejarse en mi rostro por un instante. La información me tomó desprevenida, especialmente después de la conversación que había tenido con Beth pocos días atrás.
Aun así, decidí no profundizar en el tema. No había ido allí para hablar de otras personas.
—Lo que ocurre es que estamos trabajando con modelos de negocio completamente distintos —respondí, regresando la atención a la pantalla—.
Mi contenido es digital. Puede consumirse desde cualquier parte del mundo sin mayores limitaciones.
Tus productos, en cambio, son físicos. Dependen de inventario, empaques, logística y costos de envío.
Eso hace que el crecimiento funcione de manera diferente.
Natalie asintió lentamente.
—Es verdad. Aunque últimamente he estado hablando con algunos inversionistas. Quizás pronto podamos expandirnos a otros países de América. Incluso existe la posibilidad de llegar a España.
—¡Eso es una excelente noticia! —respondí con sinceridad—. Pero mientras tanto, creo que lo más inteligente es concentrarnos en optimizar lo que ya tienes. A veces el crecimiento más sólido no viene de abrir diez puertas nuevas, sino de fortalecer las que ya están abiertas.
Natalie asintió, aunque una sombra de decepción cruzó fugazmente su rostro.
Durante un instante tuve la incómoda impresión de que pensaba que no quería ayudarla a alcanzar el mismo nivel de crecimiento que yo había logrado en redes sociales.
La idea me irritó más de lo que habría querido admitir.
Ni siquiera yo entendía del todo cómo había llegado hasta allí.
Había trabajado duro, sí, pero también habían intervenido factores imposibles de planificar o reproducir con exactitud.
Aun así, continuamos trabajando durante varias horas.
Le hice algunas sugerencias relacionadas con la identidad visual de la marca, ajusté ciertos elementos de su página web y tomé una gran cantidad de fotografías.
Mi intención era ayudarla a sustituir parte de las imágenes genéricas y los montajes por contenido auténtico.
Los clientes conectaban con lo real. Querían ver los productos en contextos cotidianos, sentir que había personas detrás de ellos.
Eso, estaba convencida, aumentaría las visitas y mejoraría las conversiones.
La fidelización, sin embargo, dependía de otros factores.
La calidad del producto.
La experiencia de compra.
La atención posterior.
En ese aspecto, consideraba que Natalie tenía una buena base.
Había probado algunas de sus infusiones y varias mascarillas, y aunque existía margen de mejora, el producto cumplía con creces.
No era mi área de especialización, pero sí sabía reconocer cuándo una propuesta tenía potencial.
De hecho, me parecía muy superior a muchas marcas mediocres que gozaban de una visibilidad infinitamente mayor.
Cuando finalmente terminé y me dispuse a marcharme, la conversación derivó nuevamente hacia Beth. Intenté desviar el tema con delicadeza, pero Natalie me detuvo antes de que pudiera escapar de él.
—¿Sabes? Te extraño.
Mis dedos ya habían alcanzado el pomo de la puerta.
Me detuve, y me giré lentamente.
La mujer que encontré al otro lado no se parecía a la Natalie que había estado viendo durante las últimas semanas.
Había desaparecido la sonrisa fácil, la energía desbordante e incluso aquella competitividad que a veces asomaba entre sus palabras.
En su lugar encontré a alguien visiblemente cansada. Vulnerable.
Triste.
No dije nada.
En parte porque no sabía qué responder. Y en parte porque siempre he creído que algunas personas necesitan ser escuchadas antes que aconsejadas.
Así que permanecí en silencio, esperando que continuara.
—Cuando llegaste, pensé que seríamos inseparables —dijo sin atreverse a sostenerme la mirada.
Había algo de vergüenza en su voz, como si le costara admitir lo que estaba a punto de decir—.
Y aunque sabía que existía la posibilidad de que Beth terminara alejándote de mí, aun así, me arriesgué a presentártela. Quería que te sintieras en familia.
Guardó silencio durante unos segundos, jugueteando con una cinta que había quedado sobre el mostrador.
—¿Por qué dices eso? —pregunté finalmente—. ¿Qué ocurre entre tú y Beth?
Natalie bajó la vista.
—Mi hermana siempre ha sido muy envidiosa.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos, aunque hacía un evidente esfuerzo por contenerlas.
—La amo. Es mi hermana y siempre he intentado comprenderla, justificarla, sobrellevarlo todo. Pero nunca ha soportado que los hombres me presten atención, aunque ella sea más bonita que yo.