CAPÍTULO 9 #3
Apenas sintió el contacto, la gata se tensó de forma abrupta.
Sus orejas se aplastaron contra la cabeza y emitió un bufido seco, áspero, completamente impropio de ella.
Se revolvió con tanta fuerza que logró soltarse del agarre de Natalie, cayó al suelo y retrocedió varios pasos manteniendo la mirada fija en ambas mujeres.
Nos quedamos inmóviles.
—¿Qué le sucede? —preguntó Natalie, tan desconcertada como yo.
Negué con la cabeza. No tenía ninguna explicación.
Beth intentó acercarse con más cautela. Se agachó despacio y le habló con voz suave, intentando transmitirle tranquilidad.
Sin embargo, la reacción fue prácticamente idéntica.
Mía volvió a erizar el pelaje, lanzó otro bufido y se apartó de inmediato, como si cualquier proximidad le resultara insoportable.
Sentí un nudo incómodo en el estómago.
Aquella conducta no tenía sentido.
Tan solo unas horas antes, en la tienda de Cris y Chace, había permanecido relajada, afectuosa y confiada.
Había pasado gran parte de la mañana buscando caricias y acurrucándose junto a Runo con una naturalidad enternecedora.
Ahora, en cambio, parecía actuar movida por un temor profundo que yo no lograba comprender.
Llamé a Greg para que me ayudara. Él apareció pocos segundos después y se acercó con calma.
A diferencia de lo ocurrido con Natalie y Beth, cuando tomó a Mía entre sus brazos, la gata apenas ofreció resistencia.
Continuaba inquieta, eso era evidente, pero permitió que la cargara y terminó aferrándose a su camisa mientras observaba nerviosamente la cocina por encima de su hombro.
—Quizás está saturada de tanta gente —comentó él, acariciándole el lomo para tranquilizarla.
Asentí, aunque la explicación no terminaba de convencerme. Había algo extraño en todo aquello. Algo que no conseguía nombrar y que, sin embargo, comenzaba a instalarse lentamente en mi interior.
Greg decidió subirla al cuarto de Jason, que ya se había retirado de la reunión para descansar un poco.
Observé cómo desaparecían escaleras arriba mientras el resto continuaba conversando como si nada hubiera ocurrido.
Intenté concentrarme nuevamente en la limpieza y en las voces que llenaban la casa, pero la inquietud permaneció conmigo el resto de la noche, aferrada a mi pecho como una pequeña sombra que se negaba a desaparecer.
Los días siguientes transcurrieron envueltos en la misma extrañeza silenciosa que parecía haberse instalado en nuestras vidas. Nada era lo suficientemente grave como para alarmarse, pero tampoco lo bastante normal como para ignorarlo.
Natalie y Ely volvieron a desaparecer de nuestra rutina con frecuencia.
Pasaban días enteros sin dejarse ver y, cuando finalmente aparecían, Mía reaccionaba de forma extraña.
Se escondía, evitaba acercarse o permanecía alerta, observándolos desde la distancia.
Intenté convencerme de que estaba imaginando cosas, pero la conducta comenzó a repetirse demasiadas veces.
En casa tampoco lograba disiparse cierta sensación de desconexión. Julie seguía inmersa en su propio mundo y parecía dejar cada vez más a Jason de lado. Él, por su parte, se refugió en sus amigos, lo cual me alegraba, aunque continuaba viéndose triste.
Greg también pasaba cada vez más tiempo fuera de casa. El trabajo parecía absorberlo por completo y ya era habitual que regresara entrada la noche. Seguía siendo cariñoso, atento y presente cuando estábamos juntos, pero el cansancio comenzaba a reflejarse en cada uno de sus gestos.
Yo encontré refugio en otro lugar.
Cada vez que iba al supermercado o tenía alguna excusa para salir, terminaba acercándome a la tienda de Cris y Chace.
Compartíamos una taza de té y conversábamos de cualquier cosa: fotografía, arte, libros o sucesos cotidianos.
Sin embargo, de alguna forma, aquellas conversaciones siempre terminaban llevándome hacia temas más profundos.
Cris tenía una habilidad particular para hacer preguntas sencillas que me obligaban a mirar hacia dentro.
¿Qué esperaba realmente de la fotografía?
¿Dónde me veía en unos años?
¿Quería quedarme en Blue Ridge?
Preguntas simples, pero difíciles de responder.
También comencé a notar ciertas costumbres de ambos hermanos.
Solían agradecer constantemente, sonreír incluso en los días más grises y detenerse varias veces al día para escribir en unos cuadernos que siempre tenían cerca.
Había algo casi ceremonial en la manera en que vivían, como si encontraran significado en pequeños gestos que el resto pasaba por alto.
La curiosidad terminó venciendo.
Una tarde les pregunté directamente qué hacían.
Chace me dedicó aquella mirada tranquila que comenzaba a resultarme familiar y negó suavemente con la cabeza.
—Aún no es tiempo —respondió Cris con una sonrisa.
Aquella respuesta me dejó tan intrigada como inquieta.
Una parte de mí sentía curiosidad por comprender qué había detrás de todo aquello. Otra seguía siendo profundamente escéptica. Temía depositar mi confianza en algo equivocado, especialmente después de todo lo que habíamos vivido.
Y, sin embargo, continué regresando.
Porque, aunque no terminaba de entenderlos, cada vez que cruzaba la puerta de aquella tienda sentía que una parte de mí encontraba la paz que llevaba tiempo buscando.
Una tarde, al salir de la tienda, me encontré con Beth.
Venía acompañada de Lance y ambos parecían regresar de la ferretería cercana.
Por alguna razón que no terminé de comprender, evité mencionar que había pasado buena parte de la mañana con Cris y Chace.
Cuando me preguntaron qué hacía por allí, respondí que había entrado a comprar unas velas.
No sabía si Beth me había creído, aunque, si no lo hizo tuvo la delicadeza de no demostrarlo.
Me invitó a tomar un café, pero rechacé la propuesta con amabilidad.
Quería regresar a casa. Además, Mía ya comenzaba a mostrarse inquieta.
Había desarrollado una costumbre que me resultaba cada vez más difícil ignorar: parecía tolerar únicamente a nuestra familia y a las personas de la tienda esotérica.
Con casi cualquier otra persona se mostraba distante, nerviosa o incluso agresiva.
Me despedí y ya me disponía a marcharme cuando escuché que Beth pronunciaba mi nombre.
Volteé.
Ella dio un rápido vistazo hacia Lance para asegurarse de que estuviera distraído y se acercó un poco más.
—No te fíes de Natalie, por favor —susurró.
La seriedad en su rostro me tomó por sorpresa.
—¿Qué quieres decir?
—Fue ella. Ahora estoy segura.
No añadió nada más.
Simplemente retrocedió, me dedicó una mirada cargada de algo que parecía dolor y continuó caminando junto a Lance como si aquella conversación nunca hubiera ocurrido.
Me quedé observándolos hasta que desaparecieron calle abajo.
Supuse que, de alguna manera, había confirmado que Natalie era la persona que había alimentado las sospechas de Lance sobre una supuesta infidelidad. No encontraba otra explicación.
Sin embargo, la sensación que me dejó aquella advertencia fue mucho más profunda de lo que debería.
Ya existía cierta distancia entre Natalie y yo. Algunos comentarios, ciertas actitudes y pequeños detalles habían ido erosionando la confianza que sentía hacia ella. Pero aquello era diferente.
Beth era su hermana. Y aun así parecía temerle.
Cuando llegué a casa, busqué a Greg para contarle lo ocurrido. Escuchó con atención mientras terminaba de revisar unos documentos del trabajo, pero su reacción fue mucho más pragmática que la mía.
—Lo mejor es que te mantengas al margen —dijo finalmente—. Son hermanas. Siempre han sido competitivas entre ellas. No vale la pena que te involucres.
Entendí su razonamiento.
De hecho, era el tipo de consejo que normalmente habría dado yo misma. Pero algo dentro de mí se resistió a aceptarlo por completo.
La advertencia de Beth no había sonado a rivalidad. Había sonado a miedo.
No insistí. Cambié de tema y continuamos con nuestra noche.
Sin embargo, aquella conversación me dejó una inquietud difícil de sacudir.
Y, mientras observaba a Greg trabajar como si nada hubiera pasado, tuve la extraña sensación de que ambos estábamos contemplando la misma realidad desde lugares distintos.
No era una distancia grande, ni evidente. Pero estaba allí.
Y, desde ese momento, un temor silencioso comenzó a instalarse en algún rincón de mi estómago. Como una sombra pequeña que todavía no podía ver con claridad, pero cuya presencia ya resultaba imposible ignorar.