Bajo la Niebla de Blue Ridge CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

Entonces Cris sonrió.

—He visto tus fotografías.

La observé sorprendida.

—¿En serio? ¿Te gustan?

Mi reacción fue completamente genuina. Desde que había comenzado a publicar mi trabajo, solía dedicar unos minutos cada día a revisar los perfiles de quienes me seguían. Era una costumbre casi profesional. Sin embargo, no recordaba haber visto ni a Cris ni a Chace entre mis seguidores.

Ella asintió despacio.

—Mucho. Pero no me sorprende.

—¿No?

—No.

Su mirada se deslizó brevemente hacia la ventana cubierta de niebla.

—Hay personas que capturan imágenes —dijo con suavidad—. Y hay personas que capturan cosas que los demás ni siquiera saben que están viendo.

Por alguna razón, sentí que aquella frase no hablaba únicamente de fotografía.

—Aunque supongo que no soy la única que observa demasiado —añadió con una pequeña sonrisa.

Fruncí el ceño, divertida.

—Ah, ¿no?

—No. De hecho, llevo tiempo siguiendo tu trabajo.

La observé con curiosidad.

—¿En serio?

Ella asintió.

—Mi usuario es 09punkart.

La sorpresa debió reflejarse inmediatamente en mi rostro. Conocía perfectamente esa cuenta.

Era una de esas personas que comentaban mis fotografías con frecuencia y que parecían aparecer en cada publicación apenas unos minutos después de que la compartiera.

Sin embargo, jamás habría imaginado que se trataba de Cris.

En su perfil predominaban cuadros coloridos, ilustraciones cargadas de simbolismo y una colección ecléctica de manualidades que oscilaban entre lo extravagante y lo fascinante.

—¡Guau! No lo habría adivinado —admití, soltando una pequeña risa—. Entonces pintas.

—Entre otras cosas —respondió con una sonrisa ladeada—.

No me definiría exclusivamente como pintora.

Tengo demasiados intereses para eso. Pinto, esculpo, confecciono, experimento...

hago un poco de todo. Pero la pintura es la única faceta a la que le abrí una cuenta.

Nunca he sido especialmente amiga de las redes sociales.

La conversación quedó suspendida cuando Chace reapareció desde la trastienda. Llevaba una bandeja de madera con una tetera humeante y varias tazas de cerámica artesanal.

Apenas cruzó la puerta, una figura peluda emergió detrás de él. Era un gato enorme.

No solo grande, sino decididamente corpulento, con esa dignidad parsimoniosa que parecen adquirir algunos felinos cuando descubren que el mundo entero se adapta a su ritmo. Caminaba despacio, balanceándose con absoluta indiferencia hacia cualquier sentido de la urgencia.

Sonreí de inmediato.

—¿Tú eres Horus?

Me incliné para acariciarlo.

El gato aceptó mis atenciones sin la menor reserva, como si me conociera desde hacía años.

—No tienes cara de llamarte Horus.

Cris soltó una carcajada.

—Porque no se llama Horus. Solo Chace insiste en decirle así de vez en cuando.

—Su nombre es Runo —aclaró.

El aire pareció alterarse a mi alrededor. Fue apenas un instante. Un latido. El nombre resonó dentro de mí de una forma imposible de explicar.

Runo.

Sentí la misma extraña vibración que había experimentado al conocer a Chace y a Cris. Como si algo oculto bajo la superficie intentara abrirse paso.

Las imágenes llegaron sin previo aviso. Difusas. Fragmentadas. Imposibles. Destellos de recuerdos que no me pertenecían.

Un jardín bañado por la niebla.

Unas manos manchadas de pintura.

La silueta de un gato observándome desde el alféizar de una ventana.

Una voz que no logré reconocer.

Y una sensación profunda, casi dolorosa, de familiaridad.

Parpadeé varias veces, pero Runo seguía allí, ronroneando bajo mi mano.

Mi pecho se había tensó porque sabía, con absoluta certeza, que nunca antes había tenido un gato. Jamás había conocido a uno llamado Runo. Y, aun así... una parte de mí sentía que lo había echado de menos.

Tomamos el té sin prisa, envueltos en una calma que parecía ajena al mundo exterior.

Mía se mostraba extraordinariamente cómoda en aquel lugar.

Cada cierto tiempo abandonaba mi regazo para acercarse a Chace o a Cris, quienes la recibían con caricias y una familiaridad que resultaba enternecedora.

El resto del tiempo permaneció junto a Runo, acurrucada contra su espeso pelaje como si ambos se conocieran desde mucho antes de aquel día.

La conversación fluyó con naturalidad. Hablamos de asuntos cotidianos, de anécdotas sin importancia aparente y, poco a poco, de aspectos más personales.

Así descubrí que gran parte de su negocio funcionaba mediante encargos en línea y que la tienda, más que una fuente de ingresos era una extensión de quienes eran.

Un espacio construido por placer y vocación.

Chace y Cris me confesaron que, a lo largo de los años, aquel lugar les había permitido cruzarse con personas que enriquecían su vida de maneras difíciles de explicar. Personas que dejaban algo detrás cuando se marchaban. Personas que alimentaban el espíritu.

Para mi sorpresa, dijeron que me consideraban una de ellas.

Aquel comentario me conmovió más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Las horas transcurrieron con una ligereza inesperada. Cuando quise darme cuenta, el sol ya se encontraba alto sobre Blue Ridge. Lo advertí al escuchar la vibración de mi teléfono.

Era un mensaje de Jason.

Había regresado a casa y quería saber dónde estaba. Sentí una punzada de culpa.

Me despedí apresuradamente de los hermanos, recuperé las bolsas y a Mía, y emprendí el camino de regreso. Aún me quedaban demasiadas cosas por organizar antes de la cena.

La velada comenzó bajo una tensión tan palpable que parecía suspendida en el aire.

Las conversaciones avanzaban con dificultad, como si todos estuvieran evitando cuidadosamente ciertos temas. Había algo artificioso en las sonrisas, algo precario en la cordialidad que intentábamos sostener alrededor de la mesa.

Beth parecía ser la única empeñada en combatir aquella sensación.

Contó anécdotas, hizo bromas y buscó constantemente motivos para provocar risas. Incluso propuso que jugáramos algo después de la cena.

Me negué de inmediato. Lo hice con suavidad, pero sin vacilar.

No estaba dispuesta a convertir aquella reunión en otro espacio donde Jason quedara relegado a observar desde la distancia.

Ya era suficientemente doloroso ver cómo Julie había ido abandonando poco a poco la lengua de signos.

Cada vez resultaba menos frecuente verla comunicarse con su hermano de aquella forma que antes les pertenecía solo a ellos.

Greg y yo pasamos gran parte de la noche interpretando conversaciones, intentando construir puentes entre unos y otros.

Y, aun así, no fue suficiente.

Jason permaneció callado durante buena parte de la cena, con una tristeza serena que resultaba mucho más devastadora que cualquier queja.

Por momentos, al observarlo sentado frente a Julie, tuve la inquietante impresión de estar viendo a dos desconocidos compartiendo una mesa. Y esa idea me rompió el corazón.

Mientras la conversación avanzaba y la tensión inicial de la velada comenzaba a disiparse, el tema de mis fotografías terminó ocupando buena parte de la sobremesa.

Varios de los presentes parecían genuinamente interesados en entender cómo había logrado que una afición que había retomado casi por necesidad emocional se transformara en una fuente de ingresos tan prometedora.

Sin embargo, fue Ely quien mostró mayor curiosidad.

Me hizo preguntas sobre las plataformas que utilizaba, las licencias de uso de las imágenes, los bancos fotográficos y la forma en que las redes sociales podían convertirse en una herramienta de monetización cuando se trabajaban correctamente.

La conversación fue tornándose cada vez más específica, hasta el punto de que terminamos trasladándonos al estudio para que pudiera mostrarle algunos ejemplos.

Allí le expliqué con mayor detalle ciertos aspectos relacionados con posicionamiento de contenido, creación de comunidades digitales y estrategias de crecimiento orgánico.

Ely escuchaba con atención y tomaba notas mentales constantemente.

Según me comentó, quería aplicar varias de aquellas ideas a la tienda de Natalie.

Deseaba ayudarla a expandir el negocio y pensaba que una presencia más sólida en internet podría marcar una gran diferencia.

Su interés me pareció sincero, y aunque la fotografía comercial jamás había sido el rumbo que deseaba darle a mi trabajo, terminé ofreciéndome a colaborar.

Acordamos organizar una sesión fotográfica profesional para la tienda y también brindarle algunas recomendaciones publicitarias que pudieran ayudar a impulsar las ventas.

Incluso me comprometí a promocionar el negocio en mis historias y publicaciones para que mis seguidores conocieran los productos.

La propuesta entusiasmó a Ely más de lo que esperaba, y debo admitir que me alegró poder aportar algo positivo después de tantas semanas de tensiones y malentendidos.

Cuando finalmente regresamos a la planta baja, la mayoría ya había abandonado la mesa y se encontraba distribuida entre la sala y la terraza.

Aproveché el momento para buscar a Mía y servirle su comida.

Tras recorrer varias habitaciones sin encontrarla, terminé descubriéndola en la cocina, oculta detrás de una de las alacenas inferiores.

La postura llamó inmediatamente mi atención.

Durante las últimas semanas se había convertido en una gata extraordinariamente sociable, curiosa y confiada, por lo que resultaba extraño verla escondida de aquella manera.

Mientras comenzaba a recoger algunos platos, Natalie y Beth se acercaron para ayudarme a ordenar los restos de la cena. Conversábamos de asuntos triviales cuando Natalie vio a Mía y sonrió.

—Ven acá, preciosa —dijo, inclinándose para tomarla en brazos.

Lo que ocurrió después nos sorprendió a todos.