Bajo la Niebla de Blue Ridge CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Entre lo Místico y lo Real

VALERIE

Comenzar a recibir ingresos gracias a mis fotografías despertó en mí una felicidad difícil de contener.

Algunas imágenes fueron adquiridas por bancos fotográficos; otras, por marcas y clientes que deseaban utilizar mis capturas en campañas publicitarias.

Incluso mis redes sociales comenzaban a generar ingresos de forma constante.

Todo estaba ocurriendo con una rapidez tan vertiginosa que, por momentos, me parecía irreal.

Quise celebrar aquel pequeño milagro con las personas que habían permanecido a mi lado.

Más aún después de los meses extraños que habíamos atravesado.

Necesitaba dejar atrás los resentimientos, las sospechas y el peso de ciertos recuerdos.

Así que organicé una cena en casa. Quería agradecer el apoyo, la compañía y la paciencia de quienes, de una forma u otra, habían formado parte de nuestro camino desde la llegada a Blue Ridge.

Dediqué el día entero a preparar el menú.

Cociné asado negro, una receta que había aprendido de mi nana en Canadá.

Era venezolana y poseía ese talento casi alquímico que tienen algunas personas para transformar cualquier comida en un refugio emocional.

La carne reposaría al lado de un puré de papas gratinado, acompañada de arroz a la jardinera y una ensalada césar de kale.

También preparé bistecs gratinados y un delicado pastel de berenjenas para quienes seguían una alimentación cetogénica.

En casa solíamos ser bastante disciplinados con la comida, pero existían ocasiones que merecían cierta indulgencia.

Aquellas veladas especiales nos permitían regresar, aunque fuera por unas horas, a los sabores que habían marcado nuestra infancia y nuestras raíces.

El padre de Greg era un apasionado de la cocina y le había heredado varias recetas familiares que, con los años, él compartió conmigo.

Yo procuraba honrar ambas historias alrededor de la mesa, entrelazando tradiciones, recuerdos y afectos en cada plato, como si cocinar también fuese una forma de mantener viva a la familia.

Quizás por eso también me atreví a experimentar con algo que jamás había intentado: un pastel de vainilla.

La repostería estaba lejos de ser una de mis fortalezas, pero me negaba a permitir que aquello me intimidara.

Cuando terminó de hornearse, lo cubrí con una generosa capa de crema de mantequilla y lo decoré con trozos de durazno, kiwi y fresa, con la secreta esperanza de que las frutas distrajeran la atención de mis escasas habilidades decorativas.

Para mi sorpresa, el resultado fue mucho más elegante de lo que esperaba.

No era una obra maestra, pero sí un postre digno de compartir.

Al contemplar el banquete completo dispuesto sobre la encimera, una profunda sensación de satisfacción se instaló en mi pecho.

A la mañana siguiente, salí temprano hacia el supermercado para comprar las bebidas de la velada. Había pensado llevar algunas botellas de vino para los adultos y refrescos para los chicos.

Como ya se había vuelto costumbre, acomodé a Mía en su kennel y la llevé conmigo.

Me demoré más de lo previsto escogiendo los vinos en la licorería y todavía más recorriendo los pasillos del supermercado en busca de aperitivos que complementaran la cena.

Terminé llenando el carrito con una selección de quesos y embutidos, un frasco de aceitunas marinadas y varios paquetes de frutos secos.

Aquella tabla de picoteo parecía capaz de satisfacer hasta los gustos más exigentes.

Cuando finalmente pasé por caja, salí cargada con las bolsas y el kennel, haciendo malabares para no dejar caer nada. Sin embargo, apenas crucé las puertas automáticas del establecimiento, me detuve en seco.

La niebla.

Era tan espesa que apenas podía distinguir el estacionamiento.

Fruncí el ceño, sorprendida. El verano acababa de terminar y aún no era mediodía. Aquella densidad resultaba inusual incluso para Blue Ridge.

Presioné el control remoto del vehículo para orientarme mediante el sonido de apertura.

El pitido resonó amortiguado entre la bruma, permitiéndome avanzar en la dirección correcta.

Aun así, dudaba seriamente que conducir en esas condiciones fuera una buena idea.

Apenas podía distinguir las siluetas de los automóviles cercanos.

Fue entonces cuando, sin previo aviso, y antes de que pudiera comprender cómo había sucedido, Mía logró abrirse paso fuera del kennel.

La vi escapar como una exhalación blanca entre la niebla.

—¡Mía! —grité, echando a correr tras ella.

La gatita avanzaba con una determinación extraña, casi hipnótica. Y la niebla... la niebla parecía apartarse a su paso, abriendo corredores efímeros que me permitían no perderla de vista.

Corrí varias cuadras cargando todavía las bolsas, jadeando y sintiéndome cada vez más desconcertada por aquella persecución absurda hasta que Mía se detuvo.

Un hombre se inclinó para recogerla en brazos con absoluta naturalidad, como si hubiera estado esperándola.

Solo entonces reconocí dónde me encontraba.

Frente a la tienda esotérica. Frente a Chace.

—Creo que esta pequeña te pertenece —dijo con una sonrisa tranquila, mientras acariciaba a Mía detrás de las orejas.

—¡Lo siento! —fue lo único que logré responder, todavía agitada por la carrera.

La disculpa escapó de mis labios sin sentido alguno, impulsada por el nerviosismo que se había instalado en mí apenas reconocí dónde estaba.

Porque, una vez más, sentía aquello. Esa extraña sensación. La misma que me invadía cada vez que me acercaba a aquel lugar.

No era algo que pudiera explicar con facilidad.

Tampoco tenía que ver únicamente con Chace.

Sí, era atractivo, pero jamás de una forma que pusiera en duda mis sentimientos por Greg.

Seguía pensando que mi esposo era el hombre más guapo del mundo.

No, aquello era distinto. Más profundo. Más difícil de nombrar.

Era la tienda, la energía que parecía emanar de ella, Cris y la inquietante impresión de que aquel sitio llevaba años aguardando por mí. Y precisamente por eso me asustaba.

—No tienes nada por lo que disculparte —respondió Chace, observándome con cierta curiosidad—. El día ha estado raro. Incluso Horus lleva horas inquieto con tanta niebla.

Algo se estremeció dentro de mí al escuchar esa palabra. Niebla. La había mencionado con total naturalidad. Sentí una oleada de alivio tan intensa que casi me avergonzó.

Durante meses había convivido con aquella presencia silenciosa sin atreverme a hablar demasiado de ella.

Mi familia parecía no prestarle atención.

Los vecinos tampoco. Ni siquiera Beth o Natalie la comentaban jamás.

Había llegado a preguntarme, más de una vez, si la percibía de una forma diferente al resto del mundo.

Si aquello que sentía era real o una construcción de mi propia mente.

Pero Chace la había nombrado sin vacilar, como si fuera algo evidente. Como si supiera exactamente de qué estaba hablando. Eso hizo que, por primera vez desde mi llegada a Blue Ridge no me sintiera sola con aquello.

—¿Horus? —pregunté, intentando disimular mi interés.

La sonrisa de Chace se amplió.

—Ven. Entra un momento. Te prepararé un té caliente y te presentaré a mi pequeño compañero.

Miré la niebla suspendida sobre la calle. Luego a Mía, que parecía perfectamente cómoda en brazos de Chace. Finalmente, alcé la vista hacia la tienda.

Y, aunque una parte de mí sabía que debía regresar a casa para terminar los preparativos de la cena, otra ya había tomado la decisión. Esa misma parte que llevaba demasiado rato intentando entender por qué aquel lugar la llamaba tanto.

Dudé antes de cruzar el umbral, pero en ese instante vi a Cris acercarse desde el interior de la tienda y algo dentro de mí se relajó.

El local lucía tan vacío como siempre. A decir verdad, nunca había entendido cómo se sostenía económicamente.

Cada vez que pasaba por allí encontraba los pasillos desiertos, como si el lugar existiera al margen del ritmo habitual de Blue Ridge.

A veces me parecía que permanecía abierto únicamente para recibir visitantes ocasionales...

o quizá para esperar a alguien en particular.

—Déjame ayudarte con eso —dijo Cris al llegar a la entrada.

Antes de que pudiera protestar, tomó las bolsas de mis manos y las colocó sobre uno de los mesones de madera oscura.

—Gracias —respondí, sintiéndome extrañamente torpe al quedarme de pronto sin nada que sostener.

Cris me observó durante un instante. No de manera incómoda, más bien como quien intenta confirmar algo que ya sospecha.

—Cuéntanos —preguntó finalmente—, ¿a qué se debe que la niebla te haya traído hoy hasta nosotros?

Parpadeé. No entendí la pregunta. O quizás sí la entendí, pero no supe qué hacer con ella.

Antes de responder, noté un gesto rápido de Chace. Una leve negación con la cabeza dirigida a su hermana. Apenas un movimiento. Sutil. Pero suficiente para hacerme pensar que ambos compartían una conversación silenciosa de la que yo todavía no formaba parte.

—En realidad fue Mía quien me trajo —contesté con una sonrisa insegura—. Todavía no entiendo cómo logró escaparse del kennel.

Examiné el kennel, y me quedé inmóvil. La cremallera estaba completamente cerrada. No entreabierta, ni dañada. Cerrada.

Un ligero nudo se formó en la boca de mi estómago.

Cuando alcé la vista, los hermanos se estaban mirando. Y sonreían, con la expresión tranquila de quienes acababan de confirmar algo que ya sabían.

—Voy a prepararte una infusión —anunció Chace—. Regreso enseguida.

Sin añadir nada más, desapareció por la trastienda.

Cris señaló una de las altas sillas ubicadas junto al mostrador.

—Siéntate.

Obedecí mientras Mía se acomodaba en mi regazo con absoluta tranquilidad, como si aquel lugar también le resultara familiar.

Durante unos segundos reinó un silencio agradable, impregnado por el aroma de hierbas secas, madera envejecida e incienso.