CAPÍTULO 8 #2
—Por supuesto, Beth. Y aunque no me pidieras confidencialidad, no acostumbro a hablar de las intimidades ajenas —aseguré con firmeza.
Del otro lado se hizo un pequeño silencio incómodo.
—Lo siento —dijo enseguida, apenada—. Es solo que… tú y Greg parecen tan unidos que cuesta imaginar que no se cuenten absolutamente todo.
Sus palabras me hicieron tensarme apenas.
—No creo que guardar una confidencia sea ocultar algo —respondí con cautela—. Greg y yo siempre hemos tenido límites sanos cuando se trata de problemas o secretos de otras personas.
—Supongo que tienes razón —admitió con voz más tranquila—. ¿Te parece si nos vemos para tomar un café? ¿Puedes ahora?
Miré alrededor un instante antes de asentir, aunque ella no pudiera verme.
—Claro que sí.
Beth me envió la dirección enseguida. Era un pequeño café ubicado al otro extremo de la urbanización, dentro de un centro comercial tranquilo al que nunca había ido. Guardé el teléfono y apresuré el paso.
Solo entonces fui consciente de cuánto me había alejado de casa siguiendo a la niebla y tomando fotografías sin rumbo fijo. La tienda esotérica había quedado varias calles atrás, perdida entre senderos y jardines que ahora apenas recordaba haber atravesado.
Aun así, una sensación extraña permanecía adherida a mí. Como si algo hubiese quedado suspendido en el aire después de aquella mirada con Chace.
Cuando llegué al café, la reconocí de inmediato. Beth lucía agotada. Había intentado disimular las ojeras con maquillaje, pero aun así se notaba demacrada, como si llevara días sin dormir bien. Sus hombros estaban tensos y mantenía las manos entrelazadas sobre la mesa con nerviosismo.
Apenas me vio acercarme, se levantó de golpe y me abrazó. El gesto me tomó por sorpresa.
Le correspondí el abrazo con suavidad antes de que ambas tomáramos asiento. Poco después, pedimos dos cafés y el silencio incómodo permaneció entre nosotras unos instantes, hasta que finalmente Beth comenzó a hablar.
Me confesó que las cosas con Lance estaban lejos de ir bien. Llevaban tiempo teniendo problemas. Al principio, según dijo, habían sido discusiones pequeñas, tensiones normales de pareja. Pero todo empeoró cuando Lance comenzó a sospechar que ella estaba viendo a alguien más.
—¿Y por qué pensó eso? —pregunté con cautela.
Beth bajó la mirada hacia la taza de café todavía intacta.
—No quiso decirme exactamente quién se lo contó —respondió—, pero sí aseguró que era alguien muy cercano a mí. Alguien que me conocía perfectamente… incluso insinuó que era alguien de mi familia.
Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas.
—Y estoy segura de que fue Natalie.
Fruncí el ceño, confundida.
—¿Pero por qué tu hermana haría algo así? ¿Por qué inventaría una cosa semejante?
Beth soltó una pequeña risa amarga.
—¿Lo ves? —dijo mirándome con impotencia—. Apenas me conoces y aun así tu primera reacción es pensar que no sería capaz de hacer algo así. Confiar en mí. ¿Por qué los demás no pueden reaccionar igual?
Sus palabras me hicieron guardar silencio un momento.
—Supongo que hay personas que siempre esperan lo peor de los demás —respondí al final—. Yo no estoy acostumbrada a mirar la vida de esa forma.
Beth me agradeció otra vez antes de continuar hablando, como si haber soltado la primera parte hubiese abierto finalmente una grieta imposible de cerrar.
Me contó que en el trabajo tenía un compañero que solía coquetearle constantemente. Decía cumplidos, la invitaba a salir, buscaba cualquier excusa para acercarse. Sin embargo, aseguró que jamás le había correspondido.
—Nunca pasó nada —aclaró enseguida—. Pero Lance encontró algunos mensajes en mi teléfono y desde entonces todo empeoró.
Luego guardó silencio unos segundos antes de añadir algo que terminó de inquietarme.
Según ella, no era la primera vez que Natalie interfería en una de sus relaciones.
Cuando eran más jóvenes, decía, su hermana tenía la costumbre de avergonzarla frente a sus parejas, hacer comentarios incómodos o sembrar pequeñas inseguridades que terminaban desgastándolo todo.
Pero lo peor había ocurrido con su última relación seria.
—Espera… —la interrumpí, intentando procesar lo que acababa de insinuar—. ¿Me estás diciendo que Ely fue tu novio antes de estar con Natalie?
Beth asintió lentamente. La incredulidad debió notarse demasiado en mi rostro.
—Pero yo nunca te vi con ellos en la universidad —comenté—. Cuando Greg hablaba de esa época, Natalie y Ely ya estaban juntos.
—Porque yo no estudiaba allí —explicó—. Conocí a Ely primero, en el gimnasio donde entrenábamos. Yo trabajaba en la ciudad y compartía apartamento con Natalie, así que eventualmente terminé presentándoselo.
Bajó la mirada un instante antes de continuar.
—Al principio no era nada demasiado serio entre nosotros. Pero después ellos comenzaron a coincidir en la universidad y yo fui transferida a Iowa por trabajo. Intentamos mantener una relación a distancia durante algunos meses… hasta que un día Ely me confesó que se había enamorado de Natalie.
—¡Dios mío! No tenía idea… —solté, incapaz de ocultar mi impresión.
Beth esbozó una sonrisa triste.
—Fueron meses bastante duros —admitió—. Pero terminé aceptándolo. Y las cosas se hicieron más llevaderas cuando conocí a Lance.
Después de eso, continuó hablándome de su relación, llevándome poco a poco hasta el verdadero motivo de su llamada. Había descubierto que Lance le estaba siendo infiel.
Lo había encontrado intercambiando mensajes con otra mujer que, aparentemente, trabajaba con él.
La devastación en su rostro era imposible de ignorar.
La escuché durante horas. La dejé desahogarse, llorar, enfadarse y volver a llorar. Cuando finalmente logré intervenir, le aconsejé lo único que me parecía razonable: sentarse a hablar como adultos antes de destruir definitivamente la relación.
Era posible —o al menos eso quería creer— que Lance hubiese reaccionado desde el resentimiento y la inseguridad, convencido de que los rumores sobre Beth eran ciertos. Pero las mentiras terminaban cayéndose tarde o temprano. Y yo todavía quería pensar que las cosas podían arreglarse entre ellos.
Cuando nos despedimos, Beth parecía mucho más tranquila. Decidida, incluso, a enfrentar la situación y luchar por salvar su matrimonio.
Sin embargo, los días que siguieron fueron un completo torbellino. Todo entre ellos oscilaba constantemente.
A veces Beth me llamaba emocionada porque sentía que estaban avanzando, que por fin habían logrado hablar con sinceridad. Y apenas unas horas después volvía a quebrarse por otra discusión, otro reproche o un nuevo descubrimiento doloroso.
Hasta que las cosas comenzaron a volverse realmente preocupantes. Lance empezó a mostrarse agresivo.
Y sin darme cuenta terminé convirtiéndome en el refugio constante de Beth. Su confidente. Su apoyo. Prácticamente nos veíamos todos los días.
Lance, por el contrario, comenzó a verme como una amenaza.
Primero fue porque le sugerí a Beth acudir a terapia de pareja. Después, porque le recomendé alejarse de él temporalmente el día que me mostró los moretones oscuros que le había dejado marcados en la espalda.
Recuerdo haber sentido un escalofrío recorriéndome entera al verlos. Porque en ese instante comprendí que aquello ya no era únicamente una crisis de pareja. Se estaba convirtiendo en algo peligroso.
Por mi parte, seguí refugiándome cada vez más en la fotografía.
Finalmente me atreví a revelar las imágenes que había tomado durante aquellas caminatas y comencé a compartirlas en mis redes sociales sin demasiadas expectativas, casi por impulso.
La reacción fue inmediata.
En cuestión de días, las publicaciones comenzaron a llenarse de comentarios, mensajes y nuevos seguidores. La gente parecía profundamente conectada con las fotografías, como si hubiera algo dentro de ellas que lograra transmitir más que simples paisajes.
Y, siendo sincera, ni yo misma entendía del todo por qué. Todo aquello empezó a sentirse irreal.
Pronto comenzaron a escribirme personas preguntándome tarifas para cubrir bodas, cumpleaños y eventos sociales, pero no quería dedicarme a eso. No me interesaba capturar celebraciones ajenas de manera mecánica. Lo que realmente me obsesionaba era otra cosa.
Momentos. Sensaciones. Historias suspendidas dentro de una sola imagen.
Así que comencé a trabajar en pequeñas colecciones fotográficas con esa esencia más íntima y emocional.
Greg quiso apoyarme desde el principio. Tanto, que un día apareció en casa con una pequeña gatita de pelaje gris y ojos enormes color miel, convencido de que podía convertirse en parte de esa estética cálida y hogareña que yo buscaba construir, sobre todo porque me negaba rotundamente a exponer fotografías de mi familia en internet.
La llamamos Mía.
Y no tardó en convertirse en mi compañera inseparable.
Posaba frente a la cámara con una naturalidad absurda, como si entendiera perfectamente cuándo estaba siendo fotografiada. Comencé a llevarla conmigo a sesiones en exteriores, paseos improvisados e incluso a algunas reuniones con Beth.
Pero había algo más en ella. Algo difícil de explicar.
Mía reaccionaba a la niebla de la misma forma en que reaccionaba yo. O quizás incluso más intensamente.
Greg jamás parecía darle demasiada importancia. Los chicos ni siquiera parecían notarla ya, como si se hubiesen acostumbrado a vivir rodeados de aquel vapor blanquecino que aparecía y desaparecía a voluntad.
Pero Mía sí la percibía. Siempre.
Al principio corría directamente hacia mis brazos cada vez que la niebla comenzaba a rodearnos. Su cuerpo se tensaba y sus ojos seguían algo invisible entre las habitaciones.
Luego, con el paso de las semanas, aquello cambió. Era ella quien parecía llamarla.
Se subía al balcón, empujaba las persianas con las patas y observaba hacia afuera con absoluta atención, como si esperara que la niebla acudiera a su encuentro. Y cuando lo hacía, Mía comenzaba a ronronear.