CAPÍTULO 8
Una Nueva Amistad
VALERIE
A la mañana siguiente despertamos con una sensación extraña en el ambiente.
Todo el campamento parecía moverse con prisa, como si todos estuvieran deseando marcharse cuanto antes.
Las carpas ya comenzaban a desmontarse, las puertas de la casa rodante constantemente se abrían y cerraban y las conversaciones sonaban tensas, cortas, desprovistas del entusiasmo del día anterior.
Las expresiones tampoco ayudaban. Casi todos lucían agotados… o molestos.
Me acerqué a los chicos para organizar algo de desayuno antes de partir, pero Jason enseguida negó con la cabeza.
Dijo que prefería comer al llegar a casa y que podía prepararse algo él mismo si nos íbamos de una vez.
Julie, por su parte, comentó que Natalie le había dado unas galletas y que estaba bien así.
Así que comenzamos a recoger la tienda.
Estaba doblando una de las mantas cuando sentí a alguien acercarse por detrás. Al girarme, me encontré con Beth, la hermana mayor de Natalie, observándome con una sonrisa divertida.
—Parece que anoche la pasaron bastante bien —comentó guiñándome un ojo.
El calor me subió inmediatamente al rostro.
Me cubrí la cara con la mano, riéndome con vergüenza.
—¿Se escuchó tanto? —pregunté.
Beth soltó una carcajada suave.
—¿Y tú por qué crees que Natalie amaneció de tan mal humor? —respondió con evidente picardía.
—¿Y por qué tendría que molestarle que haga el amor con mi esposo? —pregunté, completamente confundida.
Beth me sostuvo la mirada unos segundos, como si estuviera debatiéndose entre hablar o retractarse.
—¿De verdad todavía no lo notas? —dijo al final, con una mezcla de incredulidad y cansancio—.
Natalie no soporta a las parejas felices.
Nunca las ha soportado. Hay algo en ella que necesita competir, demostrar que su matrimonio es el mejor, la familia perfecta…
y cuando siente que otra pareja brilla demasiado, termina interfiriendo de alguna manera.
La sorpresa debió reflejarse por completo en mi rostro, porque enseguida Beth pareció arrepentirse de haber hablado. Desvió la mirada y soltó una pequeña risa incómoda.
—Olvídalo… quizá estoy exagerando —murmuró bajando la cabeza—. Supongo que hablo desde mis propias experiencias.
Había algo quebrado en su tono. Algo demasiado personal. Y aunque mi primer impulso fue mantenerme al margen —las tensiones familiares normalmente nunca terminaban bien cuando uno se involucraba—, también sentí que aquellas palabras escondían mucho más de lo que Beth estaba diciendo.
Como si, detrás de la advertencia, hubiera un cansancio acumulado durante años.
—¿Quieres hablar de eso? —pregunté con cautela.
Beth levantó apenas la mirada antes de esbozar una sonrisa fugaz.
—Quizá después —respondió mientras se alejaba—. Ahora mismo hay demasiados ojos alrededor.
Minutos después ya íbamos de regreso a casa.
El ambiente dentro del auto era muy distinto al que habíamos dejado atrás en la montaña.
La tensión parecía haberse disipado junto con el campamento.
Los chicos conversaban entre ellos en señas desde los asientos traseros, Greg conducía con una expresión mucho más relajada y yo me limité a observar el paisaje desfilar al otro lado de la ventana.
Los árboles, las curvas de la carretera, el cielo grisáceo…
Y la niebla.
Porque esta vez no permanecía inmóvil entre las montañas. Parecía acompañarnos. Deslizándose entre los bosques, siguiéndonos a la distancia como una presencia silenciosa y constante.
Extrañamente, aquella sensación me transmitía calma.
Los días posteriores, sin embargo, resultaron extraños.
El teléfono permaneció en silencio. Nadie tocó nuestra puerta. No hubo mensajes de Natalie ni llamadas de Ely, y ni siquiera escuchaba ya al perro corretear por el jardín como de costumbre.
Aun así, sabía que estaban en casa.
Julie seguía pasando tiempo allá después del instituto.
Siempre parecía existir algún motivo: Natalie ayudándola con ejercicios de gimnasia, nuevas galletas de la tienda a las que ahora mi hija se había vuelto completamente adicta, esmaltes, mascarillas faciales o cualquier pequeña novedad que terminaba fascinándola.
Poco a poco, Natalie parecía haberse convertido en algo más que una vecina para Julie. Casi en una amiga íntima.
Y aunque verla feliz seguía siendo lo más importante para mí, no pude evitar sentir una punzada incómoda de nostalgia… e incluso un poco de celos.
Como si, sin darme cuenta, alguien hubiera comenzado a ocupar espacios que antes me pertenecían solo a mí. Pero me guardé el sentimiento. Porque la sonrisa de mi hija valía mucho más que cualquier inseguridad que pudiera estar creciendo dentro de mí.
Para el viernes, el silencio ya se había vuelto ensordecedor.
La ausencia de Natalie y Ely comenzaba a sentirse como un vacío extraño dentro de la rutina, y comprendí que necesitaba ocupar mi mente antes de terminar ahogándome en pensamientos que no sabía ordenar. Así que decidí volver, por fin, a la fotografía.
Desde que llegamos de Nueva York había tomado algunas imágenes aquí y allá, e incluso había terminado de acondicionar el cuarto de revelado.
Pero nunca me había permitido asumirlo como algo serio.
Seguía tratándolo como un simple pasatiempo, un rincón seguro al que acudía únicamente cuando necesitaba despejarme.
Aquella mañana entendí que necesitaba algo más que eso. Necesitaba volver a encontrarme a mí misma dentro de algo.
Tomé la cámara y salí sin un destino claro, dejándome llevar por la intuición y la necesidad urgente de hallar inspiración para una colección nueva.
Comencé fotografiando pequeñas cosas cotidianas: el verde húmedo de la grama aún cubierto por el rocío, los pájaros escondidos entre las ramas altas, personas paseando a sus perros bajo el sol tenue de la mañana.
Y entonces la vi.
La niebla descendía lentamente calle abajo, deslizándose entre las casas como si me invitara a seguirla.
Lo hice casi sin pensarlo.
Me condujo hasta un conjunto residencial que no recordaba haber visto antes. Frente a una de las viviendas había un pequeño jardín zen impecablemente cuidado. En el centro descansaba una estatua de Buda rodeada de piedras blancas y arena perfectamente rastrillada.
La escena transmitía una serenidad difícil de explicar. Saqué una moneda del bolso y la coloqué entre las manos de la estatua casi por impulso, agradeciendo en silencio no sabía exactamente qué.
Después levanté la cámara.
Tomé varias fotografías desde distintos ángulos hasta encontrar una que logró estremecerme por dentro. Justo entonces, percibí nuevamente el movimiento de la niebla alejándose hacia un sendero lateral que desembocaba en un pequeño parque que jamás había notado.
Allí había una laguna diminuta cubierta de flores de loto. El paisaje parecía suspendido en una quietud sagrada.
Me apresuré a fotografiarlo todo: los reflejos suaves sobre el agua, los pétalos abiertos, la forma en que la bruma se deslizaba apenas rozando la superficie.
Y así continuó mi recorrido.
Calle tras calle, fotografía tras fotografía, dejándome guiar por aquello que la niebla parecía empeñada en mostrarme. Cada rincón poseía una belleza extraña, serena, casi íntima, como si Asheville estuviera revelándome secretos que normalmente permanecían ocultos para el resto del mundo.
Hasta que, sin darme cuenta, terminé frente a la tienda esotérica de Cris y Chace.
Tomé un par de fotografías desde la acera de enfrente, enfocando los vitrales y los pequeños símbolos colgados junto a la entrada de la tienda. Pero apenas bajé la cámara sentí algo extraño, casi eléctrico, como si una fuerza invisible hubiese tensado un hilo entre aquel lugar y yo.
Enseguida la puerta se abrió.
Chace salió mirando alrededor hasta encontrarme al otro lado de la calle. Apenas lo hizo, sonrió y levantó la mano para saludarme. Le devolví el gesto, sintiendo nuevamente aquella sensación inquietante que me recorría cada vez que estaba cerca de él.
Me dispuse a cruzar la calle cuando el teléfono comenzó a sonar. El nombre de Beth apareció en la pantalla.
Fruncí el ceño, sorprendida. Apenas habíamos hablado aquella mañana en el campamento, pero algo en mi pecho se tensó de inmediato y atendí sin dudar.
—Hola, Beth. ¿Cómo estás?
Del otro lado solo escuché un sollozo contenido. El sonido me alarmó al instante.
—¿Beth? —pregunté apresuradamente—. ¿Está todo bien?
No respondió. Únicamente continuó respirando entre pequeños llantos ahogados.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Me giré de inmediato para regresar hacia casa y buscar el auto, pensando que quizá necesitaba que fuera por ella o que simplemente no quería estar sola. Seguí caminando sin apartar el teléfono del oído.
—Vamos… respira conmigo —dije con suavidad—. Estoy aquí. No tienes que explicarme nada todavía, ¿sí? Solo toma aire despacio por la nariz… eso es… y suéltalo lentamente por la boca.
Escuché cómo intentaba hacerlo.
Una vez. Luego otra. Poco a poco, sus respiraciones comenzaron a estabilizarse y el llanto dejó de sonar tan desesperado.
Continué hablándole en voz baja, guiándola con paciencia mientras avanzaba por la calle, sintiendo de fondo la mirada de Chace aún fija en mí desde la entrada de la tienda.
Finalmente, tras unos segundos más de silencio, escuché la voz de Beth otra vez, mucho más calmada.
—Gracias… —murmuró al otro lado de la línea.
—Para eso estamos —respondí con suavidad, disminuyendo el paso mientras caminaba.
Hubo unos segundos de silencio antes de que volviera a hablar.
—Me da muchísima vergüenza llamarte a ti con algo así… pero no quiero que nadie más lo sepa.
Fruncí ligeramente el ceño, aunque mantuve el tono calmado.
—No tienes que contarme nada si no quieres hacerlo. Igual estoy aquí para ayudarte en lo que necesites.
Escuché cómo soltaba el aire lentamente.
—Sí quiero contártelo —dijo finalmente—. Es sobre Lance… pero necesito que me prometas que quedará entre nosotras.