Bajo la Niebla de Blue Ridge CAPÍTULO 7 #4
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CAPÍTULO 7 #4

Valerie me miró un momento, como evaluando si era suficiente, y luego sonrió apenas, con esa sonrisa suya que no es todavía perdón completo, pero ya es apertura, ya es ella eligiendo no quedarse en el frío.

Se acomodó sobre mi regazo sin decir nada, sentándose a horcajadas sobre mí, y el simple peso de su cuerpo encima del mío disolvió lo que quedaba de distancia entre nosotros.

Afuera, la música había muerto hacía rato y el campamento parecía haberse rendido al silencio de la madrugada. Solo el viento moviendo la lona de la carpa, algún pájaro nocturno lejos, el crujido ocasional de la madera quemada.

La tomé de la cintura con las dos manos y la acerqué más. Ella bajó la frente hasta apoyarla contra la mía, y nos quedamos así un instante, respirando el mismo aire, dejando que el cuerpo terminara lo que las palabras habían empezado.

La besé despacio. Sin urgencia todavía, solo con intención. Ella respondió igual, con las manos en mi cara, y sentí que algo en los dos se iba soltando capa por capa, la tensión de la noche iba drenando hacia ningún lugar.

Luego sus caderas se movieron apenas sobre mí, una sola vez, y la urgencia apareció sola.

Mis manos bajaron por su espalda, por sus caderas, encontrando los bordes de su ropa en la oscuridad con esa familiaridad que nunca me había cansado.

La ayudé a quitarse lo necesario sin romper el contacto entre nosotros, sin dejar de besarla, porque había algo en esa noche que pedía continuidad, no interrupciones.

Ella hizo lo mismo conmigo, con esa eficiencia silenciosa de quien conoce bien lo que busca.

Cuando la sentí descender sobre mí, lenta y deliberada, contuve el aliento. No porque fuera nuevo, sino porque después de todo este tiempo todavía había algo en ese momento específico, en el primer instante en que entraba en ella, que me borraba cualquier pensamiento.

Se movió con calma al principio. Las manos apoyadas en mis hombros, los ojos abiertos en la oscuridad, mirándome de esa manera que siempre sentí como algo más que deseo. La sostuve por las caderas sin dirigirla, solo acompañando, dejando que marcara el ritmo que necesitaba.

Y entendí, sin que lo dijera, que esto también era parte del perdón. No el gesto simbólico sino el acto concreto de elegir estar aquí, de acercarse en lugar de alejarse, de usar el cuerpo para decir lo que a veces las palabras no alcanzan.

El ritmo fue cambiando solo, volviéndose más profundo, más urgente.

Sus dedos se clavaron en mis hombros y yo la atraje hacia mí, enterrando la cara en su cuello, sintiendo su respiración acelerarse junto a mi oído.

Murmuraba cosas en voz baja, mi nombre a veces, otras veces nada reconocible, y el sonido de su voz en ese registro fue suficiente para que me costara mantener cualquier clase de control.

La carpa era pequeña y el mundo afuera dormía o fingía dormir.

No me importó. Nos movimos juntos con esa sincronía que no se negocia, sino que simplemente existe después de suficientes años y suficientes noches, y llegamos casi al mismo tiempo, con ella apretándome entre sus brazos y yo sosteniéndola como si algo fuera a llevársela si la soltaba.

Después nos quedamos quietos.

Su cabeza en mi pecho, mi mano recorriendo su espalda despacio, la respiración de los dos acomodándose de nuevo. Afuera, el silencio de la madrugada seguía intacto, el mundo parecía haber tenido la decencia de no interrumpirnos.

La abracé más fuerte y quise creer, con toda la convicción que pude reunir, que lo ocurrido esa noche no había sido más que un malentendido.

Quizá lo era.

Quizá simplemente necesitaba creerlo.

VALERIE

Desperté de golpe al sentir una corriente helada envolviéndome el cuerpo.

Parpadeé desorientada y miré alrededor. Apenas logré distinguir el perfil tranquilo de Greg, profundamente dormido a mi lado. Todo lo demás había desaparecido bajo un espesor blanquecino que cubría el interior de la tienda como si la niebla hubiese atravesado la tela para instalarse allí dentro.

El miedo me recorrió lentamente la espalda. Y entonces comenzaron los susurros.

Voces suaves, superpuestas, imposibles de comprender. Se deslizaban junto a mi oído como un murmullo lejano, antiguo, casi reverente. Intenté descifrar alguna frase, alguna advertencia coherente, pero las palabras se deshacían antes de cobrar sentido. Hasta que logré distinguir una sola.

—Sueño.

El susurro me estremeció.

Fruncí el ceño e intenté recordar qué estaba soñando antes de despertar. Sabía que había un sueño. Lo sentía atrapado en algún rincón de mi mente, todavía tibio, todavía cercano. Pero cada vez que intentaba alcanzarlo, se desvanecía entre mis pensamientos como agua entre los dedos.

Poco a poco, el miedo comenzó a disiparse. La niebla seguía allí, espesa, cubriéndolo todo al punto de que ya no podía distinguir las paredes de la tienda. Sin embargo, algo en ella ya no se sentía amenazante. Era distinto. Casi… protector.

Me arropé mejor y cerré los ojos otra vez, concentrándome en aquella sensación extraña, intentando comprender si la niebla realmente estaba tratando de decirme algo.

Y, antes de darme cuenta, el sueño volvió a arrastrarme lentamente.

Esta vez, con la impresión inquietante de que la niebla permanecía allí, velando mis sueños desde la oscuridad.