Bajo la Niebla de Blue Ridge CAPÍTULO 7 #3
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CAPÍTULO 7 #3

Por eso leer labios le costaba muchísimo más de lo que la mayoría imaginaba. Y aun así lo intentaba siempre, aunque terminara agotado.

Sentí un nudo insoportable en la garganta.

¿Cómo había podido olvidar algo tan importante, aunque fuera por un instante?

¿Cómo permití que unas cuantas palabras sembraran tanta rabia dentro de mí?

Y lo peor era que ni siquiera estaba disfrutando realmente el momento.

Porque yo odiaba el karaoke. Siempre lo había odiado.

Lo que realmente amaba eran aquellos campamentos silenciosos con mi familia, la calma de la naturaleza, las conversaciones tranquilas alrededor del fuego.

Todo lo que precisamente estábamos perdiendo.

Con lágrimas acumulándoseme en los ojos, corrí hacia la carpa donde estaba Valerie y la abracé con fuerza apenas la vi.

—Lo siento —murmuré apenas pude hablar.

Valerie permaneció en silencio unos segundos dentro de mis brazos antes de responder.

—No te preocupes. Yo entiendo.

Pero la tristeza en su voz hizo que el peso de la culpa me aplastara todavía más.

—Quiero que tú también disfrutes estos momentos, Greg —continuó con suavidad—. Solo me preocupa la distancia que empieza a formarse entre los chicos. Julie siempre ha sido una luz para Jason.

Suspiré, acariciándole el cabello.

—Lo sé, amor… pero Julie también sigue siendo una niña —dije en voz baja—. Quizá hemos puesto demasiado peso sobre ella sin darnos cuenta.

Valerie asintió lentamente.

—Lo sé —admitió—. Tal vez ya es momento de que empecemos a hacer algunas cosas por separado, para que cada uno pueda sentirse cómodo a su manera.

Asentí, aunque en el fondo no estaba seguro de querer eso. Porque, si era sincero conmigo mismo, extrañaba nuestros campamentos en silencio.

Y mientras repasaba el día en mi cabeza entendí algo que me dejó un sabor amargo: no había sido un mal viaje. De hecho, muchos momentos habían sido agradables. Pero este tipo de reuniones podíamos tenerlas cualquier fin de semana del año.

En cambio, aquellos campings silenciosos eran otra cosa. Eran una pausa del mundo. Una forma de reencontrarnos entre nosotros sin ruido alrededor.

Y esa noche tuve la dolorosa sensación de que algo muy nuestro acababa de dañarse un poco.

—No creo que debamos renunciar a nuestras tradiciones —murmuré al cabo de un momento, acariciándole distraídamente el brazo—. Volveremos pronto… y haremos nuestro camping como siempre. Solo nosotros. En silencio. Como debe ser.

Valerie asintió despacio, aunque la tristeza seguía suspendida en su mirada como una bruma difícil de disipar.

Luego elevó los ojos hacia mí.

—¿Qué fue lo que pasó allá afuera, Greg? —preguntó con cautela—. ¿Qué te alteró tanto de repente?

Solté una exhalación pesada.

—No quiero que te calles cosas ni que termines sintiéndote infeliz sin que yo lo note —continuó, acercándose un poco más—. Haría cualquier cosa por seguir viéndote sonreír. Lo sabes, ¿verdad?

Sentí un nudo incómodo cerrárseme en el pecho.

—Lo sé.

El silencio volvió a instalarse unos segundos entre nosotros, apenas interrumpido por el murmullo lejano de las voces y la música que llegaban desde el campamento.

—Solo… me frustró sentir que, a veces, tú y Jason parecen incapaces de adaptarse cuando las cosas cambian —admití finalmente—. Como si cualquier alteración en los planes terminara convirtiéndose en un problema. Y hoy todo eso se me acumuló en la cabeza.

Valerie me observó con una mezcla de sorpresa y desconsuelo.

—Greg… Jason no quiso comer pescado porque las últimas veces le hizo daño —explicó con paciencia, como si temiera que volviera a reaccionar mal—. No quería arruinar el viaje obligándonos a regresar antes de tiempo.

Fruncí ligeramente el ceño, intentando recordar.

—¿No te acuerdas del sushi hace dos semanas? —continuó con suavidad—. ¿Y de la lobina antes de eso? Terminó enfermo ambas veces. Por eso prefirió prepararse otra cosa. No fue un capricho… estaba intentando evitar problemas.

—No mucho —admití con cierta vergüenza—. Recuerdo que estuvo mal del estómago, pero no había asociado que fuera por el pescado.

Valerie suspiró apenas, con una mezcla de cansancio y ternura.

—Y yo puedo comer cualquier cosa, amor —dijo acariciándome la mano—. ¿Qué tiene de malo querer el pescado un poco más cocido?

Bajé la mirada unos segundos.

—Nada —respondí al fin, comprendiendo de golpe lo absurdas que habían sido muchas de las cosas que me molestaron aquella tarde.

Toda aquella irritación no había nacido realmente de ellos. Había nacido de mí. De mis inseguridades. Del cansancio. De haber permitido que palabras ajenas sembraran dudas donde antes solo existía amor.

Le pedí disculpas otra vez y me acerqué intentando romper la tensión que todavía flotaba entre nosotros. No con palabras elaboradas, sino con el tono, con la mano extendida hacia ella, con esa clase de gesto pequeño que después de diecisiete años dice más que cualquier discurso.

Y funcionó.