CAPÍTULO 5
El Cumpleaños de Julie
VALERIE
Siempre habíamos tenido la costumbre de celebrar los cumpleaños por todo lo alto, y ese año no pensábamos hacer una excepción.
Aunque apenas llevábamos tres meses viviendo en Blue Ridge, ya habíamos logrado formar algunos vínculos, principalmente con la familia de Natalie y con varios compañeros de los chicos en el instituto.
Así que decidimos organizar una gran fiesta en el jardín, con música en vivo y suficiente espacio para que Julie pudiera bailar toda la noche, como tanto le gustaba. Después de todo, era su momento.
Aquella mañana, Greg y yo nos levantamos temprano para prepararle su desayuno favorito: waffles con frutos rojos y miel de maple, rollitos de jamón serrano con queso gouda y una enorme jarra de té helado para ayudarla a sobrellevar el inicio del verano, una época que siempre la hacía quejarse del calor apenas despertaba.
Cuando escuchamos sus pasos bajar las escaleras, apenas pudimos contener la emoción.
Ver su expresión al entrar a la cocina y encontrarse con los globos, las tarjetas, los pequeños mensajes que acostumbrábamos a dejarle cada cumpleaños y el desayuno esperándola sobre la mesa —sin rastro de huevo, por supuesto— me llenó de una satisfacción difícil de explicar.
La felicidad en su rostro bastó para hacerme sentir que el día ya había valido la pena incluso antes de comenzar.
Por lo general, solía comprar los regalos de Julie con bastante anticipación, pero ese año las finanzas habían estado más ajustadas de lo habitual por todos los gastos de la mudanza y la adaptación a nuestra nueva vida en Blue Ridge.
Por eso tuve que esperar hasta el día anterior, cuando Greg recibió la quincena, para finalmente salir a buscarlo.
Y, aun así, estaba emocionada.
Julie llevaba meses hablándome de un teclado sintetizador para empezar a hacer música.
Cada vez que veía videos o escuchaba canciones, terminaba imaginando sonidos, ritmos o mezclas que quería intentar recrear.
Así que, entre algunos ahorros que había logrado guardar y el dinero que Greg me dio, por fin me alcanzaba para comprarle el modelo que había visto días atrás en el centro comercial.
Habíamos quedado en que Greg se encargaría de supervisar algunos arreglos de la casa y recibir a los decoradores para la fiesta, mientras yo iba a buscar el regalo antes de que Julie comenzara a sospechar algo.
Ya estaba por subir al auto cuando vi a Natalie acercándose por el camino de entrada.
—Valerie, buenos días. Felicidades… —dijo Natalie apenas llegó hasta mí, abrazándome con entusiasmo.
Ella y Ely tenían la costumbre de felicitarnos a Greg y a mí cada vez que los chicos cumplían años. Siempre decían que los hijos eran un regalo para toda la familia, y aquella forma de celebrar con nosotros algo tan simple conseguía emocionarme más de lo que probablemente imaginaban.
—Qué linda, Nat. Gracias —respondí sonriendo.
—¿Y para dónde vas tan temprano? —preguntó al notar las llaves en mi mano.
—Voy a buscar el regalo de Julie —contesté, incapaz de ocultar la emoción.
—¡Me encanta! —exclamó, dando un pequeño salto lleno de entusiasmo—. ¿Puedo acompañarte? Nosotros todavía no le hemos comprado nada y entre una cosa y otra no tuvimos tiempo en la semana.
—Claro —dije enseguida, señalándole el auto para que subiera.
Mientras arrancábamos, no pude evitar pensar en lo mucho que me gustaba que mis hijos finalmente estuvieran rodeados de personas que se involucraban en sus celebraciones.
En Nueva York, pese a todos los esfuerzos que Greg y yo hacíamos para que cada cumpleaños fuera especial, siempre terminaban sintiéndose un poco incompletos.
Había cariño, sí, pero faltaba presencia.
Faltaban amigos, familia, gente cercana llenando la casa, haciendo ruido, dejando regalos sobre la mesa o simplemente compartiendo con nosotros.
Aquí era distinto.
Cuando llegué a la tienda donde había visto el teclado días antes, lo primero que hice fue buscarlo con la mirada entre la exhibición.
Al no encontrarlo, sentí una pequeña punzada de desilusión.
Me acerqué al mostrador y le mostré al encargado la foto que tenía guardada en el celular, esperando que quizá simplemente lo hubieran movido de lugar.
—Ese modelo se vendió ayer —me explicó con amabilidad—. El único que nos queda es esta versión más avanzada.
Me señaló otro sintetizador bastante más grande y moderno. Era precioso, incluso mejor que el anterior, pero apenas pregunté el precio entendí que se salía un poco del presupuesto que habíamos calculado.
Aun así, llamé a Greg para contarle.
Le expliqué la situación y, antes de que pudiera decirle que quizás era mejor buscar otra opción, me interrumpió con esa tranquilidad práctica que siempre lo caracterizaba.
—Cómpralo —dijo sin dudar—. Te transfiero el resto. Después vemos cómo nos organizamos.
Colgué sonriendo, sintiendo esa mezcla de emoción y alivio que siempre me generaba saber que ambos hacíamos equipo incluso en las cosas pequeñas.
Estaba a punto de volver a entrar a la tienda para avisarle al encargado cuando Natalie me llamó desde afuera, haciéndome una seña para que me acercara.
—Valerie, espera un momento —dijo en voz más baja cuando llegué junto a ella—. Julie me comentó hace unos días que quería un iPad para el instituto. Dice que casi todas sus compañeras ya usan una y que a veces se le hace difícil seguirles el ritmo trabajando solo desde el celular.
La miré sin entender del todo hacia dónde iba la conversación, así que preferí dejarla continuar.
—Sinceramente, creo que gastar tanto dinero en el teclado ahora mismo es un poco excesivo —continuó Natalie con suavidad—. En cambio, la tablet sí sería algo que realmente le haría ilusión y además le serviría para el instituto. Y, siendo honesta, quizás también les ayudaría a ahorrar un poco.
Hizo una breve pausa antes de añadir, casi como si dudara en decirlo:
—Sé que las finanzas han estado complicadas… Greg le pidió dinero prestado a Ely hace unos días.
La frase me golpeó de una forma que no esperaba.
Sentí cómo algo dentro de mí se desacomodaba de inmediato, como si de pronto todas las piezas de mi cabeza dejaran de encajar correctamente. Greg no me había mencionado nada. Nada. Y eso era extraño. Demasiado extraño para nosotros.
Yo era quien organizaba el presupuesto de la casa, quien llevaba el control de los gastos y calculaba hasta las compras más pequeñas para evitar desequilibrios innecesarios.
¿Cómo podía no haberme dado cuenta? ¿Cómo había llegado el punto de que necesitara pedir dinero prestado sin siquiera comentármelo?
De pronto, haberlo llamado minutos antes para pedirle más dinero me hizo sentir ridícula.
La emoción que había tenido al entrar a la tienda se transformó en un nudo incómodo en el pecho. Me dieron ganas de llorar, no por el teclado, sino por la sensación de haber estado demasiado distraída, demasiado sumergida en mi nueva rutina como para notar que algo no marchaba tan bien como creía.
Natalie debió percibirlo enseguida, porque apoyó una mano sobre mi brazo con gesto conciliador.
—Tranquila, hermosa —dijo con dulzura—. Ya habrá tiempo de regalarle el teclado. Quizá en Navidad. Lo importante es que Julie tenga algo que pueda usar y disfrutar ahora, ¿sí?
Asentí despacio.
—Sí… creo que es lo mejor —murmuré, bajando la mirada mientras mi mente seguía dando vueltas alrededor de aquella confesión que no lograba quitarme de encima.
Natalie me acompañó luego a una tienda de dispositivos electrónicos donde conseguimos el iPad a un precio mucho mejor del que esperaba.
Mientras el vendedor nos mostraba modelos y accesorios, intenté convencerme de que quizá ella tenía razón y que aquello terminaría siendo más útil para Julie en ese momento que el teclado.
Aun así, no pude evitar sentir cierta tristeza al salir de la tienda. Había imaginado durante semanas la emoción de verla abrir aquel sintetizador que tanto deseaba.
Natalie, notando mi desánimo, intentó levantarme el ánimo durante el camino de regreso hablando de la fiesta, de lo mucho que Julie disfrutaría la noche y de lo feliz que seguramente estaría con el regalo. Poco a poco logró tranquilizarme un poco.
Cuando llegué a casa, encontré a Greg en el jardín supervisando parte de la decoración y aproveché apenas tuvimos un momento solos para confrontarlo sobre lo que Natalie me había contado.
—¿Por qué no compraste el teclado? Te dije que solucionaría lo del dinero —reclamó apenas le comenté lo del iPad, mirándome confundido.
—Porque no quiero que te endeudes pidiéndole dinero prestado a Ely —respondí con evidente molestia.
Greg frunció el ceño de inmediato.
—¿Qué? No entiendo de qué hablas.
Su expresión era tan genuina que por un instante dudé.
—Natalie me dijo que le pediste dinero prestado a Ely —confesé en voz más baja, sintiendo otra vez aquel nudo incómodo en el pecho—. ¿Por qué no me dijiste?
Me devastaba pensar que algo así hubiera ocurrido sin que yo lo supiera.
Greg y yo siempre habíamos manejado todo juntos: el dinero, los problemas, las decisiones importantes y hasta las preocupaciones más pequeñas.
Por eso la idea de que hubiera recurrido a alguien más a mis espaldas me hacía sentir extrañamente desplazada dentro de nuestra propia vida.
—Porque no fue así, Val —dijo enseguida, acercándose para tomar mis manos con suavidad—.
Natalie lleva años insistiendo con hacer un viaje a Europa, y desde que nosotros llegamos se obsesionó con que fuéramos con ellos.
Yo le expliqué a Ely que ahora mismo era imposible para nosotros, que todavía estábamos acomodándonos después de la mudanza y poniéndonos al día con muchos gastos.
Entonces él fue quien se ofreció a prestarme el dinero para el viaje, pero nada más.
Lo miré en silencio, intentando reorganizar todo lo que Natalie me había hecho creer apenas unas horas antes.