CAPÍTULO 4 #3
Había algo en la situación que lo volvía todo más intenso.
Las pocas personas en la orilla, suficientemente lejos para no ver nada, pero suficientemente cerca para que el riesgo fuera real.
El agua moviéndonos, obligándonos a sostenernos el uno al otro con más fuerza.
La ropa todavía medio puesta, ese detalle pequeño que por alguna razón lo hacía sentir más prohibido.
Hacía tiempo que no nos salíamos así de lo previsible, y se sentía diferente al sexo de las noches en casa, diferente al de los hoteles.
Más libre. Más vivo. Con algo ligeramente animal que no necesitaba disculparse.
Me aferré a sus hombros mientras él marcaba un ritmo que el mar interrumpía y completaba a la vez, y en algún momento dejé de pensar en cualquier otra cosa que no fuera esa sensación específica, su cuerpo dentro del mío, el agua fría alrededor, el sol caliente en mi espalda.
Esa combinación de contrarios que solo existe en ciertos momentos que uno sabe que va a recordar.
El orgasmo llegó con más intensidad de lo que esperaba, subiéndome desde adentro hacia afuera, y el gemido que escapó de mi garganta se lo llevó una ola justo a tiempo.
Lo agradecí. También me hizo reír, casi al mismo tiempo, y él enterró la cara en mi cuello y se rio también, y esos dos sonidos mezclados, el placer y la risa, me parecieron lo más honesto y sexi que habíamos compartido en mucho tiempo.
Nos quedamos así un momento más, sostenidos por el agua, con mi cabeza apoyada en su hombro y las olas pasando a nuestro alrededor como si no hubiera ocurrido nada extraordinario.
Que para el mar, supongo, no había ocurrido.
Pero para nosotros sí.
En el camino de regreso al hotel, vimos el atardecer desde el ferry, a medida que el cielo se iba apagando en tonos cálidos sobre el agua.
—Gracias —dije en voz baja.
—Siempre —respondió Greg, como solía hacerlo—. Pero ¿por qué me agradeces?
—Por este día… por hacerme sentir especial… por ti —susurré acercándome a él.
Greg sonrió apenas y me dio un par de besos suaves, sin apartar la mirada del horizonte.
—Ojalá sientas, aunque sea una cuarta parte de lo que yo siento contigo, mi amor —dijo con calma.
—¿En serio te pongo mucho? —interrogué con picardía.
—No tienes idea.
Los pocos centímetros que separaban nuestros labios desaparecieron cuando Greg me atrajo hacia su cuerpo y me besó con una intensidad que me desarmó por completo.
Fue un beso profundo, cálido, firme, pero a la vez sorprendentemente suave.
Me dejé llevar mientras su mano se enredaba en mi cabello, recorriéndolo con una delicadeza que me erizó la piel.
Lo rodeé por la cintura, acercándolo aún más, y el mundo a nuestro alrededor volvió a borrarse, como si siempre supiera hacerlo.
El sonido de un clic de cámara nos devolvió de golpe a la realidad.
Al mirar alrededor, una chica sonrojada bajó el teléfono de inmediato y murmuró una disculpa casi inaudible.
—Lo siento —murmuró la chica, todavía sonrojada—. Es que no he podido evitarlo… parece una escena de película, y soy una romántica empedernida.
Alrededor, el cielo del atardecer terminaba de encenderse en una mezcla de naranjas profundos, tonos malva y púrpuras suaves que se extendían sobre el horizonte como una acuarela.
Greg sonrió apenas.
—Te perdonamos si nos la compartes —respondió con naturalidad.
La chica rió nerviosa, asintió y, sin pensarlo mucho más, nos mostró la foto antes de enviárnosla por AirDrop.
Cuando apareció en mi pantalla, entendí por qué había reaccionado así. No necesitaba filtros ni retoques: no solo capturaba el paisaje, sino también algo más difícil de nombrar, una intimidad suspendida en medio del mundo, como si por un instante todo lo demás hubiera dejado de existir.
Ya de regreso a Asheville, las cosas empezaron a cambiar de forma sutil, casi imperceptible al inicio.
La Niebla había comenzado a desaparecer casi por completo; ya no la veía ni en las mañanas ni en las noches.
No supe si interpretarlo como un alivio o como una extraña sensación de pérdida, como si algo que había estado presente desde el principio simplemente hubiera decidido retirarse sin anunciarlo.
Durante unos días me encontré buscándola sin querer, sobre todo en los momentos más silenciosos, cuando la casa aún no terminaba de despertar o cuando la noche caía sin prisa. Pero no estaba.
Terminé atribuyéndolo al cambio de estación, aunque una parte de mí no terminó de convencerse del todo.
En paralelo, también mi rutina empezó a moverse en otra dirección.
Sin darme cuenta, fui alejándome un poco de Natalie.
No de forma brusca ni consciente, sino como esas cosas que se van diluyendo cuando otras empiezan a ocupar más espacio.
Mis mañanas, que antes solían estar marcadas por caminatas compartidas o planes improvisados, comenzaron a llenarse de recorridos en solitario, de paradas largas con la cámara en mano, de intentos por capturar la luz antes de que cambiara.
Me sumergí más en la fotografía.
Todo empezó a cobrar un nuevo sentido después de aquella imagen que nos habían tomado en Outer Banks. Había algo en esa fotografía que me seguía rondando la mente: no solo lo que mostraba, sino la forma en que un solo instante podía contener una historia completa sin necesidad de explicaciones.
Y fue eso lo que, poco a poco, me fue atrapando.