CAPÍTULO 4 #2
Me daba miedo romper la rutina que había construido con Natalie.
Después de tanto tiempo sintiéndome aislada, finalmente tenía amigas, planes y una sensación de pertenencia que nunca logré encontrar en Nueva York.
Pero, al mismo tiempo, comenzaba a preguntarme si, sin darme cuenta, estaba dejando demasiado de mí misma en el intento de encajar.
Porque el objetivo nunca había sido desaparecer dentro de una nueva vida, sino construir una donde también siguieran existiendo las cosas que siempre me hicieron sentir viva.
Quizá por eso empecé a disfrutar tanto los momentos más tranquilos del viaje, aquellos en los que no tenía que seguir el ritmo de nadie más y simplemente podía estar presente.
Por las tardes solíamos salir del hotel a comer algo y caminar frente al mar mientras el sol comenzaba a esconderse.
Los atardeceres en Outer Banks parecían irreales; el cielo se teñía de tonos anaranjados, rosados y violetas que se deshacían lentamente sobre la superficie del agua, tiñendo el mar de una tranquilidad casi irreal.
Esos momentos eran los que más disfrutaba Greg, quizá porque eran también los pocos en los que lograba desconectarse realmente del trabajo.
El resto del tiempo permanecía bastante atado al computador.
Me daba cierta tristeza verlo pasar tantas horas trabajando, mientras Ely y Natalie parecían vivir completamente entregados a las vacaciones.
Varias veces intenté convencerlo de relajarse más, de bajar conmigo a la playa o simplemente dejar la laptop un rato en la habitación, pero él insistía en que prefería avanzar y terminar pendientes cuanto antes.
—Si me llevo esto a la playa no hago nada —decía, señalando el computador con resignación divertida.
Aun así, algunas veces bajaba a trabajar desde la piscina o el área del jacuzzi, y verlo al menos respirando un poco de aire libre lograba tranquilizarme.
Por eso, el día que finalmente tuvo la jornada libre completa, decidimos aprovecharlo solo nosotros cuatro.
Hicimos un recorrido por varias playas, desde Hatteras hasta Ocracoke, una isla pequeña y paradisíaca que terminó enamorándonos por completo.
Todo alrededor transmitía una sensación sencilla y despreocupada, muy distinta al ritmo al que estábamos acostumbrados: calles tranquilas, casas coloridas, bicicletas pasando lentamente y el sonido constante del mar acompañándolo todo.
Fue uno de esos días simples que terminan quedándose grabados.
Caminamos, tomamos fotografías y comimos frente al agua, con el sonido del mar como un maravilloso fondo musical. Durante esas horas, simplemente nos dejamos llevar por el momento, sin prisas ni preocupaciones.
Terminamos la noche en un festival de mariscos cerca del hotel, donde más tarde se nos unieron Jason, Julie y los nuevos amigos que habían hecho durante el viaje. Verlos tan cómodos, riendo y moviéndose con naturalidad entre otros chicos, me llenó de una tranquilidad difícil de explicar.
El último día llegó demasiado rápido.
Era domingo y Greg, por fin completamente libre, me pidió volver a Corolla Beach para intentar ver los caballos salvajes que no había podido disfrutar conmigo.
Siempre había sentido una fascinación especial por ellos y, después de revisar algunas de las fotografías que tomé durante los tours, enseguida dijo que quería conocer el lugar por sí mismo.
Cuando les comentamos a Ely y Natalie nuestros planes, ambos insistieron bastante en que nos quedáramos con ellos en la playa.
La insistencia me sorprendió un poco. Sobre todo, porque durante casi todo el viaje, habíamos seguido el ritmo y los planes que ellos preferían, y Greg había sido quien menos había logrado disfrutar realmente de esos días. Yo solo quería darle ese gusto antes de regresar a Asheville.
Natalie intentó disimularlo, pero terminó reaccionando con cierta molestia cuando entendió que no cambiaríamos de plan.
Respondía con frases cortas, soltaba comentarios breves con un tono incómodo y, por momentos, el ambiente se volvió algo tenso, como si nuestra decisión hubiera alterado más que una simple salida de esa mañana.
Greg, en cambio, prefirió no darle mayor importancia y siguió hablando con entusiasmo sobre los caballos, mientras yo hacía lo posible por mantener la situación en equilibrio.
Por suerte, esa incomodidad se disipó apenas llegamos a Corolla Beach. El paseo terminó convirtiéndose en uno de los momentos más especiales del viaje.
Al ver a los caballos salvajes, Greg se quedó completamente absorto.
Le brillaban los ojos como pocas veces en el viaje, y para mí fue muy gratificante verlo así, tan genuinamente contento.
Sentía que, por fin, podía disfrutar sin la presión constante del trabajo encima.
Había estado desvelándose varios días para cumplir con sus responsabilidades durante las vacaciones, así que verlo relajado, sonriente y presente me dio una calma profunda.
Más tarde fuimos a comer a un pequeño restaurante cercano con música en vivo y unas tartas de cangrejo realmente deliciosas.
El lugar tenía ese ambiente descuidado y honesto de los sitios que no necesitan esforzarse para gustar: mesas de madera desgastada, velas cortas que parpadeaban con la brisa que entraba por las ventanas abiertas, y una banda de tres personas tocando algo lento y ligeramente cubano en el rincón del fondo.
No sé si fue el efecto de los mariscos, el vino, o simplemente la sensación de libertad que había acumulado durante todo el día, pero en algún momento entre el segundo plato y el postre, sentí la mano de Greg deslizarse por mi pierna bajo la mesa.
Despacio. Con esa familiaridad cómplice que solo nosotros entendíamos, la que no necesita anunciarse porque ya sabe que será bien recibida.
—Creo que me gustaría ir a tomar fotos de ese faro que vimos cuando llegamos —dijo con una calma que no le correspondía a la mano que seguía moviéndose hacia arriba.
Lo miré por encima del borde de mi copa.
—Es un mirador —respondí—. No creo que esté muy solo.
Sus dedos llegaron a mi entrepierna y presionaron suavemente, una sola vez, con una intención que no dejaba lugar a interpretaciones.
—Estoy seguro de que sabremos encontrar nuestro propio rincón —dijo, y levantó la otra mano para pedir la cuenta sin apartar los ojos de mí.
Salimos entre risas y miradas que decían todo lo que no hacía falta decir en voz alta.
Nos besamos apoyados contra la pared exterior del restaurante, con la música filtrándose todavía desde adentro y la brisa marina enredándose en mi cabello.
Había algo juguetón y urgente en todo, esa clase de deseo que no pesa, sino que liviana, que te hace caminar más rápido y reírte de cualquier cosa.
El faro estaba más concurrido de lo que esperábamos.
Familias, turistas con cámaras, niños corriendo entre los adultos.
Sentí la decepción instalarse en algún lugar entre el pecho y el estómago, pero antes de que pudiera decir nada, Greg me tomó de la mano sin una sola palabra y giró en dirección contraria.
—¿Qué haces? —pregunté entre risas, dejándome arrastrar.
No respondió. Avanzó con esa determinación suya que conocía tan bien, la que aparecí cuando ya había tomado una decisión y no necesitaba explicarla.
Nos alejamos del ruido, de la gente, del faro y sus visitantes, siguiendo la línea donde la arena se volvía más oscura y húmeda y las voces quedaban atrás reemplazadas por el sonido constante del mar.
Cuando llegamos al agua entró sin detenerse, llevándome con él.
El frío de las primeras olas me cortó la respiración y me hizo reír al mismo tiempo.
Seguimos avanzando hasta que el agua nos llegaba al pecho, hasta que el mundo desde afuera se redujo a dos cabezas flotando en el mar como cualquier otra pareja de turistas.
Entonces me rodeó la cintura con los brazos y me levantó. Envolví sus caderas con las piernas por instinto, sintiendo la corriente moviéndose a nuestro alrededor.
Con una mano corrió a un lado la tela de mi traje de baño. Lo miré a los ojos. El agua salada en su cara, el sol bajando detrás de él, esa expresión que reconocía desde hace diecisiete años y que todavía se me hacía algo difícil de nombrar.
Entró en mí despacio, dejando que el movimiento del mar colaborara, y el sonido que hice quedó completamente disuelto entre las olas.