CAPÍTULO 4
La Playa
VALERIE
Los días comenzaron a encontrar su propio ritmo mientras intentaba adaptarme a la vida en Asheville.
Cada mañana salía a caminar por el vecindario; algunas veces llevaba la cámara colgada al cuello y otras prefería ir con las manos libres, simplemente dejándome absorber por la tranquilidad de las calles y la inmensidad verde que parecía extenderse en cada dirección.
La ciudad tenía una forma muy particular de aquietarlo todo.
El aire fresco descendía desde las montañas arrastrando olor a tierra húmeda, flores recién abiertas y madera.
A esa hora, el vecindario todavía despertaba despacio: se escuchaban perros ladrando a lo lejos, el sonido ocasional de una bicicleta atravesando la calle y el canto constante de los pájaros escondidos entre los árboles.
Muy distinto al ruido ininterrumpido de Nueva York, donde incluso el silencio parecía artificial.
Después de la primera semana, Natalie comenzó a coincidir conmigo durante las caminatas.
Al principio solo la veía pasar trotando por las aceras, siempre vestida con ropa deportiva impecable y rodeada de accesorios costosos para medir cada detalle de su ejercicio: relojes inteligentes, bandas, botellas especiales, tobilleras con peso y suplementos que cargaba en pequeños bolsos ajustados a la cintura.
Parecía tomarse sus rutinas con una disciplina casi militar.
Un día, de regreso del parque, disminuyó el paso y comenzó a caminar a mi lado.
Desde entonces, terminamos convirtiendo aquellas salidas en una costumbre.
Compartir tiempo con Natalie resultaba reconfortante.
Aunque muchas veces sus conversaciones se inclinaban demasiado hacia temas superficiales —dietas, marcas, tratamientos, rutinas o dinero—, yo seguía percibiendo en ella una genuina necesidad de sentirse útil para los demás.
Casi siempre acabábamos hablando de cómo ella y Ely ayudaban constantemente a sus familias, sobre todo a Samuel y a Callie, quienes, según contaba Natalie, vivían atravesando dificultades económicas y rara vez lograban llegar tranquilos a fin de mes.
Otro tema que aparecía constantemente en nuestras conversaciones era lo mucho que Natalie extrañaba el mar.
Asheville le gustaba, claro; decía que vivir entre montañas era tranquilo y que el clima resultaba perfecto, sobre todo cuando llegaba el verano y el aire fresco hacía soportables incluso los días más cálidos.
Pero, aun así, hablaba de la playa con una nostalgia difícil de disimular, como si una parte de ella siguiera perteneciendo a la costa.
—Ya ni sé cómo insinuárselo —dijo una mañana, soltando un suspiro cansado mientras caminábamos junto al parque—. Para Ely nunca es buen momento. Siempre hay algo más importante o dice que implica muchos gastos porque sigue reuniendo dinero para el viaje a París.
—Bueno, viajar a Europa sí es bastante costoso —comenté, intentando justificar un poco a Ely—. Aunque seguro podemos inventarnos algo más sencillo por acá cerca. Aunque sea escaparnos a algún charco bonito un fin de semana.
Natalie soltó una risa breve, pero no pareció demasiado convencida.
Yo entendía ambas posiciones. Ely siempre había sido mucho más organizado con el dinero, mientras que Natalie parecía gastar con una facilidad que rozaba lo impulsivo.
Aunque a la tienda le iba bastante bien, su estilo de vida seguía viéndose excesivamente costoso para lo que yo imaginaba que ingresaba mensualmente.
Aun así, Natalie había hecho muchísimo por nosotros desde nuestra llegada: ayudarnos a conseguir la casa, recibirnos como familia, acompañarme durante mi adaptación y hacerme sentir menos sola en una ciudad completamente nueva.
Por eso, cuando comenzaron las vacaciones de spring break, quise tener un gesto con ellos.
Y, siendo completamente sincera, la idea también me entusiasmaba a mí.
Extrañaba el mar más de lo que había admitido hasta entonces.
Así que una noche le propuse a Greg hacer una escapada hacia Outer Banks, al otro lado de Carolina del Norte.
Después de buscar bastante, encontré un tour que salía de Virginia, el aeropuerto más cercano que teníamos, e incluía traslado, hospedaje y comidas a un precio sorprendentemente accesible.
Lo suficiente como para permitirnos unos días lejos de la rutina sin desajustar demasiado nuestras cuentas.
El único inconveniente era que Greg apenas llevaba unas semanas en el trabajo y pedir días libres tan pronto no parecía la mejor idea. Aun así, me dijo que intentaría hablar con su jefe para ver si existía alguna posibilidad.
Mientras tanto, Natalie y yo seguíamos pasando cada vez más tiempo juntas.
A las caminatas matutinas comenzaron a sumarse los jueves de manicure con unas amigas canadienses suyas que tenían un pequeño spa muy acogedor cerca de casa.
El lugar olía siempre a vainilla y eucalipto, y terminábamos pasando horas allí entre esmaltes, café y conversaciones que se extendían más de la cuenta.
Después aparecieron también nuestras visitas frecuentes a una cafetería preciosa cerca del centro comercial, famosa por sus postres exageradamente buenos. Siempre terminábamos riéndonos porque, según Natalie, allí recuperábamos todas las calorías que habíamos perdido caminando durante la semana.
—Por eso mismo vale la pena hacer ejercicio —decía divertida, mientras partía otro trozo de cheesecake—. Así podemos seguir comiendo sin culpa.
Y, de alguna forma, tenía sentido.
Cuando quise darme cuenta, nos estábamos viendo prácticamente todos los días. Mi agenda comenzó a llenarse de salidas, conversaciones y planes improvisados. Incluso la fotografía, que normalmente ocupaba gran parte de mi tiempo, fue quedando un poco de lado sin que realmente me molestara.
Me gustaba sentirme así.
Acompañada.
Integrada en algo.
Era una sensación muy distinta a la que había vivido en Nueva York, donde, fuera de las paredes de mi casa, rara vez había logrado sentir que pertenecía realmente a algún sitio.
La tarde del viernes habíamos salido con las chicas del spa a tomar unas copas por el cumpleaños de una de ellas. Cuando regresé a casa, encontré a los chicos empacando cosas en la sala.
—¿Y todo esto? —pregunté, mirando las maletas abiertas con una mezcla de confusión y alarma.
—Papá dijo que empezáramos a empacar —respondió Julie sin levantar demasiado la vista de lo que hacía—. Nos vamos de viaje mañana.
Fruncí el ceño, todavía procesándolo, justo cuando Greg apareció desde la cocina con una sonrisa imposible de disimular.
—Logré que Conrad me dejara trabajar a distancia unos días —explicó mientras se acercaba para abrazarme por la cintura—. Así que hablé con Ely y organizamos lo de Outer Banks para esta semana.
—¿Hablas en serio?
La emoción en mi voz salió antes de que pudiera contenerla.
Greg soltó una pequeña risa y asintió.
Y eso bastó.
Sentí una felicidad tan inmediata y ligera que terminé riéndome también antes de apartarme de él casi corriendo para ir a casa de Natalie y contarle que finalmente el viaje iba a hacerse realidad.
Pero su reacción terminó sorprendiéndome incluso más.
Natalie se emocionó tanto que los ojos se le llenaron de lágrimas casi al instante. Me abrazó varias veces mientras hablaba atropelladamente sobre el mar, el sol y lo mucho que necesitaba salir de Asheville, aunque fuera unos días.
Verla así me hizo sentir extrañamente plena.
No lograba recordar la última vez que habíamos planeado unas vacaciones familiares que no consistieran simplemente en regresar a Canadá a visitar a nuestros parientes. Esto era distinto. Ligero. Espontáneo. Y, de alguna forma, la idea de crear recuerdos nuevos me llenaba de ilusión.
Llegar a Outer Banks se sintió casi irreal.
El hotel era acogedor y cómodo, con piscinas climatizadas, jacuzzi y una vista privilegiada a pocos metros de la playa.
Aunque el clima todavía conservaba algo del frío de la temporada, eso hacía que todo resultara más agradable; las playas permanecían tranquilas, lejos del caos y las multitudes que, según nos contaron, invadían la zona durante el verano.
Natalie prácticamente corrió hacia el mar apenas llegamos.
Desde el primer día había que insistirle para que saliera del agua, como si se tratara de una niña pequeña incapaz de contener la emoción.
Jason y Julie, en cambio, preferían quedarse entre la piscina y el jacuzzi, así que rara vez nos acompañaban hasta la playa.
Aun así, se les veía felices, relajados, disfrutando a su manera, y yo preferí darles espacio.
Julie se acercaba algunas veces a caminar conmigo por la orilla, pero Jason se negaba rotundamente a entrar a lo que llamaba “agua congelada”.
Yo aproveché el viaje de otra forma.
Me inscribí en varias actividades que parecían hechas para alguien apasionado por la fotografía: recorridos para avistar los caballos salvajes de Corolla, visitas a faros históricos como Cabo Hatteras y pequeños tours por zonas naturales que parecían detenidas en el tiempo.
Al principio intenté convencer a Natalie de acompañarme, pero rápidamente entendí que separarla del mar era una causa perdida, así que dejé de insistir.
Como Greg debía trabajar algunas horas al día y los chicos hicieron amistad con otros adolescentes del hotel —con quienes pasaban el tiempo jugando juegos de mesa y conversando durante horas—, terminé haciendo la mayoría de las excursiones sola.
Y no me molestó.
Las fotografías que tomé allí fueron de las mejores que había hecho en mucho tiempo.
Había algo en la luz grisácea del mar, en los caballos moviéndose libres entre las dunas y en la melancolía silenciosa de los faros que despertó nuevamente mi inspiración.
Tanto, que empecé a pensar seriamente en terminar el cuarto de revelado al regresar a Asheville y retomar por completo ese sueño que había ido dejando en pausa.
Sin embargo, junto al entusiasmo apareció también una pequeña inquietud.