Bajo la Niebla de Blue Ridge CAPÍTULO 3 #3
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CAPÍTULO 3 #3

Decidimos cenar afuera, en una mesa mediana ubicada en el patio, junto a un jacuzzi del que apenas me había percatado durante la mudanza. Me encantó descubrirlo allí, rodeado por el jardín y la vista de las montañas.

Movimos la mesa un poco más hacia el césped, encendimos una lámpara cálida y terminamos teniendo una cena sencilla, pero agradable, compartiendo anécdotas del día entre risas y comentarios cruzados.

Jason contó que le había encantado el instituto.

Dijo que todos habían sido muy amables con él y que se sintió cómodo desde el principio, algo que jamás había ocurrido en Nueva York.

Incluso ya había conectado con varios chicos y habló emocionado sobre invitarlos pronto a la casa para que pudiéramos conocerlos.

Julie comentó emocionada que se había inscrito en las clases de danza del instituto, algo que pareció entusiasmar en especial a Greg, probablemente porque significaba que, al menos por un tiempo, dejaría de insistir con la idea del gimnasio.

Se le veía feliz, ilusionada con el lugar y con todo lo nuevo que comenzaba a descubrir.

Greg también habló de su primer día de trabajo.

Mencionó que su jefe parecía muy impresionado con él y que el ambiente había sido incluso mejor de lo que esperaba.

Sin embargo, cuando lo dijo, hubo algo fugaz en su expresión —apenas un cambio mínimo— que me hizo sentir que guardaba algún pensamiento detrás de sus palabras.

Nuestros ojos se encontraron un instante y entendí, sin necesidad de hablarlo, que no era el momento de preguntar.

Aun así, el entusiasmo genuino que mostraba por el trabajo era evidente.

Yo les compartí lo que había descubierto de las calles de Asheville, las fotografías que había tomado y lo mucho que me había gustado recorrer la zona. Curiosamente, omití por completo lo de la tienda esotérica. No sabía exactamente por qué; simplemente sentí que prefería guardármelo.

La noche se nos pasó conversando.

Cuando vimos apagarse las luces de la casa de Ely, miré la hora y me di cuenta de lo tarde que era.

Me dio algo de pena pensar en el ruido que podríamos estar haciendo desde el jardín.

Alcé la vista hacia la casa vecina con intención de disculparme si veía a alguien despierto y me pareció distinguir a Natalie detrás del ventanal del balcón.

Levanté la mano en un gesto amistoso, pero la cortina se cerró casi de inmediato. Supuse que no había alcanzado a verme.

Recogimos todo intentando hacer el menor ruido posible, aunque eso se volvía complicado cada vez que Jason y Julie comenzaban a molestarse entre ellos y terminaban riéndose demasiado fuerte. Finalmente entramos a la casa y subimos a descansar.

Ya en la habitación, aproveché la tranquilidad del final del día para preguntarle a Greg si todo estaba bien. Él entendió de inmediato a qué me refería y dejó el teléfono sobre la mesa de noche antes de responder.

—Todo está bien, amor —dijo primero, acomodándose mejor en la cama—. Solo… tuve un momento incómodo con Ely y después el regreso a casa se sintió raro.

Eso me sorprendió más de lo que esperaba. La relación entre ellos siempre había sido tan cercana que me costaba imaginarlos realmente molestos entre sí. Incluso cuando discutían, nunca tardaban demasiado en volver a la normalidad.

—¿Qué pasó?

Greg soltó un suspiro leve antes de continuar.

—Estábamos revisando propuestas para un proyecto que la empresa tiene que presentar a un posible financiador.

Es algo grande, de esos planes que abarcan varios estados.

Apenas están desarrollando la etapa inicial y comenzamos a intercambiar enfoques para estructurarlo mejor.

Yo comenté algunas ideas y Ely las descartó enseguida, dándome sus razones.

Lo decía con absoluta naturalidad, sin sonar ofendido. De hecho, parecía entender perfectamente las observaciones de Ely.

—Después Conrad entró a revisar cómo íbamos —continuó— y, cuando empezó a preguntarnos cosas, Ely mencionó una de mis ideas… pero habló de ella como si fuera suya.

Esta vez no sonó exactamente molesto. Más bien confundido.

—¿Y le preguntaste por qué hizo eso? —solté casi de inmediato, en un tono más duro de lo que pretendía.

—Sí, reina. Y lo minimizó diciendo que, después de pensarlo mejor, se dio cuenta de que sí tenía puntos bastante útiles —respondió, todavía con cierta incredulidad en la voz—.

Incluso dijo que mañana le aclararía a Conrad que había sido una propuesta mía, pero sinceramente me pareció innecesario.

No quiero verme como un niño reclamando porque su amigo obtuvo más mérito que él. Al final estamos trabajando juntos.

—Entonces, si realmente lo ves así, ¿por qué dices que el regreso fue incómodo? —pregunté, observándolo con atención. Sabía que había algo más detrás de sus palabras. Conocía demasiado bien a mi esposo como para no notarlo.

Greg guardó silencio unos segundos antes de responder.

—No lo sé… —admitió finalmente—. Solo sentí el ambiente raro. Forzado, de alguna manera.

Lo dijo más para sí mismo que para mí.

Después levantó la vista y añadió:

—¿Crees que mañana pueda llevarme el auto?

—Claro —respondí enseguida—. Ya ubiqué varios lugares a los que puedo ir caminando en caso de necesitar algo.

Asintió y me dio un beso de buenas noches.

Después hicimos lo que casi siempre hacíamos al final de cada día: dejar el resto del mundo fuera de la cama.

Las preocupaciones, el cansancio, las conversaciones pendientes…

todo parecía perder importancia cuando nos abrazábamos así, entre caricias lentas y besos tranquilos que poco a poco despejaban la mente.

También hicimos el amor, con esa naturalidad íntima que siempre había formado parte de nosotros, como otra manera de encontrarnos después de días largos y vidas agitadas.

No sé cuánto tiempo dormí antes de volver a escuchar mi nombre.

Abrí los ojos sobresaltada y miré hacia el balcón. Las persianas, que estaba segura de haber dejado cerradas antes de acostarme, permanecían abiertas de par en par. Más allá del ventanal no podía distinguir absolutamente nada. La niebla lo cubría todo, espesa, inmóvil, tragándose el paisaje entero.

Y, aun así, no entraba en la habitación.

Se mantenía justo del otro lado del vidrio, como si algo invisible le impidiera avanzar.

Me levanté lentamente, todavía adormecida, sintiendo un leve temblor en las manos mientras volvía a cerrar las persianas. El corazón me latía demasiado rápido para algo que probablemente tenía una explicación simple, pero aun así la sensación de inquietud permaneció adherida a mi pecho.

Regresé a la cama y me acerqué a Greg de inmediato. Él, todavía medio dormido, me rodeó con los brazos casi por instinto, atrayéndome hacia su cuerpo con ese calor familiar que siempre lograba tranquilizarme.

Después de eso, no recuerdo nada más.

La siguiente vez que abrí los ojos, la luz del sol atravesaba el ventanal del balcón y me daba directamente en el rostro.