Bajo la Niebla de Blue Ridge CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

Me fui de allí con una especie de satisfacción difícil de describir. Sentí que quizá habíamos encontrado un lugar donde no necesitábamos esforzarnos tanto para encajar. Blue Ridge empezaba a darnos algo que Nueva York nunca terminó de ofrecernos del todo: la sensación real de pertenecer.

Al llegar a casa, aproveché el silencio para seguir desempacando y poner algo de orden entre tantas cajas aún abiertas.

Cuando llegué al material fotográfico, no pude evitar emocionarme.

Separé cámaras, rollos y químicos con más cuidado del necesario, acomodando todo en la habitación que había elegido para convertirla en mi cuarto de revelado.

Solo eso bastó para hacerme sentir un poco más yo misma otra vez.

Cuando levanté la vista, ya había pasado el mediodía.

Me preparé un emparedado rápido y luego fui a darme una ducha. Apenas salí del baño, el celular vibró sobre la cama. Era Greg.

“Perdón por no escribir antes. Esto ha sido una locura, pero me está gustando mucho. El jefe parece bastante impresionado conmigo y no ha parado de llevarme de un lado a otro mostrándome cosas y explicándome proyectos.

Cuéntame, ¿cómo les fue en el colegio? ¿Qué tal tu primer día sola en casa? ¿Todo bien?”

Sonreí sin darme cuenta. Había estado tan concentrada organizando la casa que apenas había sentido el paso de las horas.

Greg y yo solíamos escribirnos constantemente, incluso después de tantos años juntos.

A veces parecíamos dos adolescentes incapaces de pasar mucho tiempo sin contarse cualquier detalle del día.

Le respondí enseguida, imaginando que probablemente no volvería a tocar el teléfono en toda la tarde.

“No te preocupes, amor. Trabaja tranquilo ❤️ Acá todo está bajo control. En el instituto nos fue excelente. Los chicos van a tomar el transporte de regreso porque tenemos una parada muy cerca de la casa. Yo acabo de comer y seguí arreglando algunas cosas de la mudanza. Todo marcha bien”

La respuesta llegó casi de inmediato.

“Eso suena perfecto. Pero por favor no te mates organizando todo hoy. Sal un rato, camina, conoce el lugar. Cuando lleguemos te ayudamos con el resto”

Sonreí otra vez antes de responder.

“Está bien, lo prometo ❤️ Te amo.”

“Te amo más”

Miré a mi alrededor intentando decidir qué hacer y entonces vi mi cámara.

Esa cámara. La sostuve entre las manos con cuidado casi automático; seguía siendo uno de los objetos más importantes que tenía, no solo por lo que significaba para mí la fotografía, sino porque había sido un regalo de mi madre.

Cada vez que la tocaba, era imposible no pensar en ella.

Salí al jardín con la cámara colgando del cuello y comencé a fotografiar las flores que apenas empezaban a abrirse entre los arbustos.

Luego dirigí el lente hacia el paisaje que se extendía detrás de la casa.

La vista era incluso más impresionante desde afuera.

Las montañas, cubiertas por capas suaves de niebla, parecían teñidas de un azul tenue y distante que hacía entender perfectamente por qué la región llevaba ese nombre.

Me dejé absorber por los encuadres, buscando la luz correcta, el ángulo preciso, perdiendo poco a poco la noción del tiempo entre el sonido del viento y el clic constante de la cámara.

Entonces escuché mi nombre a mi espalda.

Di un pequeño salto y me giré de inmediato, pero no había nadie.

El escalofrío fue instantáneo.

Casi al mismo tiempo, igual que la noche anterior frente al ventanal del balcón, un vaho blanquecino comenzó a deslizarse alrededor de mis pies, cubriendo lentamente la hierba hasta hacerla desaparecer de mi vista.

La niebla avanzó poco a poco a mi alrededor, densa, silenciosa.

No sentí frío; lo que me recorrió fue algo mucho más difícil de explicar, una mezcla de inquietud y desconcierto que me hizo contener la respiración mientras todo comenzaba a volverse blanco.

Retrocedí intentando regresar a la casa, pero tropecé con algo y caí de bruces sobre el césped húmedo. Solté un quejido ahogado y, al levantar la vista, la niebla había desaparecido por completo.

Todo estaba despejado otra vez.

Miré alrededor confundida, tratando de encontrar aquello con lo que había tropezado, pero no había nada en el suelo.

Me limpié las manos y me puse de pie todavía algo aturdida, dispuesta a entrar nuevamente a la casa, cuando escuché la voz de Natalie llamándome desde el jardín vecino.

Me acerqué a ella intentando dejar atrás la extraña sensación que todavía me oprimía el pecho.

—Hola, Val. ¿Cómo estás? —preguntó Natalie y, sin darme mucho espacio para responder, añadió—. Acabo de llegar de la tienda y pensé que quizá te gustaría salir un rato. Podría mostrarte algunas tiendas de la zona que seguro te van a servir.

Natalie tenía una tienda de productos orgánicos, medicinales y fitness. La había visto incontables veces en videollamadas, pero pensé que sería buena idea conocerla finalmente en persona. Además, la zona estaba rodeada de naturaleza y ya me imaginaba tomando fotografías por cada rincón.

—Me parece súper —respondí, sintiendo que salir un rato me ayudaría a despejarme—. Así conozco tu tienda y también un poco más de los alrededores. Déjame cambiarme y acomodar unas cosas de la cámara, quiero aprovechar para tomar algunas fotos.

—Claro —dijo con una pequeña sonrisa—. Te espero al frente.

Asentí y regresé a la casa, todavía intentando convencerme de que la extraña sensación de hacía unos minutos no había sido más que producto de mi imaginación.

Salí apenas diez minutos después, con la cámara colgando del cuello, y comenzamos a caminar por las calles de Asheville, la pequeña ciudad enclavada entre las montañas Blue Ridge donde ahora viviríamos.

La zona tenía algo difícil de explicar; una mezcla entre naturaleza salvaje y vida tranquila que hacía que todo pareciera moverse a otro ritmo.

Entendí de inmediato por qué tantas personas hablaban de Asheville como uno de los rincones más especiales de Carolina del Norte.

Además, la primavera empezaba a abrirse paso lentamente, tiñendo las calles y jardines de tonos rosados, púrpuras y verdes brillantes que parecían hechos para ser fotografiados.

No tardé en perderme detrás del lente.

Tomé decenas de fotografías: fachadas de pequeñas tiendas, cafeterías cubiertas de flores, jardines perfectamente cuidados y calles que parecían salidas de una postal.

Me sentía inspirada, ligera, genuinamente feliz.

Había algo en ese lugar que despertaba mi creatividad con una facilidad que no experimentaba desde hacía mucho tiempo.

Finalmente conocí la tienda de Natalie. Era exactamente como la imaginaba: cálida, organizada y llena de productos orgánicos, medicinales y fitness cuidadosamente acomodados en estanterías de madera clara.

Compré varias cosas para probarlas y no pude evitar reír cuando recordamos todas las veces que habíamos dicho que me enviaría productos a Nueva York y, por una razón u otra, nunca terminábamos coordinándonos.

Seguimos caminando por la zona comercial hasta que una vitrina en particular captó toda mi atención.

Era una tienda esotérica, llena de cristales, velas, cartas, pequeños frascos y adornos extraños cuidadosamente acomodados entre luces cálidas y plantas colgantes.

Sentí una curiosidad inmediata, casi una necesidad de acercarme un poco más.

Siempre me habían llamado la atención ese tipo de cosas.

Tenía algunas piedras, sahumerios y varias clases de incienso en casa, aunque en Nueva York nunca había prestado demasiada atención a ese mundo.

Allí, en cambio, todo parecía atraerme de una forma difícil de ignorar.

Me quedé observando la vitrina unos segundos más de la cuenta.

Entonces la puerta se abrió desde adentro.

Un hombre de nuestra edad aproximadamente nos sostuvo la puerta con una pequeña sonrisa, invitándonos a pasar.

A simple vista, no parecía encajar con el estilo de la tienda.

Vestía jeans, camiseta negra, tenis modernos y una sudadera oscura con capucha.

Lo único que parecía relacionarlo con el lugar era un colgante de cuarzo que descansaba sobre su pecho, acompañado de una pequeña rueda de dharma metálica.

Estuve a punto de entrar.

Pero Natalie reaccionó antes.

Negó de inmediato con la cabeza y tomó mi brazo con suavidad, aunque con suficiente firmeza para apartarme de la entrada.

—Aléjate de ese lugar —susurró cerca de mi oído mientras seguíamos caminando—. Esa gente practica cosas raras… y atrae energía negativa.

Me quedé con una ligera sensación de decepción.

La tienda me había despertado una curiosidad difícil de explicar, pero preferí no insistir.

Seguimos caminando y, poco a poco, volví a perderme detrás de la cámara, distraída por la sencillez encantadora de las calles de Asheville.

Había algo profundamente tranquilo en aquel lugar.

El aire se sentía más ligero, más limpio; no existía el ruido constante ni la presión agotadora de Nueva York.

Todo parecía moverse con calma, como si las personas allí realmente supieran detenerse a vivir.

Aun así, la tienda seguía rondándome la cabeza.

No me había provocado rechazo. Al contrario.

Y, por alguna razón, también sentí un poco de culpa por la forma en que Natalie había reaccionado con aquel hombre.

Pensé que quizá volvería otro día, sola, solo para mirar mejor.

No porque me interesara nada relacionado con la brujería —esas cosas siempre me habían inquietado bastante—, sino porque algo en ese lugar había logrado llamar mi atención de una manera muy extraña.

Cuando regresamos a casa, Greg y los chicos ya estaban preparando la cena. El aroma de la comida salía por las ventanas abiertas de la cocina y, apenas entré, sentí esa familiar sensación de hogar que tanto había buscado durante los últimos años.