Capítulo 40
Me enteré por terceros.
No fue Mario quien me lo dijo.
Fue un comentario lanzado al aire, una frase casual escuchada en la pizzería, una risa cómplice que no entendí hasta que alguien añadió, sin mala intención:
—Bueno, ahora que Mario se va a vivir contigo…
El mundo se detuvo un segundo.
Sonreí por educación, pero, por dentro, sentí un vuelco seco, incómodo.
No dije nada en ese momento. Llevábamos meses viéndonos, pero… no estábamos en ese punto. Yo no estaba en ese punto.
Terminé mi turno, me cambié con calma y me fui a casa con una sensación extraña, mezcla de sorpresa, invasión y alarma.
Yo no sabía nada de eso.
A la mañana siguiente decidí abordarlo.
Sin rodeos.
Sin reproches.
Con la madurez que había aprendido a base de golpes.
—Mario —le dije—, necesito que me expliques algo. ¿Por qué la gente cree que te vas a venir a vivir conmigo?
No se mostró incómodo.
Al contrario.
Pareció aliviado, como si llevara días esperando esa conversación.
—Porque quiero hacerlo —respondió—. Cada día estoy más enamorado de ti.
No lo interrumpí. Lo dejé hablar.
Continuó con entusiasmo, con esa intensidad que siempre había tenido, aunque ahora parecía más ordenada.
Dijo que entendía la diferencia de edad, que sabía que yo tenía una hija, que comprendía mi vida complicada.
Dijo que no pretendía sustituir a nadie ni imponer nada.
—He pensado que podríamos buscar un piso más cerca de la universidad de Begoña —añadió—. Un piso para los tres. Yo soy taxista, tú trabajas muchísimo… si unimos sueldos, podríamos empezar una vida nueva. Tranquila. De verdad.
Lo escuché en silencio.
Vi en sus palabras ilusión sincera.
Deseo de construir.
También vi prisa.
Mucha prisa.
Un proyecto diseñado sin haber sido hablado.
Un «nosotros» en el que yo aún no me había colocado.
—Mario —dije al fin—, agradezco lo que sientes. De verdad. Pero una vida no se empieza anunciándola a otros antes de hablarla con la persona implicada.
Bajó un poco la mirada, pero insistió.
—No quería presionarte… solo pensé que, con todo lo que llevas encima, podría ser una ayuda.
Negué despacio.
—Ahora mismo, lo que necesito es estabilidad, no cambios tan grandes. Y menos decisiones que no he tomado.
Asintió, aunque en su gesto había decepción.
—Piénsalo —dijo—. Yo estoy aquí.
No prometí nada.
Aquella misma tarde, Begoña llegó a casa con una noticia cargada de otra energía. Sonriente, nerviosa, como quien se lanza a algo nuevo.
—Mamá… he empezado a salir con alguien.
La miré con atención.
—¿Con Eduardo? —pregunté, sin sorpresa.
Asintió.
Habló de él con ilusión contenida.
De su piso, de su seguridad, de lo diferente que era todo a su alrededor.
Escuché, intentando no mezclar mi propia inquietud con la alegría legítima de mi hija.
Pero por dentro, todo se movía.
Dos anuncios.
Dos comienzos.
Dos vidas intentando avanzar a la vez.
Aquella noche me senté en el sofá, cuando la casa quedó en silencio, y pensé en lo rápido que otros parecían decidir por mí.
Mario proyectando una vida compartida.
Begoña entrando en una relación que volvía a poner sobre la mesa la diferencia social, económica, emocional.
Y yo, una vez más, en el centro, intentando sostenerlo todo sin perderme.
Tenía claro algo, al menos…
No iba a precipitarme.
No iba a vivir desde la urgencia ajena.
No iba a construir nada que no naciera también de mí.
La vida nueva no podía empezar como las antiguas: sin preguntas, sin pausas, sin voz propia.
Y esta vez estaba decidida a hablar antes de dar un paso que no pudiera desandar.
Los días siguientes, Mario siguió insistiendo en la necesidad de que yo no me viera sola.
Me pedía ese cambio, ofreciendo ser solo compañeros de piso inicialmente.
El tiempo diría si al final… había algo más.