Bajo la lluvia del dolor Capítulo 41
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Capítulo 41

Terminé cediendo.

No fue una decisión impulsiva ni romántica.

Fue cansancio.

Fue la necesidad de creer que, por una vez, la vida podría ser un poco más sencilla si se compartía el peso.

Acepté que Mario y yo empezáramos a buscar una casa juntos.

No como una promesa eterna, sino como un intento honesto de construir algo distinto.

Él estaba ilusionado.

Se volcó en la búsqueda con entusiasmo, hablando de barrios, de alquileres, de posibilidades.

Yo lo observaba con prudencia.

Había aprendido a no entregar el timón demasiado pronto.

Aun así, me permití imaginar una vida menos apretada, menos solitaria.

Una casa nueva.

Un comienzo más ordenado.

Un poco de descanso.

Mientras tanto, la relación de Begoña con Eduardo avanzaba a un ritmo que me inquietaba.

Cada día era más seria.

Más absorbente.

Más cerrada sobre sí misma.

Los fines de semana ya no eran en Murcia.

Eran en Madrid.

En la casa de los padres de Eduardo, en el barrio de Salamanca.

Begoña lo contaba con naturalidad, como si aquel mundo le perteneciera por derecho.

—Nos vamos el viernes y volvemos el domingo —decía—. Allí estoy más tranquila.

Asentía, pero por dentro algo se removía.

Había entendido mal desde el principio.

Eduardo no estaba en clase con Begoña, como yo había creído.

No compartían curso.

Ni siquiera carrera.

Él estudiaba Ciencias Políticas.

Coincidían en algunas asignaturas comunes dentro de la facultad.

Fue ahí donde se conocieron.

En esos espacios compartidos donde todo parece casual… y nada lo es del todo.

Empecé a atar cabos.

Eduardo no era un chico cualquiera.

Su familia tenía dinero. Mucho dinero.

Tenía independencia.

Tenía un mundo adulto demasiado accesible para una chica que aún estaba aprendiendo a serlo.

Y eso, más que tranquilizarme, me inquietaba profundamente.

Begoña volvía de Madrid distinta.

Más segura.

Más soberbia.

Más distante.

Más crítica con su propia vida.

Comparaba.

Medía.

Cuestionaba.

El piso le parecía pequeño.

La rutina, gris.

El esfuerzo, insuficiente.

No lo decía abiertamente, pero se notaba en los silencios, en los gestos, en esa impaciencia nueva que había empezado a instalarse en ella.

Intenté hablar con calma.

—No todo lo que brilla es estabilidad —le dije una noche—. A veces, el dinero también es una forma de control.

Se cerró.

—Siempre ves lo malo —respondió—. No sabes lo que es vivir sin preocuparte por nada.

Esa frase se me clavó como una espina.

Mientras Mario y yo visitábamos pisos, hacíamos cuentas y planeábamos mudanzas, sentía que mi hija se alejaba hacia un mundo que no comprendía del todo.

Un mundo cómodo, brillante, pero peligroso.

No por lo que tenía… sino por lo que exigía a cambio.

Mario hablaba de futuro.

Begoña vivía el presente sin mirar atrás.

Y yo, una vez más, estaba en medio.

Empecé a preguntarme si no estaba repitiendo patrones.

Si no estaba aceptando cambios demasiado grandes para no quedarme sola.

Si no estaba confiando demasiado en una estabilidad aún frágil.

Pero ya había dado el paso.

La búsqueda de casa avanzaba.

La relación de Begoña se intensificaba.

La vida parecía moverse deprisa otra vez.

Y aunque intentaba convencerme de que todo iba hacia delante, sentía en el fondo del estómago esa sensación conocida: la de estar entrando en un territorio donde algo importante podría romperse.

No sabía aún qué.

Ni cómo.

Pero sabía que el precio de equivocarme esta vez no lo pagaría solo yo.