Bajo la lluvia del dolor Capítulo 39
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Capítulo 39

Sin darme cuenta, empecé a tener compañía.

No fue algo planeado ni buscado.

Simplemente ocurrió.

Mario y Jorge comenzaron a formar parte de mi rutina diaria, de una manera casi natural.

Coincidíamos a menudo, aparecían al final de los turnos, compartíamos cafés rápidos o silencios cómodos.

Dos formas muy distintas de estar… y dos miradas puestas en mí.

Mario no disimulaba. Nunca lo había hecho.

Me decía que estaba guapa, que le alegraba verme, que pensaba en mí más de lo que debería.

Su interés era constante, visible, casi impaciente.

A veces rozaba el límite, pero ahora parecía contenerse, como si hubiera aprendido a no empujar.

Jorge era distinto.

Más discreto.

Más callado.

Su interés no se decía, se notaba en cómo me escuchaba.

En cómo esperaba a que terminara de hablar antes de responder.

En cómo estaba sin reclamar atención.

Yo lo percibía con claridad, pero no lo nombraba.

No quería nombrar nada todavía.

Seguía cansada.

Seguía trabajando de noche.

Seguía sosteniendo.

Pero quedaba con ellos cada día desde que salía de mi turno hasta las once y media, cuando llegaba a casa a engancharme a los auriculares.

Cada día un plan nuevo para que pudiera desconectar esas pocas horas.

Ya me habían presentado a todos los amigos de ambos, y sí, no era mi mundo, ni era lo que estaba acostumbrada a hacer.

Aquella presencia doble, tan diferente, rompía un poco la soledad.

No la solucionaba, pero la hacía menos densa.

Me mantenía alerta.

No quería volver a confundirme.

No quería elegir desde la necesidad.

Mientras tanto, Begoña vivía su propio mundo.

Una tarde, al volver de la universidad, anunció la novedad con un brillo especial en los ojos.

—Ha entrado un chico nuevo en clase. Se llama Eduardo. Viene de Madrid.

Levanté la vista.

Habló sin parar.

Contó que era educado, seguro, diferente.

Que tenía su propio apartamento, pagado por sus padres.

Que su familia tenía mucho dinero.

Muchísimo.

Lo decía sin envidia abierta, pero con una admiración que dolía escuchar.

—No vive en un piso compartido como los demás —añadió—. Tiene uno para él solo.

Entendí lo que no decía.

La brecha.

La diferencia económica volvió a hacerse visible, dolorosamente evidente.

No como antes, en forma de carencias básicas, sino como comparación constante.

Como sensación de estar siempre un paso por detrás.

De no poder ofrecer lo mismo.

Begoña empezó a mirarse a sí misma con otros ojos.

A medir su ropa, sus cosas, su vida.

Eduardo se convirtió en un espejo incómodo donde todo parecía insuficiente.

Sentí un nudo antiguo en el estómago.

Sabía que esa comparación podría ser peligrosa.

Que el dinero no solo marca posibilidades, también marca complejos, silencios, vergüenzas.

Temía que mi hija empezara a avergonzarse de la vida que tanto había costado sostener.

Esa noche, mientras preparaba algo rápido para cenar antes de volver al turno nocturno, pensé en lo extraño que era todo.

Por un lado, dos hombres jóvenes orbitando a mi alrededor, cada uno a su manera.

Por otro, una hija empezando a mirar el mundo desde un lugar donde el dinero parecía decidirlo todo.

La vida no se detenía.

Solo cambiaba de forma.

No sabía aún qué lugar ocuparía cada persona en mi historia.

Ni Mario, ni Jorge, ni Eduardo.

Pero intuía que algo se estaba moviendo.

Que las decisiones que vendrían no serían solo sentimentales, sino profundas.

Y mientras me ponía los auriculares para empezar otra noche de trabajo, tuve claro algo esencial: no quería que ni mi hija ni yo volviéramos a sentirnos menos por lo que no teníamos.

No después de todo lo que habíamos sobrevivido.

El reto ya no era huir.

Ni siquiera resistir.

Ahora tocaba enseñar a vivir sin compararse.

Y no sabía cómo hacer eso.

No sabía cómo enseñarle a mi hija que no solo debía rodearse de amigas «con pedigrí», que era lo que hasta ahora estaba haciendo.

Cada vez que iba a estudiar a casa de una compañera, volvía elogiando todo lo que esa «amiga» tenía.

Que su padre era psicólogo.

Que su madre, notario.

—Claro, mamá, no son como nosotras.

Y Eduardo, mamá, tiene un coche precioso… ¡y su ropa! Todo de marca.

¿Cómo podía frenar eso?

Sinceramente, no sabía cómo hacerlo.

Estaba tan cansada.

La vida no me estaba dando tregua.

A veces tenía la sensación de que avanzaba imparable, sin darme margen para elegir ni decidir, arrasando con todo.

Sobre todo con mi mundo.

Con mis ilusiones.

Una y otra vez.