Capítulo 38
Begoña empezó la universidad como quien entra en una carrera que no admite dudas.
Estudiaba, exigía, reclamaba.
Cada vez más.
Quería libros nuevos, materiales, ropa adecuada, transporte, café fuera de casa, una vida que no contemplaba límites.
La observaba con una mezcla de orgullo y vértigo. Quería que tuviera oportunidades, pero sentía cómo el precio de sostenerlas me iba dejando sin aire.
Las exigencias no venían envueltas en gratitud.
Venían como obligaciones asumidas.
—Es lo mínimo —decía Begoña—. No puedo estudiar así.
Yo no discutía.
Hacía cuentas.
Volvía a hacerlas.
Buscaba soluciones donde ya no parecía haberlas.
Y encontré una que sabía que iba a pasarme factura.
Empecé a trabajar desde casa en una línea de atención telefónica.
Turno nocturno.
De doce de la noche a cinco de la mañana.
La única forma de llegar a todo.
La única forma de sostener lo insostenible.
Las noches se llenaron de voces ajenas, de problemas que no eran míos, de reclamaciones dichas con enfado o desesperación.
Atendía una llamada tras otra, con los auriculares puestos y una taza de café que se enfriaba siempre antes de terminarla.
Dormía poco.
Comía mal.
Vivía cansada.
Por las mañanas, cuando Begoña salía hacia la universidad, me iba a la ducha con el cuerpo agotado y la cabeza todavía en alerta.
Dormía a ratos, mal, con sueños fragmentados.
Me levantaba sin fuerzas, como si hubiera pasado una noche en vela… porque así era, en realidad dormía cuatro horas cada noche.
No me quejaba.
No pedía ayuda.
Seguía.
Mientras tanto, sin prisas, sin anuncios, Mario empezó a colarse en mi vida.
No como antes.
No con frases grandes.
No con insistencias torpes.
Empezó con gestos pequeños.
Coincidencias.
Conversaciones breves al final del turno.
Un «¿cómo estás?» dicho sin doble intención.
A veces se ofrecía a acompañarme hasta la puerta cuando salía tarde.
Otras, simplemente estaba.
Lo notaba, pero no reaccionaba.
No ponía barreras nuevas ni abría puertas viejas.
Observaba.
Escuchaba.
Medía.
Mario había cambiado.
O al menos eso parecía.
No llegaba borracho.
No hablaba de promesas.
No pedía nada.
Su presencia era discreta, casi cuidadosa.
Como si hubiera aprendido que, conmigo, el ruido sobraba.
Había noches en las que, al colgar la última llamada de atención telefónica, me quedaba sentada en la oscuridad del salón, con la casa en silencio.
Pensaba en el cansancio que ya no se iba.
En cómo la vida parecía exigir siempre un poco más.
En cómo, incluso cuando una cree haber llegado a un punto de estabilidad, algo vuelve a descolocarlo todo.
Y pensaba también en ese alguien que estaba entrando despacio, sin empujar, sin exigir explicaciones.
No sabía si tenía espacio para nada más.
No sabía si quería tenerlo.
Pero empezaba a entender que no todo lo que llega busca ocuparlo todo.
Que hay presencias que no reclaman protagonismo.
Que a veces, alguien se cuela en tu vida no para salvarte, sino para acompañarte mientras sigues sosteniendo.
Aquella madrugada, mientras el reloj marcaba las cuatro y media y una voz desconocida se despedía al otro lado del teléfono, me quité los auriculares y cerré los ojos unos segundos.
Estaba agotada.
Pero seguía en pie.
Y aunque no lo supiera aún, algo estaba cambiando de forma silenciosa, como cambian las cosas que no vienen a romper… sino a quedarse si se les permite.