Bajo la lluvia del dolor Capítulo 6
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Capítulo 6

Crecí creyendo que lo peor ya había pasado.

Que una vez cruzada cierta línea, la vida empezaba a ser más amable por pura lógica.

Nadie me explicó que el pasado no se queda atrás solo porque una avance.

A veces camina a tu lado.

Otras, se instala dentro.

Aprendí a moverme por el mundo con prudencia. Demasiada.

Y, curiosamente, dando la imagen de ser una persona impulsiva y alocada. Todos tenían esa imagen de mí.

Medía cada palabra, cada gesto, cada paso.

No quería llamar la atención, pero tampoco desaparecer.

Vivía en ese equilibrio frágil entre estar y no estar, entre querer algo y no atreverme a pedirlo.

Las relaciones sociales empezaron a formar parte de mi vida como algo inevitable.

Me acercaba a las personas con cautela, como quien se aproxima a un animal herido sin saber si va a morder.

Me costaba confiar.

Me costaba entregarme.

Y, sin embargo, necesitaba sentir que alguien me veía de verdad.

Había momentos en los que confundía la intensidad con el cariño o la empatía.

El control con el interés.

El miedo con la atracción.

No porque no supiera distinguirlos, sino porque era lo único que había conocido.

El cariño tranquilo me resultaba extraño.

Casi sospechoso.

Me descubrí aceptando cosas que no me apetecía hacer solo por no estar sola.

Cediendo antes de tiempo.

Callando cuando algo me incomodaba.

Agradeciendo migajas emocionales como si fueran regalos.

Esto generó amistades interesadas, personas que siempre buscaban un favor, un contacto, algo que ellas querían y yo podía dar.

Y cada vez que lo hacía, algo dentro de mí se encogía un poco más.

Seguía siendo fuerte hacia fuera.

Esa fortaleza aprendida seguía funcionando como una armadura eficaz.

Nadie imaginaba la lucha constante que llevaba por dentro.

Nadie veía el cansancio.

Nadie sabía lo difícil que era, a veces, simplemente respirar sin culpa.

El miedo no se había ido; solo había cambiado de forma.

Ya no gritaba.

Susurraba.

Me hacía dudar de mí misma, de mis decisiones, de mi derecho a decir no.

Me empujaba a pensar que quizá estaba exagerando, que quizá lo normal era adaptarse, aguantar, comprender.

Pero había algo nuevo creciendo en mí.

Muy despacio.

Muy frágil.

Una intuición.

Una voz pequeña que empezaba a decirme que merecía algo distinto.

Que no todo tenía que doler.

Que el amor o la amistad no deberían dar miedo.

No siempre la escuchaba.

A veces la silenciaba por costumbre.

Otras, por cansancio.

Pero estaba ahí.

Y cada vez hablaba un poco más alto.

Empecé a comprender que sanar no es olvidar.

Es recordar sin que duela tanto.

Es aprender a poner límites sin sentirse culpable.

Es aceptar que una puede necesitar ayuda y que eso no la hace débil.

Yo aún no sabía cómo hacerlo.

Pero empezaba a sospechar que mi historia no tenía por qué terminar donde había empezado.

Y aunque seguía caminando con cuidado, ya no lo hacía completamente a oscuras.