Bajo la lluvia del dolor Capítulo 5
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Capítulo 5

El cambio de casa no borró nada, pero movió el escenario.

Y a veces eso es suficiente para empezar a respirar un poco mejor.

Nuevas calles, nuevos ruidos, otras ventanas desde las que mirar el mundo.

Yo seguía siendo la misma, pero el entorno ya no me devolvía constantemente a lo que había sido.

Intenté vivir como una chica de mi edad. O, al menos imitarlo.

Volví a sonreír en público, a hacer planes pequeños, a fingir que todo estaba bien.

Aprendí rápido que la normalidad también se puede representar.

Nadie me preguntaba demasiado, y yo tampoco ofrecía respuestas.

El silencio seguía siendo mi refugio.

Y el caos alrededor quizás era un poco menos evidente.

Nos habíamos trasladado a una zona residencial de mi ciudad.

Mis padres habían crecido mucho económicamente, en casa ya solo estábamos Irene, Ana y yo.

Mis padres viajaban sin parar, por lo que seguíamos al cuidado de Irene, que, aunque vivía allí con su marido, las broncas entre ellos eran muy continuas.

Los malos tratos de su marido hacia Irene, también lo eran.

Siempre por el mismo tema: la bebida.

Sí, el marido de Irene bebía demasiado y, cuando llegaba a casa, todo estaba mal.

Yo, no me sentía con fuerzas para intervenir, ni sabía cómo hacerlo.

Tenían dos niños; dos pequeños que, al igual que yo, estaban creciendo entre gritos y malos tratos.

Por eso, cuando «comenzaba la fiesta», los cogía a los dos y me los llevaba a un parque cercano. Era mi pobre manera de protegerlos.

Pero el pasado no entiende de mudanzas.

Había días en los que me sentía ligera, casi libre, y otros en los que el miedo regresaba sin avisar.

Cualquier gesto, cualquier tono de voz, cualquier mirada un poco más insistente bastaba para devolverme a lugares de los que creía haber salido.

Mi cuerpo reaccionaba antes que mi cabeza.

Me tensaba.

Me cerraba.

Me protegía.

Descubrí que el daño no siempre se nota por fuera.

Que una puede seguir caminando mientras por dentro algo sigue roto.

Yo no sabía cómo arreglarlo.

Solo sabía seguir adelante, como había hecho siempre.

Empecé a desconfiar del cariño.

Del contacto.

De las promesas, que casi nunca se cumplían.

Como cuando mi cuñado le prometía a Irene que iba a cambiar, que iba a trabajar, que iba a dejar la bebida después de cada episodio de malos tratos y voces injustificados.

Me costaba creer que alguien pudiera acercarse sin pedir nada a cambio.

Aun así, había en mí un deseo silencioso de vivir algo distinto.

De demostrarme que no todo tenía que doler.

La lluvia seguía acompañándome.

A veces caía fuera; otras, dentro.

Pero ya no la veía solo como amenaza.

Había aprendido que también podía limpiar, arrastrar lo viejo, dejar espacio para algo nuevo.

No estaba curada.

No estaba a salvo del todo.

Pero estaba en movimiento.

Y por primera vez desde hacía mucho tiempo, eso era suficiente