Capítulo 7
La paz llegó sin hacer ruido.
No fue una felicidad desbordante ni una alegría espectacular, sino algo mucho más discreto y valioso: una tranquilidad relativa que me permitió, por fin, bajar la guardia un poco.
Durante esos años empecé a construir una rutina que no dolía.
Me apunté a un grupo de costura casi por casualidad, sin imaginar que aquel gesto sencillo acabaría sosteniéndome.
Allí encontré mujeres distintas, con historias propias, con manos pacientes y conversaciones sin prisas.
Coser se convirtió en una forma de estar presente, de concentrarme, de ordenar por fuera lo que por dentro seguía a veces revuelto.
Los fines de semana salía con ellas.
Íbamos a bailar, a reír, a ocupar el espacio sin miedo.
Bailar me hacía sentir ligera, libre, viva.
Era uno de los pocos momentos en los que mi cuerpo no estaba en alerta constante, en los que podía moverme sin pensar, sin anticipar.
Yo no bebía alcohol. Nunca.
No era una decisión casual, ni una moda.
Era memoria.
Sabía lo que el alcohol podía hacer en la mente humana, cómo podía transformar a las personas en algo irreconocible, en verdaderas bestias.
Había visto demasiadas veces cómo una copa abría la puerta a la violencia, a la pérdida de control, a la crueldad sin filtros.
Mis amigas lo respetaban sin preguntas.
Y ese respeto también era nuevo para mí.
Aquellas salidas de los sábados se convirtieron en un estímulo, en un aliciente inesperado.
Me recordaban que podía existir fuera del miedo, que había espacios donde no tenía que justificarme ni protegerme constantemente.
No era una vida perfecta, pero era mía.
Por primera vez en mucho tiempo, empecé a pensar que quizá había encontrado un equilibrio.
Que, tal vez, el pasado se había quedado atrás lo suficiente como para no marcar cada uno de mis pasos.
Me permití creer que aquella calma podía durar.
No sabía entonces que la vida, a veces, concede treguas.
Y que, incluso en los periodos de paz, el destino sigue observando en silencio.