Capítulo 2
Los años fueron pasando, como pasan siempre: sin pedir permiso.
Los hermanos mayores empezaron a casarse, uno tras otro, como marcaba la costumbre.
Pero aquellas bodas no trajeron ni pan ni serenidad a aquella casa de locos. Al contrario: cada despedida dejaba un hueco nuevo, y cada regreso —porque siempre regresaban— añadía un conflicto más.
Uno de mis hermanos se casó con alguien que nunca encajó en los deseos de mis padres. Tal vez ellos veían algo que los demás, por ser más jóvenes, no éramos capaces de detectar.
O quizá solo era miedo a perder el control de lo poco que aún sostenían.
Fuera como fuera, la guerra estaba servida.
Las discusiones se volvieron más frecuentes, más duras, más visibles.
Nada se resolvía; todo se acumulaba.
Mi hermana mayor también se casó, y ese matrimonio fue una herida abierta.
No tuvo buena vida.
Se unió a una persona maltratadora, y aunque el dolor era evidente, entonces no sabíamos ponerle nombre.
Se callaba, como se callaban tantas mujeres.
Aguantaba, como se esperaba que aguantaran.
Y aun así, seguía siendo el pilar de aquella casa.
No era mi hermana de padre, solo de madre, pero eso nunca importó Para nadie —para todos éramos una familia de once hermanos, aunque algunos sola fueran primos, o.… nada.
Ella era quien nos cuidaba.
La que estaba.
La que sostenía.
La que hacía de madre cuando la nuestra no podía.
Mis padres pasaban la vida trabajando o viajando. La necesidad mandaba, y el cansancio también. Y la casa quedaba así en manos de quien tenía poca edad para tanta responsabilidad.
Así que sí, fue ella quien nos dio de comer, quien nos protegió como pudo, quien puso orden en medio del caos.
Yo la miraba y aprendía.
Aprendía a cuidar antes de saber cuidarme.
Aprendía a callar antes de saber hablar.
Aprendía, sin saberlo, que el amor también podía doler.
Y así, mientras los adultos sobrevivían como podían y los mayores se rompían en silencio, yo fui creciendo en una casa donde el amor existía, pero siempre llegaba cansado, tarde o herido.
Nadie me enseñó a sentirme a salvo.
Solo aprendí a mantenerme en pie.
Aquella infancia no me hizo fuerte.
Me hizo alerta.
Aprendí a leer los gestos antes que las palabras, a anticipar los gritos antes de que estallaran, a desaparecer emocionalmente para no estorbar.