Capítulo 3
Mi cuerpo estaba allí, pero por dentro me iba retirando poco a poco, como quien se protege del frío cerrando todas las ventanas.
La soledad empezó a crecer en mí sin que nadie la nombrara.
No era estar sola; era sentir que no había un lugar donde descansar del todo.
Me acostumbré a cargar con cosas que no entendía, con silencios que no eran míos, con una tristeza que no sabía explicar.
Y, aun así, seguía adelante.
Siempre hacia adelante.
Porque, en mi mundo, detenerse no era una opción.
La adolescencia llegó sin avisar, como llegan casi todas las cosas importantes en la vida.
No fue una etapa de descubrimientos felices, sino un territorio confuso donde todo dolía un poco más y nada tenía nombre.
Mientras otros aprendían a rebelarse, yo aprendí a adaptarme.
Mientras otros gritaban, yo callaba.
Mi fortaleza seguía siendo invisible y, mi fragilidad, un secreto que guardaba con celo.
Nadie parecía darse cuenta de que por dentro empezaba a romperme despacio.
Fue entonces cuando comprendí que la lluvia ya no solo caía fuera.
Había empezado a lloverme por dentro.
Me había convertido, con tan solo catorce años, en toda una mujer. Morena, ojos claros, pechos demasiado grandes para mi menudo físico y mi edad.
Los amigos de mi padre me miraban con lascivia, e incluso hay quien llegó mucho más allá.
Un conocido de ellos me obligó a convertirme en su compañera, a salir con él cada semana de su brazo, a fingir que era su novia complaciente. Tal fue su obsesión conmigo que llegó incluso a amenazarme.
Si no salía con él, su hermano mataría a mi madre.
Me llevaba quince años y nadie en mi entorno entendía ese amor repentino. No lo entendía ni yo misma, pero tampoco podía explicar que era una relación totalmente impuesta donde no había cabida para un «no» por respuesta, ya que las consecuencias podían ser muy notorias.
De hecho, no era raro que me golpeaba ante cualquier negativa.
A mí, esa situación me desbordaba, me aterrorizaba. Bajé del todo mi rendimiento académico, lo que mis padres achacaron a pereza o desgana.
Mientras yo me derrumbaba, esta persona presumía de novia delante de sus amigos sin ningún reparo.
La situación se prolongó durante tres largos años en los que, bajo amenazas, patadas y empujones contra la pared, seguimos «siendo novios».
Me obligaba a mantener relaciones sexuales con él.
Siempre coaccionada, siempre siendo un mero objeto de desahogo; incluso, un día, me llevó a que su familia me conociera.
Para mí fue el derrumbe total.
Su madre, viuda, era una persona que vivía en una casa llena de suciedad y desorden porque, según me dijo mi supuesto novio —Ernesto—, ella no veía para limpiar, pero cada tarde se iba al casino a jugar, y para eso... sí que veía.
Ernesto tenía dos hermanos. Uno acababa de salir de la cárcel por haber matado a su mujer, y, el otro, se estaba recuperando de un apuñalamiento en un ajuste de cuentas.
Ninguno d ellos cuatro dejó de repetirme lo necesaria que era yo en esa casa para poner todo limpio y en orden ya que la mamá no podía hacerlo, la pobre.
Mi desolación y terror no conocía límites, yo solo quería salir corriendo y no parar jamás.
Hasta mi casa me parecía el paraíso viendo aquello, y me querían meter allí.
Tenía que evitarlo. No podía dejarme llevar por esa vorágine; por mucho miedo que me diera, tenía que salir de esa situación.
Aquella noche entendí que el miedo no iba a matarme, pero quedarme… sí.
Me miré al espejo y no reconocí a la joven que me devolvía la mirada: tenía diecisiete años y los ojos de alguien que había envejecido demasiado rápido.
Por primera vez, no pensé en lo que me harían si decía «no».
Pensé en lo que me pasaría si seguía diciendo «sí».
No tenía un plan.
No tenía ayuda.
No tenía a nadie.
Pero tenía algo nuevo, algo peligroso y poderoso a la vez:
la certeza de que quería vivir.
Y, cuando una decide vivir, aunque no sepa cómo, el miedo empieza a perder fuerza.
Esa fue la noche en la que dejé de ser solo una víctima.
La noche en la que, sin saberlo aún, empecé a huir.
La noche en la que decidí que las cosas tenían que cambiar para mí.
No tenía ayudas, no se lo podía contar a nadie ni podía hacer a nadie partícipe de esa situación por miedo a las consecuencias sobre mi familia, ya que esa era la constante amenaza.
Pero la realidad era que no podía más.
No podía soportar seguir con ese problema que cada día pesaba como una losa; una carga demasiado pesada para una persona tan joven.
Y se estaba alargando demasiado en el tiempo.
Esa noche tomé la decisión.
Si mi vida iba a ser así, no quería seguir.... Aquí se acababa todo.
Busqué entre los medicamentos que se guardaban en un armario de casa y me tomé un frasco entero de algo que no recuerdo qué era, no tenía cabeza para andar eligiendo.
Las lágrimas nublaban mi vista y mi razón.
El corazón... creo que en algún momento dejó de latir, aún antes de tomarme ese frasco de pastillas.