Bajo la lluvia del dolor Capítulo 1
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Bajo la lluvia del dolor

Bajo la lluvia del dolor

Por Lola Vega

© inepub.com

Capítulo 1

Me llamo Aurora.

Nací en los años sesenta, en una familia poco convencional incluso para aquella época.

En mi casa éramos once hermanos, aunque no todos lo éramos.

Once.

Dicho así, parece un número sin alma, pero cada uno traía consigo una historia. Una herida. Una manera distinta de sobrevivir.

Los recursos eran escasos, discutibles incluso, y la familia no estaba unida por la sangre de una sola raíz.

Mi padre era viajante y siempre estaba fuera de casa.

Su hermano y su cuñada habían fallecido en un accidente de coche y mi padre trajo consigo a sus cinco hijos.

Mi madre era viuda, había perdido a su primer marido y tenía cuatro hijos cuando decidió volver a intentarlo con él.

De ese matrimonio nacimos mi hermana Ana y yo.

Yo fui la pequeña. La última en llegar. Pero no por eso la más cuidada, ni la más protegida, como se tiende a pensar.

En mi casa no había espacio para privilegios, solo para sobrevivir.

El hogar estaba lleno de voces.

Demasiadas.

Gritos, discusiones, problemas que se colaban por las paredes como la humedad.

No recuerdo silencios largos ni palabras suaves.

Recuerdo tensión.

Recuerdo a mi padre pegando a mi madre cuando estaba demasiado alterado, e incluso arrastrándola por el pasillo agarrada de los pelos.

Recuerdo miedo.

Recuerdo querer desaparecer.

Cuando aquello sucedía —y sucedía a menudo— yo buscaba refugio en el balcón, allí era invisible.

Salía despacio, casi sin hacer ruido, y me apoyaba en la barandilla.

Miraba pasar a la gente por la calle.

No quería ver.

No quería escuchar.

Solo necesitaba que el mundo siguiera avanzando sin mí durante unos minutos.

Allí, bajo el cielo abierto, aprendí a callar.

Y sin saberlo, también aprendí a sentir las lágrimas que empapaban mi rostro, escondida bajo el amparo de ese balcón. A veces también salía al balcón simplemente a ver caer la lluvia.

A lo largo de los años, aprendí a parecer fuerte.

No porque lo fuera, sino porque no había otra opción.

La fortaleza fue una máscara que me fabriqué con silencios, con gestos contenidos, con una sonrisa aprendida a fuerza de necesidad.

Por fuera resistía; por dentro me quebraba despacio.

Nadie veía la fragilidad que me habitaba.

Nadie escuchaba el eco de la soledad que llevaba clavada en el alma como una espina que no se puede arrancar sin sangrar.

Yo misma aprendí a no mirarla de frente, a convivir con ella como quien se acostumbra a la lluvia: sabiendo que empapa, pero fingiendo que no molesta.

Así crecí.

Sosteniéndome en una fuerza prestada.

Caminando con una soledad inmensa a cuestas.

Y creyendo, durante demasiado tiempo, que sentir así era lo normal.