Bajo la encuadernación (Las siete casas 1) CAPÍTULO 23 — LO QUE HONOR HABÍA ENCONTRADO
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CAPÍTULO 23 — LO QUE HONOR HABÍA ENCONTRADO

Walter Budd ya tenía una llave de su manojo ante la cerradura del armario cuando Lise habló.

—Sospeché de usted.

La llave se quedó donde estaba, a un dedo del latón. Luego la mano descendió, despacio, y él se volvió.

Estaban en el dormitorio de Honor. Había entrado él primero, un poco después de las nueve, por la enfilada, dando los buenos días y nada más, y había ido derecho al fondo, junto a la cómoda, donde una puerta de armario, pintada del color de la pared, apenas se distinguía de ella.

Lise no la había visto en enero. Había visto la cama estrecha hecha a escuadra, la cómoda, las fotografías en sus marcos de plata empañada, y nada en la pared; una puerta que no se distinguía de la pared, la había tomado por la pared.

Había dado vueltas a su frase desde el jueves, en el taxi, en la cocina, de noche, y se había prometido decirla antes de que él abriera.

—El día en que la Fundación habló de la capilla —prosiguió—.

Creí que había sido usted. Había visto el libro salir de la capilla, lo había visto sobre mi mesa.

No le dije nada. Lo miré, en la cocina, y usted lo vio.

No era usted. Era yo. Había escrito a alguien, por una cuestión de papel, y le había dicho de dónde venía el manuscrito.

Se detuvo. Tenía las manos apretadas una contra otra, ante ella, como se sostiene una cosa que se va a devolver.

Walter Budd la miró.

—Lo sé —dijo.

Eso fue todo. No pidió disculpas ni dijo que no había de qué.

Tampoco dijo lo que sabía: que ella había sospechado de él, o que se había equivocado, o las dos cosas.

Lise no se lo preguntó. La vergüenza le subió al rostro, entera, una última vez, luego sintió que algo cedía bajo ella, como cede una costura demasiado tensa cuando por fin se suelta el hilo, y no era una caída. Era alivio.

Él se volvió hacia el armario y giró la llave.

Tras la puerta había dos baldas, ropa blanca doblada en la de arriba, y en la de abajo tres cajas del mismo formato, del mismo gris que las cajas del despacho y algo más grandes, cada una con su etiqueta.

Walter Budd las sacó una tras otra y las puso sobre la cama, sobre la colcha tendida, bien a escuadra, dejando entre ellas el ancho de una mano.

No las había traído de lejos. Las había sacado de la sombra y puesto a la luz, y eso era lo que había prometido.

Lise reconoció la letra antes de leer las palabras.

El lápiz, la nitidez sin enmiendas, la plantilla cortada del mismo cartón que el de las etiquetas del salón y el de las cajas del despacho.

Prensa. Censo. Inglaterra. En la segunda: Archivos.

Respuestas. La tercera era más vieja que las otras, el gris más pasado, las esquinas ablandadas, y su etiqueta no llevaba más que una palabra: Hawthorne.

Ningún año en ninguna parte. Honor había clasificado por temas, como sus libros.

En el inventario del bufete, cabían en una línea, que Lise había recorrido en febrero sin detenerse: tres cajas, papeles personales.

—Buscaba a una de las niñeras —dijo Walter Budd—. No sé a cuál.

Lise lo miró.

—¿Ella le había pedido que me las diera?

—No.

No añadió nada. Lise esperó, luego preguntó por qué hoy, y él miró las cajas en vez de a ella.

—No ha vendido.

Era un hecho, y lo puso como ponía los otros. Lise creyó oír el resto, que no diría: la libreta que se había quedado en la casa, la Fundación remitida al bufete, una mujer que no había firmado nada. Había esperado a ver. Había visto lo que había que ver, y había abierto el armario.

Fue a buscar al salón una de las dos sillas de rejilla y la puso junto a la ventana, que daba al jardín de Honor, los bojes recortados, el murete. Se sentó. Puso el gorro sobre la rodilla. Lise cogió la otra silla y la puso a los pies de la cama.

Abrió la primera caja.

Contenía carpetas de papel fuerte, beige, etiquetadas también, colocadas de pie, apretadas.

No las sacó. Las hizo pasar una a una bajo el pulgar, leyendo las etiquetas, para saber lo que había antes de tocar nada, como habría hecho con un fondo que se le confiara.

Walter Budd, junto a la ventana, no decía nada.

En el jardín, tras él, un mirlo revolvía las hojas al pie de los bojes.

Se quedaron así toda la mañana, él mirando el jardín, ella mirando etiquetas, en el dormitorio de una mujer muerta hacía tres meses que había pasado sus últimos inviernos buscando a alguien.

* * *

El martes, abrió la carpeta marcada Censo .

Había dentro una sola hoja, una impresión de oficina, doblada en dos, algo gris.

Lise la desdobló sobre la colcha, y la reconoció antes de haberla leído.

Era el documento del Home. La misma reproducción que la que había encontrado el 2 de marzo, salida de otra impresora, con otros grises, los mismos seis nombres.

En el margen, a lápiz, de la mano de las etiquetas, dos palabras.

la séptima

Un trazo de lápiz partía de las dos palabras y corría hasta el borde de la hoja, donde un alfiler sujetaba otra pieza, más pequeña.

No había nada más. Ni una anotación en otra parte, ni una cifra, ni un signo de interrogación.

Honor había contado las niñeras, había encontrado seis, y había escrito la que no estaba.

Lise se levantó sin decir nada, atravesó la enfilada y el vestíbulo, fue a buscar su libreta a la cocina. La copia impresa de su captura del 2 de marzo estaba metida dentro, doblada al formato de las páginas. Volvió, la desdobló y la puso sobre la colcha, junto a la de Honor, borde contra borde.

Dos imágenes del mismo documento, con años de distancia.

Dos mujeres que no se habían visto nunca se habían inclinado sobre las mismas líneas y habían hecho la misma cuenta.

Seis. Lise, por su parte, tenía la cifra de una primera línea, escrita en un dormitorio y escondida en una capilla: Éramos siete en la nursery cuando comenzó el siglo.

Honor no había tenido el diario. Lise no sabía de dónde sacaba la suya.

Miró largo rato las dos palabras a lápiz, el ordinal sin nombre, que designaba a una mujer por su sola ausencia.

Abrió la libreta por la página del 2 de marzo.

Su propia línea estaba allí, escrita esa noche con un trazo que ahora le parecía demasiado marcado: 7 en el diario.

6 el 31 de marzo. Falta Rose. Una frase de informe, con sus cifras y su conclusión.

Honor no había escrito ni cifra ni conclusión.

Había escrito un sitio vacío, y lo había ligado a algo.

Lise dejó la libreta abierta entre las dos hojas, y tuvo, por primera vez, la sensación de no estar sola en esa mesa, ni de ser la primera.

Walter Budd, junto a la ventana, no preguntó qué miraba.

Quitó el alfiler. La pieza sujeta era una copia de periódico, una columna estrecha, y Lise no necesitó leerla: se la sabía de memoria.

El título en mayúsculas, MUERTE DEL DIRECTOR DEL HAWTHORNE HOME.

La caída por la escalera, la investigación del coroner, la muerte accidental.

Luego el segundo párrafo, por la mañana, la desaparición de una niñera, Rose Tennant, dieciocho años, buscada por un robo de dinero.

Era el artículo de Chippenham, palabra por palabra.

Honor no había escrito nada en él. Solo había subrayado, con un trazo de lápiz, un nombre.

El trazo partía de la séptima y llegaba allí.

Detrás, en la misma caja, otra carpeta llevaba la etiqueta Inglaterra , y era gruesa.

Lise pasó en ella la tarde. Eran vaciados a lápiz, en hojas de papel cuadriculado: Rose Tennant, varias, cada una en su línea con una edad y un condado, y cada una tachada con un trazo limpio, con al final dos palabras, No es ella .

Las hojas se sucedían. Las edades no cuadraban, o los lugares, o las fechas.

Honor no tenía otra cosa que buscar que un nombre y una edad, los del artículo, dieciocho años en 1901.

No sabía que Rose había nacido un 9 de septiembre.

No sabía nada de Salisbury, ni de Dieppe.

Lise conocía ese trabajo. Lo había hecho tres días ante una pantalla, en la cocina, con los ojos ardiendo, un registro de Dieppe tras otro, y sabía lo que cuesta tachar una línea en la que se había puesto la esperanza.

Honor había tachado páginas. El lápiz no temblaba; los trazos eran rectos, trazados con regla quizá, y cada No es ella estaba escrito como el anterior, sin impaciencia.

Al pie de la última hoja, bajo el último trazo, había una línea sola.

Después de 1901: ninguna.

* * *

El miércoles por la mañana, abrió la segunda caja.

Eran cartas, colocadas en el orden en que habían llegado.

Cartas de archivos, de oficinas de condado, de centros de los que Lise solo conocía el nombre, en papeles con membrete de todos los colores; y entre ellas, el membrete del centro de Chippenham, donde había leído la misma columna de periódico bajo una ventana alta.

Todas decían lo mismo con otras palabras.

Lo lamentaban. No habían encontrado nada.

Quedaban a disposición de Miss Fenn. Algunas eran largas y buscaban consolar; otras cabían en tres líneas.

Una o dos proponían otra dirección, otra oficina, y la carta siguiente venía de esa oficina, y decía lo mismo.

En cada una, en el ángulo, Honor había escrito a lápiz una sola palabra, Nada , y a veces nada en absoluto.

Lise las leyó todas, por orden. Las últimas estaban en un papel más delgado, cartas impresas más que escritas, y la letra de Honor, en los ángulos, se hacía más grande y menos segura.

Sus últimos inviernos escribía a los archivos.

Era yo quien echaba las cartas al correo.

Estaba allí, junto a la ventana, el hombre que había llevado esos sobres a correos.

Cuando salió a mediodía, porque tenía que hacer en el parque, Lise cerró la caja y fue a sentarse en la cocina ante sus hojas, sin tocarlas.

No volvió a abrir nada antes de que regresara.