Bajo la encuadernación (Las siete casas 1) CAPÍTULO 8 — LO QUE SABÍA HONOR #3
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CAPÍTULO 8 — LO QUE SABÍA HONOR #3

Se dijo que no había creído que la llave abriera una puerta de la casa, y sabía que era falso.

Lo había creído en cada cerradura, un poco, el tiempo de que el metal entrara.

Ahora la casa estaba probada, puerta tras puerta, mueble tras mueble, y la llave no pertenecía a nada de ella.

Alguien la había cosido en una encuadernación, contra una libreta.

Si algún día se llegaba a saber lo que abría, sería por la libreta, y la libreta solo hablaba una hoja cada vez.

Walter Budd se volvió a poner el gorro.

—Miss Marchal —dijo, y se marchó por el patio.

* * *

Era noche cerrada cuando llamó a Rouen.

Llamó a una sola persona, la que esperaba para finales de mes un atlas al que debía rehacer el lomo.

Al otro lado, no se sorprendieron. Lise dijo que estaba retenida en Inglaterra, que no volvería a abrir el taller antes de finales de marzo, que comprendería que quisieran recuperar el libro.

Le respondieron que aquel libro había esperado mucho antes de llegar a su taller, y que bien podía esperar dos meses más. Dio las gracias. Colgó.

Luego escribió a los demás, unas líneas, las mismas para todos: el taller cerrado hasta finales de marzo, los trabajos en curso retomados a su regreso, una dirección donde localizarla.

Releyó, no añadió ninguna explicación, envió.

En su correo no había nada del cliente institucional.

El tercer recordatorio, cuya copia se había quedado allí, boca abajo bajo el bote de los pinceles, no había dado resultado.

Solo pensó en ello un momento. Pensó más bien en la otra hoja, la que había pegado con celo en la puerta del taller antes de irse, Cerrado por unos días , y que ahora decía una cosa falsa a quienes pasaran por la calle.

No podía cambiarla desde aquí. Quienes contaban habían recibido el mensaje; para los demás, la puerta diría unos días hasta finales de marzo.

Dejó el teléfono y se quedó sentada, con las manos planas sobre la mesa, entre dos tablillas.

Quedarse costaba. Lo sabía sin necesidad de contar, y no contó.

Una casa de ese tamaño, incluso vacía, se calentaba, se mantenía, hacía agua por los canalones; un parque se podaba, se drenaba; una capilla cuya humedad había ganado el yeso no se salvaba con secantes.

Y en Rouen, un taller cerrado seguía siendo un taller, con su local, sus facturas, y, en sus cajas de cartón neutro, los libros de los demás.

No había puesto cifra a nada, la noche de su llegada.

No la puso más esta noche. Se quedó mucho rato sin moverse, escuchando la cocina de hierro.

Luego abrió la libreta por la página de Salisbury.

69 , subrayado. Debajo, desde la cocina de Hawthorne, el jueves de su llegada: jueves 22 — 68 .

No había escrito ninguna otra cifra después.

Tiró una raya sobre el 68, una sola, que lo dejaba legible, y rehízo el cálculo como en la habitación bajo el tejado, poniéndolo sobre el papel: veintiséis días en febrero, del 3 al 28; treinta y uno en marzo. Lo comprobó dos veces.

Pasó las páginas hasta la de la mañana, la de los nombres, y escribió arriba, en el margen, junto al nombre tachado: lunes 2 de febrero — 57 .

Luego levantó el paño del libro y trató de calcular lo que quedaba. Se inclinó sobre el corte, contó los ribetes que podía distinguir, se equivocó, volvió a empezar, y renunció. Las hojas pegadas no se cuentan. Se cuentan cuando se han separado.

Escribió a Mr Crane.

Estimado Mr Crane:

Le agradezco su mensaje. Conservaré la libreta en Hawthorne como me pide, y le informaré por escrito de cada etapa.

Me quedaré en Hawthorne hasta el 31 de marzo.

Un cordial saludo,

Lise Marchal

Releyó la última frase. No había puesto ninguna razón. No habría sabido dar una sola que cupiera en una ficha de estado, y prefería no dar ninguna antes que una falsa. Envió.

Era tarde cuando volvió al bloque. Levantó el secante puesto la víspera sobre la hoja siguiente.

El papel había bebido lo necesario. Deslizó la cuchilla del abrecartas bajo la esquina, notó que el papel consentía, avanzó, se detuvo, avanzó otra vez.

La hoja se despegó de una sola pieza. La levantó sobre la cuchilla y la depositó sobre un secante seco, bajo la lámpara.

Arriba, de la misma mano aplicada, la tinta marrón daba una fecha.

Martes 22 de enero de 1901

Lise leyó la fecha, y se detuvo ahí.

Estaba cansada. Lo sabía por sus manos, que habían tenido que intentarlo dos veces para encontrar el ángulo de la cuchilla, y por sus ojos, que ya se deslizaban hacia la línea siguiente sin verla.

Había reparado suficientes páginas leídas demasiado deprisa por otros para saber lo que cuesta una lectura hecha a esa hora: una frase que uno cree haber entendido, y que ya no retoma.

Cubrió la hoja con un secante, luego con otro, puso encima una tablilla y, sobre la tablilla, las pesas forradas. Comprobó que nada sobresalía. La hoja del 22 de enero pasaría la noche bajo prensa, y no la leería hasta el día siguiente.

Sobre la mesa, junto a la lámpara, la libreta se había quedado abierta. En lo alto de la página había un número, 57, y al lado, tachado de un trazo, un nombre de pila que aún se leía.