CAPÍTULO 38
Giuseppe abrió la puerta despacio y la luz cálida de la habitación alcanzó el corredor.
Entró, cerró sin ruido y permaneció junto al umbral.
Estaba acostumbrado a cruzar cualquier puerta sin pedir permiso; aquella noche debía recordar que el matrimonio no le daba derecho a hacer lo mismo con Gabriella.
Giuseppe miró el cabello suelto y la nuca descubierta, pero apartó los ojos antes de que el gesto pudiera parecer una exigencia. Cuando volvió a buscar su cara en el espejo, Gabriella comprendió que estaba intentando contenerse, no fingir indiferencia.
—No he venido a reclamar nada —aclaró él—. Pero no confundas contención con indiferencia.
Gabriella buscó una trampa en la frase. Giuseppe estaba cansado y la deseaba; también estaba haciendo un esfuerzo visible por no convertir ninguna de esas cosas en una obligación para ella.
—Bien. Porque, si alguna vez lo olvidas, sé dónde duermes.
Una sombra de sonrisa cruzó la boca de Giuseppe.
—Una amenaza doméstica. Nuestro matrimonio progresa.
—No te emociones. También puedo hacerlo parecer un accidente.
—No esperaba menos.
Gabriella sostuvo su mirada en el espejo. Había oído la palabra esposa demasiadas veces durante la recepción, casi siempre unida a Ricci, alianza o deber. No iba a permitir que Giuseppe la usara para decidir qué podía exigirle cuando se cerrara la puerta.
—No uses esa palabra como si te diera derechos sobre mí.
Giuseppe dio un paso y se detuvo de nuevo, todavía lejos de ella.
—Lo digo porque… —Giuseppe se pasó el pulgar por el anillo y apartó la mirada—. Porque no sé hacer esto sin medirlo todo.
Gabriella esperó una explicación más precisa, pero Giuseppe apretó la mandíbula. Había llegado hasta donde podía sin refugiarse en una orden.
La brisa del balcón entraba con olor a limonero y buganvillas. Movía las cortinas y traía desde el exterior el ruido de los empleados terminando de recoger los restos de la boda.
—¿Quieres que te ayude con el vestido?
—¿Sin convertirlo en una tragedia siciliana?
—Puedo intentarlo.
—Eso no me tranquiliza.
—No pretendía hacerlo.
El intercambio alivió la tensión lo suficiente para que Gabriella dejara de apretar los dedos contra el borde del tocador.
Ella se giró despacio y le dio la espalda.
Giuseppe entendió el permiso y se acercó sin prisa.
Gabriella oyó sus pasos sobre el suelo y notó cómo se le tensaban la nuca y los hombros.
No era solo miedo. También estaba demasiado consciente de su cuerpo detrás de ella y esa reacción la irritó porque no podía dominarla con una orden.
Giuseppe se detuvo detrás de ella y esperó. No la tocó hasta que Gabriella habló.
—Empieza por arriba.
—Lo sé.
—Claro. El gran Consigliere también sabe desabrochar vestidos.
—He desarmado cosas más complicadas.
—Qué romántico.
—Eso ha sonado a amenaza.
—Lo parecía.
—Entonces quizá lo fuera.
Gabriella contuvo la sonrisa cuando los dedos de Giuseppe encontraron el primer botón. El roce fue mínimo, pero un estremecimiento le subió por la nuca. Él lo notó y su respiración se hizo más lenta.
El primer botón cedió y luego el segundo. La seda se aflojó alrededor del cuerpo de Gabriella y el aire fresco del balcón le rozó la piel. Respiró mejor, aunque la cercanía de Giuseppe mantuvo el pulso demasiado rápido.
—¿Está bien? —preguntó él, muy cerca.
—Sí.
Cedió un tercer botón. El roce de sus dedos le recordó a Gabriella aquellas manos sosteniéndola bajo los disparos, en la catedral y durante la recepción. También recordó el beso que ambos seguían evitando nombrar.
—No hace falta que vayas tan despacio.
Giuseppe se detuvo.
—Sí tengo.
Ella cerró los ojos.
—¿Por qué?
—Porque, si voy rápido, parecerá que quiero acabar.
Gabriella dejó de respirar un segundo y mantuvo la vista fija en el espejo, incapaz de mirarlo de frente.
El cuarto botón cedió.
—Y no quiero acabar.
Gabriella abrió los ojos. En el espejo vio el cabello sobre los hombros, su propia boca entreabierta y a Giuseppe detrás de ella, serio, con los dedos quietos sobre el siguiente botón.
No parecía un marido dispuesto a cobrar la primera noche. Parecía un hombre luchando contra el deseo de acercarse más y Gabriella no sabía qué hacer con esa clase de contención.
—No deberías decirme eso.
—Lo sé.
—Y yo no debería querer oírlo.
Los ojos de él encontraron los suyos en el espejo.
—También lo sé.
Durante un momento solo se oyó la brisa, las cortinas y la respiración de ambos. Giuseppe esperó y Gabriella no le pidió que se apartara.
Él bajó la mirada y continuó.
El vestido se abrió un poco más, lo mínimo para que Giuseppe viera el inicio del tatuaje en la espalda de su esposa: el escudo Ferrara.
Gabriella percibió que él había visto el tatuaje y sujetó la tela sobre el pecho. Necesitaba conservar ese gesto, esa parte de la decisión, mientras Giuseppe observaba la marca Ferrara que resumía años de deber, trabajo y lealtad.
Él vio el gesto, respetó su mano sobre la tela y terminó con el último botón antes de dar un paso atrás.
Cuando Giuseppe retrocedió, Gabriella echó de menos el calor de su cuerpo detrás de ella. La reacción la inquietó más que el contacto.
—Listo —anunció él.
Gabriella no se movió de inmediato. El vestido seguía sobre su cuerpo, pero ya podía respirar y quitárselo cuando quisiera, sin responder a las expectativas de nadie.
—Necesito bañarme.
—Sería lo más sensato.
—No parezcas tan sorprendido. Las esposas impuestas también sudan.
La boca de Giuseppe se curvó.
—Lo añadiré al manual matrimonial.
—Quémalo después. Seguro que es ofensivo.
—Si lo escribe un Ricci, sin duda.
Gabriella sostuvo el vestido contra el pecho y señaló la puerta del baño con un movimiento de barbilla.
—Yo primero.
—No iba a discutirlo.
—Qué prudente. Aprendes rápido.
—Intento sobrevivir a mi primera noche de casado.
—Con esa actitud, quizá llegues al amanecer.
Giuseppe se dio la vuelta antes de que ella tuviera que pedírselo. Gabriella agradeció el gesto más de lo que quería admitir. Se quitó el vestido con cuidado, dejó que la tela cayera a sus pies y tomó la bata oscura del respaldo de la silla antes de entrar en el baño.
El agua empezó a correr al otro lado de la puerta, primero fría y luego tibia.
Giuseppe permaneció junto al tocador mientras escuchaba el sonido.
Miró las horquillas dispersas, los pendientes, el collar y el vestido blanco sobre el suelo.
Eran los restos concretos de un día que había pertenecido más a Sicilia que a ellos.
Dentro del baño, ella apoyó ambas manos en el mármol y dejó que el vapor empañara el espejo.
El jabón de jazmín fue sustituyendo el perfume, las flores, el champán y la cera.
El agua pasó por la nuca, los hombros doloridos y las marcas del corsé.
Poco a poco dejó de sentir sobre la piel las manos de los invitados, los flashes y el peso del apellido Ricci.
No lloró. Estaba demasiado cansada y el agua caliente le bastaba para mantenerse en pie.
Cuando salió, llevaba la bata atada con firmeza y el cabello húmedo sobre un hombro. La ducha le había devuelto algo de calma, lo suficiente para respirar sin seguir sintiéndose expuesta ante toda la catedral.
—Tu turno.
—¿Alguna advertencia?
—Si tardas demasiado, asumiré que te ahogaste. No esperes un rescate.
—Qué tranquilidad saber que mi esposa vela por mí.
—Sería incómodo enviudar antes del desayuno.
La risa que se le escapó a Giuseppe fue baja, casi involuntaria. Luego entró al baño y cerró la puerta.
Gabriella se quedó sola con el sonido del agua y el cabello húmedo enfriándole la nuca. Se sentó en el borde del sofá junto al balcón. La tapicería estaba fría bajo sus dedos; afuera quedaban algunas luces de la terraza y el ruido del agua cayendo en una fuente.
Mientras Giuseppe se duchaba al otro lado de la puerta, Gabriella miró las velas, las sábanas y las flores sin sentir que debía hacer nada con ellas. Por el momento, podían quedarse allí como dos personas agotadas, sin ceremonia ni testigos.