Bajo Juramento de Fuego – Libro 1 (Los Herederos de Sicilia) CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

Cuando Giuseppe regresó, llevaba el cabello mojado, la camisa de algodón abierta en el cuello y el cansancio visible en los hombros. Olía a jabón y a ropa limpia. Sin el traje ni los zapatos, seguía moviéndose con el mismo control con que recorría los pasillos de la villa.

Gabriella levantó la vista desde el sofá.

—Veo que sobreviviste.

—Siento decepcionarte.

—Tranquilo, todavía queda noche.

Giuseppe dejó la toalla sobre una silla y la observó en silencio. No recorrió la habitación ni comprobó las puertas, como habría hecho en cualquier otro lugar. Esperó a que Gabriella decidiera si quería tenerlo cerca.

—¿El sofá es territorio neutral o una forma elegante de recordarme hasta dónde puedo acercarme?

—Por ahora, territorio neutral.

—Entonces pediré permiso antes de sentarme. Esta noche ya tuvimos suficientes batallas.

Gabriella lo miró, con el cansancio suavizándole el filo, pero sin quitárselo del todo.

—Qué considerado. Casi da miedo.

—Soy siciliano. Debería darte miedo.

Gabriella recogió la bata de la esquina del sofá y dejó sitio para él.

—Siéntate, Ricci, antes de que cambie de opinión.

Giuseppe obedeció y se sentó dejando entre ambos la distancia que Gabriella había marcado.

Durante unos segundos, ninguno habló. Giuseppe apoyó los antebrazos sobre las rodillas y miró hacia el balcón. Gabriella se recogió un mechón húmedo detrás de la oreja. El silencio seguía siendo incómodo, pero ya no los obligaba a defenderse.

—Esto es ridículo.

—¿Qué parte?

—Todo. La boda, esta habitación y nosotros sentados en un sofá para decidir cómo pasar la noche sin declararnos otra guerra.

—No subestimes el sofá. Es lo único en Sicilia que esta noche no nos exige un juramento ni una escolta.

—Qué deprimente.

—Realista.

Gabriella lo miró de reojo.

—Los Ricci deberían vender frases motivacionales.

—Solo si incluyen amenazas y una cláusula que permita desobedecer.

—Entonces sí tendrían mercado.

Giuseppe sonrió. Sin la cortesía reservada para los invitados, el gesto le cambió el rostro de una manera que Gabriella no estaba preparada para mirar demasiado tiempo.

Gabriella bajó la vista hacia sus manos. Tenía los dedos enrojecidos de apretar copas, sostener el ramo y despedirse de su familia. El día entero seguía presente en el dolor de las articulaciones y en el cansancio de los hombros.

—¿Y ahora qué hacemos?

Giuseppe tardó en responder. Se ajustó el reloj de la mano derecha, advirtió el gesto y dejó la mano quieta sobre la rodilla.

—Esta noche podemos quedarnos quietos. Sin ceremonia, sin deberes y sin resolver en una hora todo lo que Sicilia decidió por nosotros.

—Eso suena demasiado simple.

—A veces lo simple es lo único que no hemos probado.

Gabriella soltó una risa baja.

—Qué profundo. ¿Eso te lo enseñó Matteo?

—Matteo habría dicho algo vulgar y después habría fingido que era filosofía.

—Al menos habría sido más entretenido.

—No pienso competir con Matteo. Es una guerra perdida.

—Sensato por tu parte.

Las bromas les permitieron permanecer juntos sin tener que explicar todavía qué significaba aquella noche.

Gabriella se acomodó en el sofá y la bata se abrió un poco sobre su pierna. La cerró sin prisa. Giuseppe apartó la mirada de inmediato y fijó los ojos en el balcón.

—Puedes dejar de actuar como si fuera a acusarte de mirar la pared equivocada.

—Hoy ya soportaste demasiadas miradas. No quiero que la mía sea otra más.

—He pasado el día entero siendo observada.

—Precisamente. La boda no me dio permiso para mirarte como si ya fueras mía.

Gabriella apretó los labios. Giuseppe había nombrado con demasiada precisión lo que la había agotado durante todo el día y lo había hecho sin intentar acercarse.

Gabriella giró el rostro hacia el balcón. La brisa le enfrió la piel limpia y el cabello mojado mientras buscaba una forma de decirlo sin volver a esconderse detrás de una burla.

—Hoy todos miraban algo antes de verme a mí: la novia Ferrara, la esposa Ricci, la alianza y la posibilidad de que nadie muriera durante la cena. Nadie miraba a Gabriella.

—Eso último era razonable.

Ella lo miró.

—¿Eso fue humor negro?

—Fue optimismo siciliano.

Gabriella rio. El sonido le salió cansado, pero era suyo, no el que había ofrecido a los invitados durante la recepción. Giuseppe la observó un segundo más de lo prudente.

—Ahí estás.

Ella dejó de reír.

—¿Dónde?

—Aquí. Sin el vestido, sin las cámaras ni toda Sicilia diciéndote quién debes ser.

—No hagas eso.

—¿Qué cosa?

—Ver demasiado.

—Quería saber si todavía podía encontrarte debajo de todo lo que te impusieron hoy.

—No he dicho que me incomode.

—¿Qué te hace?

Gabriella apretó el cinturón de la bata entre los dedos.

—No lo sé. Ese es el problema.

Giuseppe asintió despacio, como si aceptara aquella respuesta sin intentar arrancarle otra.

—Tú también estás distinto —dijo ella, para no dejarlo ganar terreno.

—Me duché.

—No me refería a eso.

—Era la explicación menos comprometedora.

—Cobarde.

—Prudente.

—Cobarde suena mejor.

Giuseppe soltó una exhalación que casi fue una risa.

—Estoy cansado, Gabriella.

Ella lo miró mejor. El cabello húmedo le caía un poco sobre la frente y la camisa limpia no conseguía esconder del todo el cansancio de sus hombros. Había una sombra bajo sus ojos que durante la boda no se habría permitido mostrar.

—Yo también —admitió.

—Lo sé.

—Tú lo sabes todo —negó con la cabeza.

—No. Solo presto atención.

—Eso es peor.

—Probablemente.

Gabriella se quedó en silencio. La habitación olía a jazmín, algodón limpio y sal. Ya casi no quedaba rastro de las flores, el champán ni la cera de la boda y eso la ayudó a respirar mejor.

—Giuseppe.

—Dime.

—Si duermes en ese sofá, pensaré que estás haciendo una escena.

Él giró la cabeza hacia ella.

—Pensaba hacerlo.

—Estabas a punto de hacer una escena.

—Una escena respetuosa.

—Una escena ridícula.

—Hay una diferencia.

—No para mí.

Giuseppe la observó sin moverse.

—Compartiré la cama contigo si no te incomoda. No quiero que esta habitación sea otra decisión que Sicilia tomó por nosotros.

Gabriella tragó saliva. No quería que la cama se convirtiera en otra ceremonia ni en una obligación que ambos fingieran aceptar. Pero tampoco quería verlo marcharse al sofá y quedarse sola con todo lo ocurrido durante el día.

La idea la incomodó porque ya no podía culpar únicamente al cansancio.

—La cama es grande —dijo al fin, y la frase sonó a concesión.

—Sí.

—Y tú puedes quedarte de tu lado.

—Puedo.

—Vestido.

—Por supuesto.

—Sin tocarme. Y sin convertir el espacio entre nosotros en otra frontera que tengas que vigilar.

—Me quedaré de mi lado. Si olvido la promesa, recuérdamela antes de que lo empeore.

Gabriella lo miró.

—Y respira normal. No estás escoltando una bomba.

La boca de Giuseppe se curvó.

—Eso no puedo prometerlo.

—Inténtalo.

—Haré un esfuerzo heroico.

—Los héroes suelen morir jóvenes.

—Por eso nunca quise ser uno.

—Qué alivio. Odiaría enviudar después de haberme tomado tantas molestias.

Él rio esta vez. Bajo, cansado y sincero. Lo suficiente para que la habitación pareciera menos enemiga.

Se levantaron casi al mismo tiempo.

La cama estaba preparada con sábanas blancas, almohadas alineadas y una manta doblada al pie. Gabriella se detuvo frente a ella, incómoda ante el cuidado con que otros habían dispuesto cada detalle de su primera noche.

Giuseppe apagó una de las lámparas. La habitación quedó en una penumbra cálida, irregular y con sombras moviéndose sobre las paredes cada vez que la brisa agitaba las cortinas.

Gabriella se metió bajo las mantas primero, todavía con la bata puesta. Giuseppe se tumbó después, vestido con pantalón de pijama y camisa limpia. Y respetó la distancia que ella había marcado en el sofá.

Durante un rato ninguno habló.

La cama crujió cuando Gabriella acomodó el brazo bajo la almohada. Giuseppe respiraba con un control exagerado. Ella entendió que estaba pendiente de cada movimiento para no confundir el derecho a compartir la habitación con un derecho sobre su cuerpo.

—Vas a desmayarte si sigues respirando así.

—Estoy respirando normal.

—Respiras como si hubiera un francotirador en el techo.

—No descartaría nada en esta casa.

—Qué romántico.

—Pensé que preferías las amenazas.

—Depende de la hora.

Giuseppe giró la cabeza hacia ella.

—¿Y ahora qué hora es?

Gabriella miró la oscuridad sobre la cama.

—La hora en que estoy demasiado cansada para odiarte bien.

—Eso sí parece un avance.

—No abuses.

—No me atrevería.

—Mentiroso.

—Sí.

La respuesta tranquila hizo que Gabriella cerrara los ojos para ocultar la sonrisa.

El silencio regresó. Giuseppe permanecía al otro lado de la cama, quieto, sin reclamar nada y despierto igual que ella. Su presencia empezaba a pesar menos que la soledad y Gabriella todavía no sabía si aquello debía tranquilizarla o preocuparla.

—Giuseppe.

—Dime.

—Si mañana finges que esta noche no pasó, te mato. Y si actúas como si esto te diera autoridad sobre mí, te irá peor.

Él tardó un segundo en responder.

—¿Entonces pasó algo?

Gabriella abrió los ojos.

—Significa que no soy una idiota.

—Nunca lo pensé.

—Bien.

—Y no voy a fingir.

—Eso sería lo inteligente.

—No siempre hago lo inteligente.

—También lo tengo anotado.

Giuseppe soltó una risa.

—¿Qué más tienes anotado?

Gabriella miró hacia el techo. Dudó. Luego eligió el filo, porque era más seguro que la ternura.

—Que eres insoportable cuando intentas ser bueno.

—Tú eres peligrosa cuando intentas no serlo.

—No estoy intentando nada.

—Exacto.

Ella giró la cabeza hacia él. En la penumbra, apenas distinguía su perfil: la línea de la nariz, la mandíbula y el cabello oscuro revuelto por primera vez en todo el día.

—No te acerques más.

Giuseppe no se movió.

—No lo haré.

Gabriella tragó saliva.

—Pero no te vayas al sofá.

La petición quedó entre ambos. Giuseppe no respondió enseguida y Gabriella cerró los ojos. Seguía en una casa que todavía no sentía suya y en una cama compartida con un hombre al que apenas empezaba a conocer. Aun así, prefería escucharlo respirar allí antes que quedarse sola.

Eso no convertía a Giuseppe en alguien seguro. Solo significaba que, esa noche, su presencia le daba menos miedo que su ausencia.

El sueño empezó a vencerla. Giuseppe no redujo la distancia y Gabriella tampoco se apartó más. Permanecieron así, compartiendo la oscuridad y el sonido de sus respiraciones, hasta que ella dejó de vigilar el espacio entre ambos.