CAPÍTULO 37
Los hermanos
Gabriella subió al piso de arriba sin mirar atrás. Giuseppe la vio desaparecer hacia el ala antigua y permaneció en el vestíbulo. Había prometido darle espacio; seguirla habría convertido la despedida en otra orden.
Giuseppe respiró hondo y se ajustó el reloj de la mano derecha antes de entrar en el despacho. Sabía cerrar Palermo con una palabra; lo que no sabía era cómo acercarse a Gabriella sin volver a decidir por ella.
Matteo y Alessandro ya lo esperaban en el despacho. Don Marco había subido a descansar hacía varios minutos, agotado después de la recepción. Sobre la mesa quedaban los mapas, los informes de seguridad y tres copas intactas. El olor a tabaco, cuero y whisky seguía atrapado entre las estanterías.
—Antes de que empieces, revisamos el perímetro dos veces —anticipó Matteo.
Giuseppe cerró la puerta tras de sí.
—Revísenlo otra vez. Nadie puede dar por segura la casa donde vive mi esposa.
Alessandro, que tenía varios planos de la villa extendidos sobre el escritorio, levantó la vista.
—Envié a Luca a revisar el acceso norte y a Rizzo al camino de servicio. No hay entradas forzadas, no hay vehículos sin identificar y los hombres de Trapani ya salieron del perímetro.
—¿Los de Palermo?
—Reubicados en la zona Este y en los jardines interiores —respondió Alessandro—. Nadie queda cerca del ala antigua salvo nuestra gente.
Giuseppe asintió, pero volvió a revisar el plano. No estaría satisfecho hasta el amanecer y probablemente tampoco entonces.
Matteo lo observó por encima del vaso.
—La fiesta terminó sin muertos, sin disparos y sin que Vadim incendiara el comedor. Para nuestros estándares, fue casi romántico.
—No confundas suerte con seguridad. La suerte solo aplaza el precio.
—No la confundo. Solo intento disfrutar cinco segundos antes de que encuentres otra amenaza escondida debajo de una copa de champán.
—Había demasiados rostros nuevos —dijo Giuseppe, acercándose al escritorio—. Invitados diplomáticos, cámaras y hombres que pudieron acercarse a ella sin tener que mirarme primero.
Alessandro cerró una carpeta.
—Coincido. La cobertura fue impecable, pero hubo puntos ciegos entre el brindis y la salida de los Ferrara. Cinco minutos como máximo.
La mirada de Giuseppe se endureció.
—Cinco minutos bastan para matar a alguien —advirtió—. Y para llegar hasta ella.
El despacho quedó en silencio por largo tiempo. Giuseppe abrió el informe portuario y mantuvo la vista en la primera página, sin leerla.
Matteo se sirvió dos dedos de whisky y lo observó por encima del vaso.
—Vas a quemar ese informe si lo miras así.
Giuseppe bajó la vista. El mismo informe llevaba abierto delante de él casi media hora y no había leído una sola línea.
—Estoy trabajando.
—Estás usando el informe como escudo para evitar subir y descubrir si ella todavía te mira como enemigo o como carcelero —soltó Matteo.
Alessandro, apoyado junto a la estantería, cruzó los brazos.
—Y bastante mal, por cierto.
Giuseppe levantó la mirada.
—¿Los dos han decidido quedarse para molestarme?
—Yo me quedé para joderte la vida. Alessandro, porque no sabe abandonar una crisis sin organizarla.
—Exacto —admitió Alessandro, sin inmutarse.
Giuseppe cerró la carpeta con demasiada fuerza.
—La única crisis que queda está sobre tu escritorio —dijo Matteo—: un informe portuario que no estás leyendo y demasiadas ganas de mirar hacia las escaleras.
Alessandro soltó una risa baja y Giuseppe lo miró con advertencia. Matteo empezó a caminar alrededor del escritorio con las manos en los bolsillos, disfrutando demasiado del momento.
—Es curioso.
Giuseppe levantó una ceja.
—¿Qué cosa?
—Has negociado con políticos corruptos.
—Sí.
—Con traficantes americanos.
—También.
—Con los napolitanos.
—Matteo...
—Incluso con el tío Vittorio cuando se pone insoportable.
Alessandro no pudo evitar sonreír.
—Eso sí requiere valor.
—Exacto. Y una mujer de metro setenta y cuatro consigue que el gran Giuseppe Ricci se esconda detrás de un informe portuario.
Giuseppe soltó aire por la nariz, más cerca de una risa frustrada que de una protesta.
—No me estoy escondiendo.
—Claro que sí.
—Simplemente hay asuntos pendientes.
—Siempre va a quedar algo pendiente. —Matteo se inclinó sobre la mesa y dejó de sonreír—. Pero esta noche solo una de esas cosas lleva tu apellido.
Giuseppe lo miró con atención. La lámpara dibujaba sombras bajo sus ojos y acentuaba esa rigidez que llevaba toda la noche aferrada a sus hombros.
—No sé qué esperan que haga.
Matteo abrió mucho los ojos.
—¡Por fin!
Alessandro lo miró de reojo.
—No lo asustes.
—¿Asustarlo? Lleva una hora asustado.
Giuseppe dejó caer la pluma sobre la mesa. El golpe seco hizo que Matteo alzara las cejas.
—No estoy asustado.
Los dos hermanos lo observaron al mismo tiempo. Matteo fue el primero en romper el silencio.
—Vale.
Alessandro lo miró con calma.
—¿Estás preocupado?
Giuseppe tardó en responder. Cuando lo hizo, habló más bajo.
—Sé cerrar un puerto, hacer desaparecer un cargamento y decidir qué hombre no llega vivo al amanecer. Sé arrancarle un nombre a un traidor. Pero ahí arriba… —Se ajustó el reloj y dejó la frase suspendida—. Ahí arriba no puedo entrar como entro en todas partes.
Matteo no encontró una broma. Giuseppe rara vez dejaba una frase sin terminar; menos aún delante de ellos.
Alessandro caminó hasta el escritorio y cerró del todo la carpeta que Giuseppe había vuelto a abrir sin darse cuenta.
—Entonces no entres como Consigliere.
Giuseppe lo miró.
—¿Y cómo entro?
—Como un hombre —respondió Alessandro—. Cansado, poco preparado y lo bastante inteligente para entender que ella debe estar igual o peor. No todo lo que proteges necesita una puerta cerrada.
Giuseppe apretó los dientes. Alessandro había elegido las palabras exactas.
Gabriella había sostenido una ceremonia que no pidió, había sonreído para cámaras, Capos, jueces y enemigos y después había despedido a su padre, a Isabella y a Carlo. Ahora estaba arriba, sola en una habitación preparada por otros para una intimidad que tampoco había elegido.
La idea le presionó el pecho.
—No quiero que piense que espero algo de ella.
Matteo ladeó la cabeza.
—Dile eso.
—No es tan sencillo.
—Sí lo es. Tú lo complicas porque hablas como si cada frase tuviera que sobrevivir a un tribunal.
Alessandro asintió.
—Deja la precisión jurídica en el escritorio y procura no parecer un idiota.
—Qué consuelo —musitó Giuseppe.
—Siempre estamos para ayudarte —respondió Matteo.
La tensión cedió lo suficiente para que Matteo volviera a beber y Alessandro se apoyara contra la estantería. Por un momento, solo eran tres hermanos encerrados en el despacho después de una noche demasiado larga.
Matteo volvió a beber un sorbo.
—Además, Gabriella no parece dispuesta a callarse si haces algo mal.
—Eso no ayuda.
—Eso ayuda. Si cruzas una línea, probablemente te rompa un hueso.
Alessandro lo miró de reojo.
—Matteo.
—¿Qué? —Levantó las manos y puso los ojos en blanco—. Intento ofrecer perspectivas.
Giuseppe soltó una exhalación que casi fue una risa.
—Solo la tocaré si ella quiere —confesó Giuseppe.
Alessandro lo observó con una seriedad distinta.
—Nadie pensó lo contrario.
—Yo sí. Toda la isla cree que basta con llamarla mi esposa. —La mandíbula se le tensó—. No quiero entrar ahí y… —Calló, irritado consigo mismo—. No quiero hacer lo que esperan de mí.
Matteo dejó de sonreír y apoyó el vaso sobre el escritorio.
—Entonces no lo seas. Sé el único que no usa ese poder para encerrarla.
La frase lo alcanzó con una precisión inesperada y Alessandro asintió despacio.
—Gabriella necesita saber que la puerta sigue siendo suya después de que entres. Sobre todo, cuando todos esperan que la cierres.
Giuseppe guardó silencio. Fuera del despacho, la casa seguía activa: puertas que se cerraban, pasos de soldados y voces apagadas en los pasillos. La boda había terminado, pero las responsabilidades continuaban allí.
En el despacho podía ordenar, prever y corregir. Arriba lo esperaba una habitación donde cualquiera de esas respuestas podía hacer que Gabriella se sintiera otra vez utilizada. Tendría que entrar sin revisar el espacio como una amenaza y sin convertir el silencio de ella en una decisión propia.
Matteo volvió a sonreír, más suave.
—Mira eso. Te casaste y aprendiste algo antes de medianoche.
—No abuses.
—Imposible. Es mi don.
Alessandro caminó hacia la puerta.
—Haz una cosa.
Giuseppe lo miró.
—¿Cuál?
—Cuando subas, deja al Consigliere aquí. Toda Sicilia ya la vio bajo tu apellido; no necesita encontrarse también con Palermo dentro de su habitación.
Matteo abrió la puerta y se detuvo antes de salir.
—Y si metes la pata, mañana te enseñamos a pedir perdón.
Giuseppe cerró los ojos con resignación.
—No quiero saber cómo termina esa frase.
—Mal para tu orgullo. Bien para tu matrimonio.
Los tres rieron. Fue una risa breve, pero bastó para aliviar el cansancio acumulado durante la recepción.
Después Alessandro apagó una de las lámparas.
—Buenas noches, hermano.
Matteo golpeó el marco de la puerta con los nudillos.
—Mañana me voy a Roma, así que suerte esta noche.
—¡Fuera los dos!
La puerta se cerró y Giuseppe quedó solo. Permaneció quieto unos segundos, se ajustó el reloj de la mano derecha y apagó la última lámpara antes de salir.
El pasillo estaba casi a oscuras y sus pasos sonaron distintos sobre la piedra antigua.
Al cruzar el vestíbulo se encontró con María, la gobernanta que llevaba media vida cuidando de villa Ricci.
Sostenía una bandeja con velas apagadas y flores frescas, restos de una celebración que ya empezaba a parecer recuerdo.
—Joven Giuseppe —saludó con una ternura discreta—. Pensé que el Consejo familiar iba a retenerlo hasta el amanecer.
—Incluso el Consejo sabe cuándo callarse.
María sonrió.
—Eso sería una novedad.
Él casi sonrió también y la mujer lo observó con esa atención antigua de quienes han visto crecer a un niño hasta convertirlo en un hombre demasiado serio.
—La joven subió hace un rato. Dijo que necesitaba unos minutos a solas.
Giuseppe sintió una presión breve bajo las costillas.
—Gracias.
María bajó la voz.
—Joven Giuseppe. Mi señora Teresa decía que algunas puertas se abrían mejor sin autoridad y que los hombres Ricci confundían demasiado a menudo una llave con un derecho.
Giuseppe la miró detenidamente, porque la frase no necesitaba explicación.
—Mi madre decía demasiadas cosas.
—Y casi todas eran ciertas.
María se marchó antes de darle tiempo a responder.
Giuseppe siguió hacia el ala antigua. Las lámparas bajas iluminaban el corredor y el aire traía olor a rosas, jazmín y mar. Al acercarse a la habitación redujo el paso, atento al silencio del otro lado.
Se detuvo frente a la puerta y apoyó una mano en la madera fría. El pulgar buscó el anillo de su abuelo y lo hizo girar dos veces antes de obligarse a soltarlo.
—Magnífico. Gobernar Palermo es más sencillo que tocar la puerta de una mujer que no se deja gobernar.
Gabriella seguía frente al tocador. Había dejado el collar y los pendientes sobre la madera y las horquillas se acumulaban junto a una copa de agua intacta. Liberado del peinado, el cabello oscuro le caía sobre la espalda y conservaba el olor de las flores y la laca.
El vestido todavía le apretaba las costillas. Había aflojado algunos botones, lo suficiente para respirar mejor, pero no para quitárselo sola. Las velas, las sábanas blancas y las flores preparaban la habitación para una intimidad que ninguno de los dos había pedido.
Todo estaba dispuesto según las expectativas de otras personas. Nadie había preguntado qué necesitaba Gabriella al final de aquel día. Cuando oyó pasos en el pasillo, reconoció a Giuseppe antes de que tocara.
Gabriella miró su reflejo. Tenía los ojos cansados, la boca sin color y una marca junto a la oreja donde el pendiente había presionado durante horas. No parecía una novia dichosa. Parecía ella misma después de sostener una boda, una alianza y demasiadas despedidas.
El silencio se alargó y ella soltó una exhalación.
—Puede entrar, señor Giuseppe. La puerta no va a negociar por usted.
Al otro lado, él cerró los ojos un segundo y aquella frase le arrancó una sonrisa verdadera, mínima y peligrosa.
—Estaba reuniendo valor.
—Poco creíble viniendo del Consigliere.
—Estaba aprendiendo a no entrar como si todo me perteneciera.
Gabriella bajó la mirada hacia sus manos. La respuesta de Giuseppe había sido sencilla, pero tocaba precisamente el miedo que llevaba días intentando contener.
No le prometía delicadeza ni fingía que el poder había desaparecido. Solo admitía que estaba intentando no usarlo contra ella.
—Eso sí puedo creerlo. Entra.