CAPÍTULO 36
Un poco más allá, Isabella aguardaba con los brazos cruzados y la boca apretada. Había contenido el llanto durante toda la noche, pero al ver acercarse a Gabriella los ojos se le llenaron de lágrimas. La brisa levantaba algunos mechones rubios alrededor de su rostro.
—¿Vas a venir pronto a Trapani? —preguntó Isabella, con la voz quebrada.
—Iré.
—Más te vale.
Gabriella soltó una risa temblorosa.
—Qué autoritaria estás.
—He aprendido de la peor.
—Eso debería ofenderme.
—Bien. Así sé que sigues siendo tú.
Las dos rieron, pero a Isabella volvió a temblarle la boca. Gabriella la abrazó con fuerza y hundió el rostro en su cuello. El perfume suave de su hermana, mezclado con vino blanco, le recordó todos los años compartidos y el motivo de por qué la envió fuera de Sicilia.
—No hagas estupideces en Roma —le pidió.
—No hagas estupideces en Palermo.
—Lo mío será más difícil.
—Lo sé.
Isabella se apartó.
—Es raro.
—¿Qué cosa?
—Verte quedarte aquí y saber que esta vez no vuelves conmigo.
Gabriella le acarició la mejilla con el pulgar, como hacía de niña cuando Isabella despertaba asustada y ella aún creía que bastaba con decirle que todo iría bien.
—Siempre vuelvo contigo.
Isabella negó muy despacio, no para contradecirla, sino para no llorar.
—No es igual.
Gabriella calló, porque era verdad.
Matteo apareció unos minutos después para acompañar a Isabella hasta el coche. Llevaba la chaqueta abierta y sonreía como de costumbre, aunque sus ojos ya habían revisado las ventanas, el camino y los hombres apostados junto al portón.
—Su escolta espera, Signorina Ferrara.
Isabella lo miró.
—¿Siempre haces bromas cuando estás nervioso?
—Siempre hago bromas. Los nervios son interpretación tuya.
—Mentira.
Matteo abrió la puerta trasera del coche, pero Isabella no subió. La luz interior iluminó su rostro.
—Gracias por todo lo de hoy —murmuró Isabella.
Matteo frunció el ceño. La gratitud pareció incomodarlo.
—Era mi trabajo.
—Cuidar de mi hermana, sí. De mí, no.
Él bajó la vista un instante.
—Ahora también.
—Eres tan Ricci —bufó.
—Y tú, tan Ferrara.
Isabella puso los ojos en blanco, aunque sonrió. Antes de entrar en el coche, apoyó una mano sobre el brazo de Matteo. Él miró un instante el lugar donde lo había tocado y cerró la puerta.
Cuando el vehículo se alejó por el camino principal, Matteo permaneció de pie, quieto, hasta que las luces traseras desaparecieron entre los cipreses.
Enzo llegó a su lado.
—Pensé que ibas a seguir mirando hasta Trapani.
Matteo exhaló por la nariz.
—Cállate.
—Era una observación.
—Eso fue una provocación.
—También.
Matteo le dio un pequeño golpe en el hombro y regresó hacia la villa, aunque no antes de mirar una última vez hacia el camino vacío.
Desde uno de los balcones, Don Marco contempló las despedidas sin intervenir.
Al final buscó a Giuseppe con la mirada.
Su hijo sabía sostener Palermo cuando todo dependía de él; a partir de aquella noche tendría que aprender a compartir el peso sin convertir a Gabriella en otra responsabilidad bajo su mando.
La villa fue quedando en silencio. Los coches se marcharon, las voces bajaron y los empleados empezaron a retirar las copas bajo la luz de los faroles. Gabriella permaneció al pie de la escalinata hasta que el último vehículo Ferrara desapareció tras el portón.
Giuseppe se acercó y se detuvo a su lado sin tocarla. Ella reparó en la distancia que había dejado entre ambos. En él podía ser respeto o una forma más cuidadosa de mantener el control; todavía no sabía distinguirlo.
—¿Quieres entrar?
Gabriella miró la puerta abierta de la villa y después a Giuseppe. Él esperó sin darle una orden ni acercarle la mano. Después de pasar el día entero haciendo lo que otros habían decidido, aquel silencio le ofreció algo que casi había olvidado: tiempo para elegir.
—No sé si puedo —admitió.
—Entonces no entres todavía.
La respuesta la sorprendió. Gabriella bajó la vista hacia la mano de Giuseppe y vio la alianza nueva bajo los faroles.
Esa misma mano había permanecido en su cintura durante la ceremonia y la recepción, firme cuando necesitaba sostenerla, quieta cuando ella marcaba distancia.
Él empezaba a preguntar antes de tocarla y eso volvía más difícil decidir qué hacer con él.
—¿Qué hacemos?
Él miró hacia los jardines, donde las luces bajas convertían los senderos en líneas doradas entre sombras.
—Esperar.
Ella soltó una risa breve, cansada.
—Qué solución tan estratégica.
—Es una de mis mejores.
Gabriella estuvo a punto de burlarse, pero no le quedaban fuerzas. Permanecer unos minutos entre el portón por el que acababa de marcharse su familia y la puerta de villa Ricci le permitía aplazar una despedida que todavía no sabía cómo aceptar.
Caminaron juntos hacia el jardín, cerca, pero sin tocarse. Giuseppe mantuvo el paso al ritmo de ella y dejó entre ambos el espacio suficiente para no invadirla.
El sendero los llevó lejos de la escalinata, hasta una zona donde los cipreses ocultaban parte de la villa y apenas llegaba el ruido de los empleados recogiendo la recepción.
Olía a jazmín, limoneros y piedra húmeda.
Gabriella se detuvo junto a una fuente pequeña y siguió con la mirada los círculos que el agua abría bajo la luz.
—No me gusta esta sensación —confesó, con la vista fija en el agua.
Giuseppe se quedó a su lado, dándole espacio y tiempo.
—¿Cuál?
—La de volver a un lugar donde sé que mi familia ya no está esperándome.
La confesión se le escapó antes de que pudiera esconderla detrás de una ironía.
Giuseppe no respondió enseguida. Comprendió que Gabriella no hablaba de las habitaciones de Trapani, sino de regresar sabiendo quién estaría allí.
Él todavía no ocupaba ese lugar y, por primera vez, la idea le tensó el cuerpo por una razón que no tenía nada que ver con la seguridad.
—¿Te molesta?
—Me asusta —admitió—. Siempre supe quién me esperaba al volver: papá, Isabella, Giorgio. Trapani. Ahora vuelvo aquí y estás tú.
Giuseppe no se movió. Solo se ajustó el reloj de la mano derecha antes de responder.
—¿Y no sabes qué hacer conmigo?
—No.
—Yo tampoco —admitió.
Gabriella volvió la cabeza hacia él. Giuseppe rara vez admitía no saber algo; prefería convertir la incertidumbre en silencio, estrategia u órdenes. Que no intentara hacerlo con ella la dejó sin la réplica preparada.
—Podrías mentirme mejor.
—Podría.
—Hazlo.
Él bajó la mirada hacia su boca. Solo un segundo. Lo bastante breve para no tocarla y lo bastante largo para que Gabriella sintiera el recuerdo del beso público despertarle bajo la piel.
—Contigo no.
Gabriella apretó los dedos contra la falda antes de responder.
—No digas eso.
—¿Por qué?
—Porque así resulta más difícil odiarte.
Giuseppe la miró sin sonreír ni acercarse. No utilizó la confesión para presionarla y esa contención, precisamente en él, volvió más difícil que Gabriella se refugiara en la rabia.
—¿Y todavía quieres hacerlo?
Gabriella apartó la vista hacia la fuente.
—Sí.
—No te creo.
Gabriella apretó las manos entre los pliegues del vestido. La seguridad con que él la había leído le devolvió parte del filo.
—Ten cuidado, Ricci.
—Lo tengo.
—No parece.
Giuseppe hizo girar varias veces el anillo antiguo y volvió la vista hacia la villa. No insistió. Al cabo de unos segundos, Gabriella echó a andar a su lado, todavía sin tocarlo, pero tampoco alejándose.