CAPÍTULO 35
Sicilia se marcha
La última pieza del vals terminó y, durante unos segundos, nadie pareció moverse. Luego la recepción empezó a vaciarse con la discreción de quienes habían pasado demasiadas horas fingiendo una paz que nadie creía.
Primero se marcharon los periodistas, recogiendo cámaras y cables con el cansancio ya visible.
Después salieron los fotógrafos, los políticos, los jueces y los banqueros que habían acudido a brindar ante las cámaras y a calcular, en cada saludo, qué había cambiado con la unión de los Ricci y los Ferrara.
Cuando se apagaron los últimos flashes, quedaron a la vista los soldados apostados junto a las puertas, las radios ocultas bajo las chaquetas y los vehículos preparados en el camino. La recepción había terminado, pero la vigilancia continuaba.
Las flores seguían abiertas bajo los faroles, pero algunas empezaban a vencerse con el peso de la noche. En las copas abandonadas quedaban restos de vino y champán. El aire olía a cera caliente, jazmín, sal y pólvora vieja, aunque nadie hubiera disparado.
Los músicos guardaban sus instrumentos en silencio. En casas como aquella, una misma melodía podía acompañar una boda o un funeral.
Gabriella permanecía cerca de la escalinata principal. Había perdido el velo hacía horas y algunos mechones castaños escapaban del recogido perfecto con el que había caminado hacia el altar. Bajo sus ojos empezaba a asomar el cansancio que durante todo el día se había negado a concederle a nadie.
Aun así, seguía de pie, con la espalda recta y las manos quietas sobre la falda. Solo la presión de sus dedos contra la tela revelaba cuánto esfuerzo le costaba mantenerse entera.
Don Adriano la encontró junto a la escalinata y se detuvo antes de acercarse. La contempló unos segundos, con las manos apenas temblorosas a los costados, como si necesitara acostumbrarse a verla bajo el apellido de otra familia.
—Papá.
La palabra salió más baja de lo que esperaba, casi rota por la garganta. Don Adriano sonrió.
—Cuando eras pequeña, llorabas cada vez que te dejaba en el colegio —recordó—. Te aferrabas a mi chaqueta como si no fuera a volver.
Gabriella soltó una risa breve, con los ojos ya húmedos.
—No hacía tanto drama.
—Hacías mucho más.
—Eso es una calumnia.
—Memoria de padre. Es peor.
Gabriella bajó la mirada y recordó cuánto le había costado soltar aquella chaqueta cada mañana.
De niña había creído que, mientras su padre permaneciera cerca, nada podría alcanzarla.
A los veintiocho años conocía demasiado bien los límites de Adriano Ferrara, pero una parte de ella aún deseaba creerlo.
Su padre le sostuvo el rostro entre las manos. Sus dedos, acostumbrados a firmar sentencias y dar órdenes que cambiaban la vida de hombres enteros, temblaron sobre la piel de su hija.
—Hoy no es el colegio —murmuró.
El olor de la cera y licor se mezcló con las flores que llegaba desde los jardines. Adriano tragó saliva antes de continuar.
—Hoy te dejo en la casa que elegimos para mantenerte viva.
Gabriella cerró los ojos. Villa Ricci todavía era una casa ajena, vigilada por hombres que respondían a otro apellido y llena de una familia a la que le habían enseñado a odiar como enemiga.
Sin embargo, unas horas antes Giuseppe la había sostenido frente a toda Sicilia y había esperado su respuesta antes de acercarse.
Oír a su padre llamar casa a aquel lugar le dolió porque una parte de ella quería que algún día pudiera serlo.
—No la siento mi casa —susurró.
Adriano acarició su mejilla con el pulgar.
—A veces una casa tarda en reconocerte.
—¿Y si nunca lo parece?
La pregunta se le escapó antes de que pudiera contenerla. Adriano la miró con la tristeza de un padre que había organizado aquella boda para protegerla y aun así temía haberla entregado a otra casa.
—Entonces vuelves. Trapani seguirá siendo tu casa.
La respuesta deshizo el control que había sostenido durante todo el día. Gabriella se aferró a la chaqueta de su padre igual que en aquellas mañanas de colegio, sin pensar en la heredera, la esposa ni la alianza.
Adriano la abrazó con cuidado al principio, como si todavía temiera estropear el vestido. Después la estrechó con más fuerza. El temblor de sus manos desmintió la seguridad que intentaba ofrecerle.
—Intenta ser feliz —susurró contra su cabello.
Gabriella soltó una risa sin alegría.
—No sé si eso está permitido en nuestra familia.
—Inténtalo igual.
—Lo intentaré, papá.
Él no añadió nada más. Bajó la mirada y mantuvo los brazos alrededor de ella unos segundos antes de apartarse.
Carlo esperaba junto a Don Adriano, un paso atrás, como había permanecido durante casi toda la noche. Ya no vigilaba rutas ni perímetros. En ese momento era el tío de Gabriella, obligado a despedirse sin saber cómo decirle cuánto iba a extrañarla.
Cuando Adriano se apartó de su hija, Carlo avanzó despacio y Gabriella lo miró con sorpresa contenida.
Había esperado la despedida de su padre, la de Isabella, incluso la de algunos soldados del palazzo; Carlo, con su forma silenciosa de querer y su talento para decir muy poco, seguía siendo más difícil de anticipar.
—¿También vas a decirme que sea feliz? —preguntó ella, intentando sostener una sonrisa.
Carlo ladeó la cabeza. Bajo los faroles, su expresión seguía siendo tan difícil de leer como siempre.
—No. Esta noche la felicidad es una palabra demasiado grande.
Gabriella soltó una exhalación breve, más cercana a una risa que al llanto.
—Eso suena más a ti.
Carlo extendió una mano y rozó con los dedos el borde de su vestido, acomodando un pliegue con una delicadeza que la desarmó más que cualquier discurso.
—Tu madre habría querido verte así.
Ella bajó la vista.
—¿Casada con un Ricci?
—De pie.
La respuesta le apretó el pecho. Carlo no intentó suavizarla; nunca lo hacía. Mantuvo los ojos en ella cuando añadió:
—Y Giorgio.
El nombre de Giorgio borró la sonrisa de Gabriella. Apretó los labios y bajó la vista hacia las manos de Carlo.
—Giorgio habría hecho un comentario horrible sobre el vestido.
—Sin duda.
—Y luego habría llorado cuando nadie lo viera.
Carlo sonrió.
—También, sin duda.
Durante unos segundos, ambos recordaron a Giorgio en la mesa familiar, corriendo por los pasillos y riéndose demasiado alto cuando Adriano pedía silencio. Carlo le tomó las manos antes de que Gabriella pudiera esconder el temblor.
—Trapani no se queda atrás porque te quedes aquí —recalcó—. La llevas en la sangre, en el carácter y, para desgracia de Palermo, en esa costumbre tuya de discutir cualquier orden que no te convence.
Gabriella levantó la mirada y esta vez sí sonrió, aunque los ojos le brillaban demasiado.
—¿Tú también vas a extrañarme?
—Mucho menos de lo que mereces.
La voz de Carlo se quebró apenas. La abrazó con brevedad, sin exhibiciones, como hacía todo lo que no deseaba mostrar. Gabriella reconoció sus manos firmes en la espalda y recordó cuántas veces él había estado cerca sin necesitar ocupar el lugar de su padre.
—Cuida el corazón, sobrina —murmuró junto a su oído—. Los Ferrara sabemos defender territorios. Con las personas solemos escondernos detrás del silencio.
Gabriella cerró los ojos un segundo y pensó en Giuseppe: en su mano sobre la cintura, en el beso público y en la forma en que había empezado a preguntar antes de acercarse. Aquello no bastaba para confiar en él, pero sí para volver más difícil mantener intacto el odio.
—¿Eso es un consejo de tío o de Consigliere? —preguntó.
Carlo se apartó y la observó con aquella serenidad antigua que siempre lo volvía difícil de leer.
—Esta noche, de tío.
Ella asintió despacio. Carlo le besó la frente y regresó junto a Don Adriano. Giuseppe esperaba unos pasos más allá, inmóvil. No interrumpía la despedida, pero observaba cuánto le costaba a Gabriella soltar a Trapani.
Ella lo vio con el traje oscuro, la alianza nueva y una mano quieta junto al cuerpo. Giuseppe no interrumpía, aunque sus ojos seguían las salidas por costumbre y regresaban a ella cada pocos segundos. Incluso al respetar la despedida, continuaba siendo el Consigliere de Palermo.
Don Adriano también reparó en él. Se acercó a Giuseppe y lo miró sin ofrecerle la mano. Era el padre de Gabriella y el Capo de Trapani; no pensaba abandonar ninguno de esos lugares durante la despedida.
—Cuídala —recalcó Don Adriano—. Pero no intentes decidir por ella.
—La protegeré. Lo demás… tendré que aprenderlo.
Giuseppe miró a Adriano. No intentó explicar qué significaba lo demás, porque todavía no sabía hacerlo.